Close Menu
    • Cotilleos
      • Cotilleos literarios
      • Anécdotas de la Historia Literaria
      • Batallas literarias
      • Pluma y plagio
    • Creación Editorial
      • Del manuscrito a la estantería
      • El rincón del editor
      • El taller de escritura
      • Letras y números
    • Curiosidades
      • Joyas Ocultas
      • Libros malditos y prohibidos
    • Espacios Literarios
      • Historias de librerías y bibliotecas
      • El escritorio de…
    • Tendencias y Actualidad
      • Actualidad literaria
      • Tendencias
      • Imprescindible del mes
    Facebook X (Twitter) Instagram
    Facebook X (Twitter) Instagram
    Escritura incómodaEscritura incómoda
    Subscribe
    • Cotilleos
      • Cotilleos literarios
      • Anécdotas de la Historia Literaria
      • Batallas literarias
      • Pluma y plagio
    • Creación Editorial
      • Del manuscrito a la estantería
      • El rincón del editor
      • El taller de escritura
      • Letras y números
    • Curiosidades
      • Joyas Ocultas
      • Libros malditos y prohibidos
    • Espacios Literarios
      • Historias de librerías y bibliotecas
      • El escritorio de…
    • Tendencias y Actualidad
      • Actualidad literaria
      • Tendencias
      • Imprescindible del mes
    Escritura incómodaEscritura incómoda
    Portada » Una verdad enterrada
    SELECCIÓN REI

    Una verdad enterrada

    Dolors Palomo EscrigBy Dolors Palomo Escrig8 de agosto de 2025Updated:8 de agosto de 2025No hay comentarios10 Mins Read
    Facebook Twitter Pinterest LinkedIn Tumblr Email
    Share
    Facebook Twitter LinkedIn Pinterest Email

    Cuando Helena entró en el salón, él ya estaba allí, oculto entre las sombras, preparado para hacer lo que debía…

    La mujer, que se había quitado los zapatos para no hacer ruido, se esperó lo peor al encender la luz de la estancia, pero lo que vio la sorprendió y alivió al mismo tiempo. Víctor, su marido, estaba tirado en el sofá, durmiendo profundamente, con la boca entreabierta, babeando. Un brazo le colgaba y en su mano todavía sostenía un botellín de cerveza medio vacío. En el suelo yacían otras botellas desperdigadas, algunas volcadas, dejando escapar los últimos restos de líquido que se esparcían en manchas oscuras sobre la alfombra de lana tejida a mano, aquella misma en la que habían invertido su primer sueldo como recién casados.

    Helena suspiró medio aliviada; un suspiro cansado, silencioso. Esa noche no habría gritos, ni portazos, ni puñetazos. Esa noche, en su cuerpo, no se dibujarían nuevos hematomas.

    Pensó en limpiar, en ordenar todo el desastre que estaba contemplando, pero no quería hacer ruido, no quería despertar a la bestia, tan solo quería meterse en la cama y descansar unas horas antes de que la tormenta estallara de nuevo.

    Empezó a dirigirse a la habitación cuando un leve golpeteo en la puerta rompió el silencio que la rodeaba. Eran golpes suaves, persistentes, que hicieron que Helena se quedara inmóvil, sin aliento, rezando para que Víctor no se despertara. Se acercó despacio, mirando de reojo el sofá, pero él no se movió.

    Abrió la puerta, apenas una rendija, y allí plantada frente el umbral reconoció el rosto de Manuela, la madre de Víctor.

    El rostro de Helena se tensó al instante, presa por una mezcla de miedo, dolor y odio. Aquella mujer era impredecible. Tras haber pasado por varios centros psiquiátricos, su inestabilidad era tan evidente que resultaba imposible predecir sus reacciones. Por eso, quienes la rodeaban la trataban siempre con una precaución cargada de temor.

    —Necesito hablar con mi hijo —dijo Manuela con voz temblorosa.

    —Ahora no es buen momento, está dormido.

    —Es urgente, Helena. No te imaginas cuánto. Tengo algo que contarle antes de que sea demasiado tarde —insistió Manuela apretando los dientes.

    —No, esta noche no —dijo Helena negando con la cabeza.

    Entonces, con un gesto seco, Helena cerró la puerta mientras susurraba una disculpa que no sentía. Apoyó la espalda en ella y suspiró. Quizás había sido demasiado dura con ella y a pesar de tenerle más miedo que cariño, volvió a abrir la puerta de nuevo, pero Manuela ya no estaba. En el suelo, sobre el felpudo de la entrada, había una pequeña caja. Helena la cogió y tras comprobar que era una caja de música, entró de nuevo al piso.

    Una vez dentro, se dirigió con sigilo a su habitación y dejó la caja de música sobre la mesilla de noche. Se sentó en el filo de la cama, apoyó los codos sobre las rodillas y, después de cubrir su cara con las manos, rompió a llorar. Las lágrimas resbalaban por su rostro sin hacer ruido, como si también ellas supieran que no debían despertar a Víctor. Lloraba por todo y por nada, por el miedo acumulado, por la soledad, por las noches de silencio y terror.

    Cuando por fin logró serenarse, se tumbó en la cama, dejando que el cansancio la sumiera en un profundo sueño.

    Al despertar por la mañana, Helena se encontró con la caja de música sobre la mesilla. Era de color caoba con vetas oscuras que brillaban como si conservaran algo antiguo, casi secreto. Los bordes estaban finamente tallados y la tapa, sobria y lisa, se abría hacia atrás con una discreta bisagra dorada. Al levantarla, un espejo rectangular cubría el interior de la tapa, reflejando la diminuta figura de una bailarina de porcelana.

    Estaba en pie sobre una base metálica, con los brazos en alto y un tutú rosa pálido que parecía flotar alrededor de su cintura. En la parte delantera de la caja había un pequeño cajón con un pomo de bronce, y justo debajo, apenas visible, sobresalía una cuerda metálica que invitaba a ser girada.

    Helena la sostuvo entre las manos como si contuviera algo frágil. Le dio unas vueltas a la cuerda con suavidad, contuvo el aliento, y luego abrió la tapa. La bailarina comenzó a girar lentamente, y enseguida la habitación se llenó de una melodía suave y conocida.

    Mientras las notas de la canción de cuna de Brahms flotaban en el aire, Helena sacó el pequeño cajón de la caja de música y descubrió una carta. La deslizó entre los dedos y empezó a leerla cuando un crujido, sutil pero inconfundible, la obligó a detenerse. Provenía del salón.

    Se levantó de golpe, con el corazón en la garganta. Salió de la habitación de puntillas, bordeando el pasillo con el alma contenida.

    Al llegar al salón, lo vio. Víctor seguía allí, en el sofá… pero ya no dormía.

    Tenía los ojos abiertos. Fijos en el techo. Vacíos. Y algo en su expresión ya no era suyo.

    Se incorporó como pudo, todavía aturdido por el alcohol de la noche anterior y avanzó tambaleándose hacia Helena. Ella, al verlo, comenzó a retroceder con cautela, pero un grito la detuvo en seco.

    —¡Quieta! ¡Ni un paso más! —vociferó Víctor y, extendiendo el brazo, añadió con firmeza—: Dame lo que llevas.

    Helena dudó por un instante, pero finalmente extendió ambos brazos. Sin esperar más, él le arrebató los objetos: la caja de música y el pequeño cajón.

    Víctor los sostuvo entre las manos y los contempló en silencio, mientras una oleada de recuerdos de su infancia lo arrastraba sin piedad.

    Pasados unos segundos, empezó a leer la carta. Era de Manuela, la mujer a la que siempre había llamado madre. En ella, le confesaba una verdad que cambiaría todo: no era su madre biológica, sino su tía. Lo había adoptado después de conseguir arrebatarle la custodia a su hermana, al descubrir los abusos a los que lo sometía.

    Manuela le pedía perdón por haberle ocultado la verdad durante tantos años. Junto a la carta, incluía una llave: pertenecía a una caja de seguridad en un banco. Allí, le decía, podría encontrar más respuestas sobre su pasado… si se atrevía a buscarlo.

    Víctor volvió de nuevo al sofá intentando digerir las palabras que acababa de leer. En ese momento, sonó el teléfono y contestó:

    —¿Sí?

    —¿Señor Víctor Carrasco? Le llamamos de la comisaría de policía. Lamentamos informarle que Manuela Vargas ha fallecido. Su cuerpo ha sido hallado esta mañana. Todo indica que se ha quitado la vida.

    El auricular se le escurrió de la mano cayendo al suelo con un golpe seco. Helena se acercó con paso vacilante y tomó el teléfono para finalizar la llamada.

    —Lo siento mucho, Víctor —le dijo a su marido en un susurro, apenas audible.

    Él giró lentamente la cabeza hacia ella. Sus ojos se habían oscurecido al recibir la noticia. Helena lo observó en silencio y por un instante lo vio diferente: ya no era aquel hombre duro y violento que tantas veces la había golpeado, sino alguien roto, vulnerable, casi irreconocible.

    —Voy a abrir esa caja —dijo, con voz temblorosa—. Quiero saber qué más me han ocultado.

    Helena quiso detenerlo, decirle que no estaba en condiciones, que no sabía qué podía encontrar allí… pero no lo hizo, porque en el fondo, también ella quería saber.

    Siguiendo las indicaciones de la carta, Víctor y Helena entraron al banco con una mezcla de incertidumbre y temor que parecía aferrarse a sus huesos. Frente a la caja de seguridad, el silencio era denso, casi opresivo, como si el aire mismo temiera lo que iban a desenterrar. Al abrirla, una oleada de frío recorrió sus cuerpos. En su interior, las fotografías mostraban con brutal claridad los maltratos que Víctor había sufrido en manos de su madre biológica: imágenes que parecían absorber la luz y dejar solo sombras. Junto a ellas, apilados con un orden macabro, yacían los informes policiales y documentos relacionados con su adopción, como piezas de un puzle doloroso que hasta entonces había permanecido oculto.

    Entre esos papeles, un diario antiguo aguardaba. La letra de Manuela, firme pero cargada de pesar, relataba sin reservas los años de horror que habían atravesado. Al pasar las páginas, encontraron una tarjeta de una funeraria llamada Ave Fénix, cuya simple presencia parecía anunciar el final de un ciclo oscuro. Con el corazón encogido, descubrieron la cruda verdad: su verdadera madre había muerto. Manuela había dejado también anotada, con una mezcla de resignación y tristeza, la ubicación exacta de la tumba de su madre biológica, un lugar que ahora parecía el último vestigio de un pasado demasiado doloroso para olvidar.

    Tras la visita al banco, Víctor se volvió silencioso, casi ausente. Pasaba horas encerrado en sí mismo, sumido en un mutismo que lo alejaba del mundo. Apenas hablaba, y cuando lo hacía, sus palabras eran breves, mecánicas, como si vinieran desde muy lejos. Se sentaba durante horas a contemplar la caja de música, o releía el diario de Manuela una y otra vez, como si buscara en esas páginas una explicación que se le escapaba.

    Helena lo observaba con creciente inquietud. No solo la angustiaba el cambio repentino en su comportamiento, sino también el aspecto que iba adoptando su rostro: pálido, hundido, con la mirada opaca de quien carga un peso invisible. Había algo en él que ya no reconocía, como si la revelación de su pasado hubiera borrado por completo al hombre que una vez conoció.

    Finalmente, una madrugada, lo decidió.

    —Tengo que ir allí —le dijo—. A la tumba.

    Helena no preguntó más. Lo acompañó en silencio.

    A medianoche, llegó al camposanto provisto de pico y palas. Después de cavar durante dos horas, el ataúd quedó a la vista. Cuando descerrajó la tapa, descubrió que el cadáver había desaparecido.

    Se quedó mirando el ataúd vacío durante largos minutos. Luego, sin una palabra, volvió a cerrarlo y comenzó a rellenar la tumba con la misma tierra que

    había removido. Cuando terminó, sacó la caja de música del interior de su mochila y la colocó sobre la lápida como una ofrenda muda.

    —No quiero seguir cargando con esto —susurró Víctor—. Ya no.

    Helena se acercó y le tomó la mano. Bajo la luz tenue de la luna, sus rostros ya no parecían los de víctimas marcadas por el dolor, ni los de vengadores enfrentando sombras. Eran, por primera vez, los de dos sobrevivientes que, sin necesidad de palabras, se perdonaban el pasado y elegían seguir caminando hacia adelante.

    Días después, vendieron el piso y dejaron atrás la ciudad donde tantas veces se rompieron por dentro. Buscaron un lugar tranquilo, sin recuerdos, sin silencios llenos de miedo. Un hogar nuevo donde las paredes no hablasen de lo que alguna vez fueron.

    Allí, en la calma que tanto les costó alcanzar, comenzaron a reconstruirse. No desde el olvido, sino desde la aceptación. Porque sabían que algunas heridas nunca cierran del todo, pero también que el amor puede volver a echar raíces incluso en la tierra más devastada.

    Y así, en medio de lo simple, por fin encontraron algo parecido a la paz.

    Lola Sanz

    Share. Facebook Twitter Pinterest LinkedIn Tumblr Email
    Dolors Palomo Escrig

      Related Posts

      Propuesta de Susana Fuenmayor

      8 de agosto de 2025

      Propuesta de Klever Loja

      8 de agosto de 2025

      La venganza

      8 de agosto de 2025
      Leave A Reply Cancel Reply

      Páginas hermanas
      Historias Donde Vivo
      La Gata con Gafas Ediciones Transmedia
      Mentes entre líneas
      Mujeres de Leyenda
      Así suena
      Lo más reciente
      • La inteligencia artificial y el libro: una nueva herramienta para un oficio antiguo
      • La lectura lenta o la defensa de la intimidad
      • Los gigantes de la venta: anatomía económica de un bestseller
      • El Necronomicón: el grimorio maldito que nació de la ficción y se volvió leyenda
      • Livraria Bertrand: La Librería Más Antigua del Mundo y el Corazón Literario de Lisboa
      Facebook X (Twitter) Instagram Pinterest
      © 2026 Una revista de La Gata con Gafas.

      Type above and press Enter to search. Press Esc to cancel.