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    Portada » La venganza
    SELECCIÓN REI

    La venganza

    Jorge Andrés Patiño MerchánBy Jorge Andrés Patiño Merchán8 de agosto de 2025Updated:8 de agosto de 2025No hay comentarios40 Mins Read
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    Cuando Helena entró en el salón, él ya estaba allí, oculto entre las sombras, preparado para hacer lo que debía… Controlaba con suma dificultad la respiración jadeante que lo acosaba, mientras la veía caminar enfrente suyo, separados por escasos metros, desconociendo que él estaba allí, esperando el momento para actuar, tomando valor para cumplir con su deber. Al verla, como ocurrió la primera vez que lo hizo, sus movimientos felinos y seductores lo atrajeron con la fuerza de un imán. Helena es una mujer hermosa, de ojos azules pálidos, delgada hasta los huesos y de piernas firmes y largas como los de un flamenco. Y ciertamente esa imagen lo perseguía a donde él fuera, no dejándolo pensar con claridad.  

    El olor dulce del perfume que siempre usaba invadió el ambiente solitario y oscuro del salón. Aquella noche, especialmente esa noche se veía de ensueño, resplandecía como la estrella más hermosa del cielo. En el salón de baile, entre todas las mujeres engalanadas y bien parecidas, Helena era la que más resaltaba, levantó envidia entre las damas y, suspiros y ensoñaciones entre los caballeros, que no le podían quitar el ojo de encima.   

    Las manos le temblaban y la pistola con el largo silenciador le pesaba más que de costumbre. El escozor de los ojos le nublaba la vista y le impedía apuntar bien para fijar el blanco, aunque, ciertamente, la vista nublada y las manos temblorosas, no eran las causas que le impedía apretar el gatillo, como muchas otras veces lo había hecho sin titubear. Con dificultad, por la espesa saliva que le atragantaba la boca, como si fueran palabras atragantadas que deseaba decirle al oído a la dulce Helena, se humedece un poco los labios resecos con la punta de la lengua, calcula el tiro, que es imposible fallar por la cercanía, corrió el martillo del arma y el sonido hueco del martilleo de la pistola se esparció con sutileza por el salón -clic, clic-

    • ¿Quién anda allí? -preguntó Helena sobresaltada por el ruido, volviendo con agilidad felina el cuerpo en dirección al sonido- eres tú, William.       

    ***

    En la oscuridad sus ojos azul pálido brillaban como los ojos de un felino, que entre las sombras espera expectante el movimiento más sutil de los músculos de su presa para ponerse en acción. Helena tenía una mirada tan penetrante que incluso entre las sombras, sus hermosos ojos, proyectaban un brillo peligroso y enigmático que atraía a sus víctimas como los faros en la costa a los barcos perdidos en alta mar.    

    • Así es, te estaba esperando. -respondió titubeando, mientras sentía que el corazón se le salía por la boca-

    Con pasos serenos como aquella mujer que se siente segura de quién es y de lo que tiene, suficiente para atraer las miradas y suspiros de cualquier hombre, se acercó a William meneando las caderas en un movimiento hipnótico que sugerían mucho, pero que, no obstante, dejaba todo a la imaginación. Con premura, William guardó el arma en la pretina de sus pantalón, al tiempo que ella, con sutileza y descaro, de manera sugerente, le pasaba las manos por el cuello de la camisa, bajando por el pecho hasta rozar la hebilla del pantalón: 

    • Lo noto nervioso señor Cody -dijo la mujer con un tono sarcástico y burlón- 
    • ¿Tendría que estarlo señorita Watson? -preguntó con una voz notablemente, nerviosa, aunque intento disimular los nervios lo mejor que pudo- 
    • Si no teme al peligro, no tendría por qué estarlo -respondió mientras le ponía los labios cerca al oído para que sintiera su aliento fresco- 
    • No se equivoque señorita que el que teme quemarse no juega con fuego.
    • ¿Quién dijo que me voy a quemar? -le respondió Helena en un susurro casi inaudible- 

    Como un animal rabioso, Helena saltó a los brazos de William, y se enfrascaron en un beso tan apasionado y profundo que pareció que la intención de ella estaba más encaminada a arrancarle la carne de los labios que a besarlo por deseo. Pasados escasos segundos, la mujer lo retiró con sutileza y volvió sobre sus pasos, dejando a William con aquel sabor frutal de su labial y el desespero de querer probarlo de nuevo, con tal fuerza que, le terminara de despedazar los labios.

    • No olvide su máscara señor Cody. Nos vemos en el salón de baile -mencionó al tiempo que se ponía el antifaz que escasamente le cubría el rostro- 

    Cuando William Cody pudo recuperar la respiración y volver en sí, tomó su antifaz, se cubrió el rostro y salió del cuarto solitario en donde se guardan los instrumentos polvorientos, para bajar en dirección al salón de baile. Mientras bajaba la escalera, del otro lado del salón, los ojos frívolos y amenazantes de la bella Emperatriz Watson, cuya maldad la disimulaba con sutileza detrás de una sonrisa bondadosa y angelical, se le clavó como agujas en el pecho. Estaba con un hombre mayor, bien parecido y elegante. Anfitrión de la fiesta y legítimo propietario de la mansión en la que se encontraban y de todo cuanto tenía que ver la adinerada familia Watson. El tiempo siguió su curso, al ritmo de la música del salón de baile que entre sus notas alegres ocultaba el ambiente tenso y el aroma a muerte que inundaba el lugar. 

    ***

    Atravesado por agujas ponzoñosas e intimidantes, William Cody atravesó el salón de baile a toda marcha, hasta alcanzar el balcón de la terraza del onceavo piso del edificio en donde se conmemoraba el cumpleaños sesenta y uno del acaudalado y poderoso industrial Horacio Watson. Hombre de negocios desalmado, cuyo capital era el producto de una suerte de traiciones y competencia desleal con sus socios y amigos que le procuró un crecimiento vertiginoso en la industria del metal. Al salir, el viento frío de la noche, le hizo bien. Hizo que William Cody pusiera los pies sobre la tierra, después de cavilar entre nubes oscuras y una tormenta inevitable.  

    Con las manos temblorosas, William intentó encender un cigarrillo, no obstante, el taconeo incesante que provenía del corto pasillo que separaba el salón de baile con el balcón lo puso en alerta, haciéndolo desistir de su intención. Al levantar la vista vio que era ella, la emperatriz, acercándose con parsimonia y elegancia, con el paso propio de una reina que pese a no tener la corona se siente dueña de ella. Es una mujer joven que no supera los treinta y cinco. De contextura delgada y bien definida que le da un atractivo especial, como si hubiera nacido con el corte de la realeza. Con rasgos tan finos y delicados, que le daban la sensualidad que muchas mujeres, incluso más jóvenes, deseaban para ellas. Pero, más allá de su innegable atractivo, aquel rostro angelical y cuerpo envidiable, ocultaba la maldad en estado puro que su ser egoísta emanaba: 

    • Señor Cody, veo que ha incumplido su parte del trato -dijo la mujer al tiempo que sacaba de medio de su escandaloso y lujurioso escote un encendedor, el cual encendió y acercó a su anfitrión para que encendiera el cigarrillo que aún sostenía en los labios-        
    • No he incumplido mi obligación… -alcanzo a decir antes de que la emperatriz le pusiera con sutileza el dedo en la boca para callarlo-
    •  Shhh… -dijo la mujer y los ojos y los dientes le brillaron entre la escasa luz como los de un asesino cuando encuentra a su víctima- Señor Cody no me obligue a hacerle cumplir su palabra -le dijo la mujer mientras le introducía entre las manos una antigua camándula de madera, con tal frialdad que le heló el cuerpo a William Cody- porque créame que se arrepentirá – Al hacerlo le beso en la boca con sus labios fríos y mortecinos dejándole un sabor tan desagradable que quiso vomitar-

    Helena, mientras conversaba con uno de los invitados de su padre, un tipo bajito, aburrido y poco agraciado que por años la llevaba cortejando, vio caminar a William en dirección al banco, casi al tiempo que la emperatriz lo seguía. Cuando pudo, por fin, librarse de la insistencia del hombre se acercó al balcón y allí le pareció ver que la emperatriz besaba al hombre. Aunque no estaba segura, pues el balcón estaba oscuro y ella de espalda, dificultando la visión: 

    • ¿Qué ocurre? Preguntó Helena

    La emperatriz con el cinismos y la frialdad que la caracterizaba, volvió el cuerpo y se paró frente a Helena: 

    • Nada querida -dijo la mujer mientras remontaba la distancia que la separaba con Helena- Ya sabes como soy. Me preocupa el estado de nuestros invitados

    Aquellas palabras que dichas por la emperatriz sonaban verdaderas y honestas, no convencieron a Helene, pues sabía que ella, la emperatriz, era una mujer que nadie, aparte de sí misma, en verdad parecía importar. Mientras le clavaba su mirada, de ojos profundos y penetrantes, en los ojos dubitativos de William; Helena sintió en el cachete un beso frío y húmedo de la emperatriz que la tomó por sorpresa. Dejándola casi paralizada. Fue un beso tan frío y desagradable que, Helena, lo sintió como el mismísimo beso de la muerte, que la hizo estremecer:  

    • Te dejo con nuestro invitado -le dijo casi al oído la emperatriz a Helena- para que disfrutes de su compañía -y al hacerlo sintió un tono sarcástico en su voz que le hizo pasar un fuerte calosfríos por todo el cuerpo, pues aquello parecía ser más una amenaza disfrazada que un legítimo deseo-  

    Cuando la emperatriz remontó el camino y salió del balcón bajo la mirada pálida y escrutadora de ellos; Helena por fin se acercó al borde del balcón en donde William permanecía inmóvil. Al tomarle de la mano, Helena descubrió que William, sostenía un crucifijo sujeto a una camándula de madera: 

    • ¿De quién es? -preguntó Helena sorprendida y curiosa-
    • Es de mi madre -respondió William con frialdad, aunque en su tono de voz se escondía una leve preocupación y profundo miedo- 

    ***

    Temprano en la mañana, incluso poco antes de que aclarara el día con los primeros rayos mortecinos de la mañana, William Cody despertó agitado y sudoroso después de tener una noche pesada y turbulenta. A su lado, recostada en su pecho velludo, dormía plácidamente Helena, manteniendo una expresión tranquila y un sueño tan liviano que en nada se parecía al que él mantuvo. Y como no estaría Helena Watson durmiendo profundamente, si la noche anterior, como otras tantas noches, desde hace poco más de dos meses, cuando se conocieron en una fiesta gracias a la ayuda e intervención no desinteresada de la emperatriz; la pasión y excitación desbordaba a la mujer haciendo que en medio de las noches de pasión y sexo descontrolado se comportara como un ser insaciable que no conocía límites.

    Ciertamente, William Cody, como cualquier galán de su época, podía hacer gala de la suerte que tenía con las mujeres, pues en sus treinta años, tuvo la oportunidad de visitar varias camas, todas con mujeres distintas y hermosas que cumplieron todas sus fantasías. Pero Helena… era una mujer sacada de cualquier molde. Una mujer que lo llevó al punto máximo de su clímax y status como galán, para llevarlo a cumplir todos aquellos deseos y placeres lujuriosos más profundos que, incluso él, desconocía de su ser. 

    Con el primer rayo de sol de la mañana, que logró colarse por entre las cortinas de la habitación de William Cody que, llevaba despierto desde muchos antes del alba, permaneciendo sumergido pesadamente en sus pensamientos, debatiéndose entre el cumplimiento del deber y el deseo que despertaba en él Helena; intentó levantarse de la cama con un movimiento liviano, para no despertar a la muchacha que yacía dormida en su pecho tranquila. No obstante, con el primer movimiento que intentó, la mujer despertó del ensueño, clavándole a William Cody esa mirada hermosa, penetrante y desconcertante que le removía cada fibra del cuerpo y le desgarraba el pecho como una sarta de puñales que se le clavaban en el corazón causándole daño, pero a la vez, llenándolo de vida: 

    • ¿Para dónde vas? -preguntó la mujer, con una voz tan clara y tranquila que daba la impresión de que llevara horas despierta-
    • Tengo cosas que hacer -respondió el hombre apresurado- 
    • Pero si es domingo -respondió la mujer, al tiempo que le pasaba la mano por los hombros y la espalda en un ademán cautivador y sugerente que le puso la piel de gallina- 
    • Un hombre de mundo siempre tiene algo por hacer -respondió al tiempo que se ponía en pie y se disponía a recorrer el espacio que separaba la cama del baño- 

    Desde la cama, somnolienta por el profundo sueño y aún exhausta por el esfuerzo físico de la faena de la noche anterior, Helena escuchaba la caída del agua caliente y el tarareo de William; cuando un haz de luz que se refracto de un objeto metálico, guardado en una de las gavetas de la mesa de noche, la encegueció por un instante. Aquel objeto de culata negra brillante, le llamó tanto la atención que su curiosidad se vio desbordada al punto que tuvo la necesidad de abrir la gaveta. Allí dentro, encontró una pesada pistola con silenciador que, aunque, algo dentro de sí le decía que ese objeto era el que la había segado, se sorprendió al verla.

    Sorprendida levantó la vista y al notar que William seguía en el baño y que el agua seguía cayendo, puso el arma sobre la mesa y siguió escarbando hasta dar con una pequeña caja de madera, cerrada con llave, la cual tuvo la fortuna de encontrar allí mismo en la gaveta, fue entonces cuando en el interior de la caja encontró una llamativa carta, escrita a mano en un papel de seda, cuyo olor le pareció familiar. Es un aroma dulce, de un perfume que no lograba recordar quién lo usaba. Cuando por fin abrió la carta, estaba escrita con una hermosa caligrafía que le hizo recordar haberla visto alguna vez. Sin perder tiempo, Helena la leyó: 

    “Señor Cody, la señorita Helena lo estará esperando en el punto acordado, yo estaré junto a ella, pendiente a su arribo, basta con que me salude para ponerlo en contacto con ella. Lo demás depende de usted y sus habilidades. Quiero un trabajo rápido y limpio para eso lo contraté. No olvide que me debe con creces un trabajo bien hecho y que, con la misma premura que le pago, le puedo hacer la vida un infierno.” E. W

    Absorta por lo que acaba leer, Helena elevo la cabeza en un gesto de recordar quien era la dueña de aquella caligrafía y de aquel olor familiar; no obstante, no solo, no lo recordó, sino que estuvo a punto de ser descubierta, cuando William Cody abrió la puerta del baño. La fortuna estuvo de su lado, porque el hombre ajeno a lo que estaba pasando, salió con la cabeza cubierta, dándole el tiempo suficiente a Helena para que volviera las cosas a su lugar. Al verla William, la noto agitada:

    • ¿Pasa algo? -preguntó el hombre, aun sosteniendo la toalla en la cabeza con la que se secaba el pelo-
    • Para nada -respondió la mujer, tratando de ocultar los nervios y tranquilizar la respiración agitada-   

    Con sigilo William se acercó, luego de observar el cajón de la mesa, que no parecía haber sido molestado. Sin embargo, cuando lo hizo, el aroma a perfume le ayudó a intuir que las cosas no estaban bien como Helena se lo quería hacer creer pues, en el aire, aún se percibía el maligno aroma de la Emperatriz. 

    ***

    Con el paso de los días Helena, gradualmente, se fue alejando de William Cody, lo que desconcertó aún más a una persona cuya personalidad controladora, posesiva y dominante, lo inducía a querer tener bajo su control las situaciones, personas y cosas que transcurrían a su alrededor. No obstante, Helena es una mujer diferente a las demás, y eso exasperaba a William Cody. Ella es un enigma difícil de descifrar para un galán como Cody que siempre sabía qué decirles a las mujeres hermosas y cómo complacerlas. Pero Helena Watson era diferente, porque ni las palabras o las acciones calculadas, hicieron que cayeran víctima en su red seductora; porque con la misma facilidad que parecía que caía, con esa misma facilidad se libraba de sus redes seductoras. Por el contrario, Cody que era astuto, intuía que ese cambio de roles estaba causando en él, el efecto contrario, poniendo al diestro cazador en peligro de terminar siendo la presa. 

    Helena, al igual que William Cody, mantenía una actitud dominante, despegada e indomable que no se dejaba disminuir por una personalidad tan arrolladora como la de esté, pero que tampoco necesitaba de la compañía y adulación de nadie, como si le pasaba a Cody. Pues ella, al ser libre como el viento, decidía a voluntad cuando y como despertaba las llamas del corazón más frío casi hasta calcinarlo, para luego dejar de soplar y dejar en su lugar un puñado de cenizas ardientes que mueren de deseo por volver a la vida. Quizás ello, que tanto odiaba Cody, era precisamente lo que le resultaba tan adictiva de la compañía de Helena. Sentimiento unidireccional puesto que Helena no mantenía el mismo deseo. 

    Por días, en los que Helena no dio señales de vida, William Cody permaneció oculto en una habitación de hotel evitando al máximo el contacto con otras personas. En especial con la Emperatriz que desesperada lo buscaba por toda la ciudad sin tener señal de él. Comía poco, bebía en exceso, evitaba la luz solar cerrando las persianas de la habitación y los pocos empleados del hotel que tuvieron contacto con él, más que todo, porque le sirvieron alguna bebida o le llevaron alguna esporádica comida, lo veían irreconocible. Casi como un espanto, vestido con ropa andrajosa y sucia, sin ducharse, despeinado y pálido, al punto de parecer enfermizo.

    Sobre la media mañana de un viernes opaco, frío y lluvioso; William Cody, escucho el sutil llamado de la puerta. Alertado por el inesperado toque, Cody pego un salto en la cama y de la mesa de noche tomo la pistola con el silenciador que mantenía escondida desde su último encuentro con Helena. Con la respiración agitada, pero con el pulso firme se acercó a la puerta. Por entre el vitral de la puerta, observo a un joven de cabello rojizo y rostro sonrojado, parado del otro lado, sosteniendo una carta. Con desconfianza William Cody abrió la puerta lo suficiente para recibir la encomienda y dar una merecida propina al joven que al verla le sonrió sutilmente, para luego marcharse. Cerrando la puerta con desconfianza, Cody abrió la carta:

    “Señor Cody, me sorprende la facilidad con la que se esconde, pero no tuvo algo en cuenta: esta es mi ciudad y el aire que usted respira, al igual que el agua que bebe es de mi propiedad. Y como sé que, su miserable vida me pertenece, me dispongo a hacerle saber mis deseos. En esta hoja encontrará la dirección de su próxima víctima, la cual estará a su alcance en los próximos días en horas de la noche. E. W”

    El maldito olor que desprendía la carta le causó náuseas. Sin embargo, cada una de las palabras escritas, eran ciertas. Su vida no era suya, en realidad, pertenecía a alguien más, a la persona que lo había educado para ser eso. Convirtiéndole en un arma eficiente y diestra en el arte del homicidio selectivo y del engaño.  

    En los siguientes días al recibir la carta, William Cody esperó a su víctima, en el edificio contiguo al que se esperaba su arribo, cualquier noche de esas. Hasta el segundo día, cuando por fin apareció el auto con el paciente a bordo, preparado y listo para recibir la medicina. Desde el visor de su rifle de precisión, William Cody vio al sujeto bajar del auto. Era alto y apuesto, de unos cincuenta años. Bestia un esmoquin negro, lucía un peinado de medio lado que lo hacía ver joven pese al pelo cano y la barba blanca. A su lado, agarrado de gacho, lo acompañaba una mujer joven y hermosa de rasgos finos y tez blanca, tocada por un sombrero y un labial rojo encendido, como la sangre.

    Dubitativo apuntó a la mujer, cuyos ojos se ocultaban detrás del sombrero, hizo el ademán de disparar, pero no se atrevió a hacerlo. Luego, apuntó al hombre que la acompañaba. Sin dudarlo por un instante, sin sentir remordimiento o que el pulso le temblara disparó una única vez. Fue un tiro limpio que le atravesó el pecho a la víctima, sin darle tiempo de nada. Antes de caer, rodeado en un charco de sangre, el sujeto cayó muerto. Los dos guardaespaldas que escoltaban al caído rodearon a su jefe en búsqueda del tirador. Al tiempo la mujer que lo acompañaba se lanzó de suelo de rodillas a llorar al muerto. Al ver la escena, Cody supo que todo era un vil montaje, planeado por aquella mujer.   

    ***

    La muerte de John Watson, padre de Helene, asesinado de un disparo a la entrada de un distinguido restaurante, fue una suceso de connotación nacional. Pero más allá del morbo que genero el crimen, aquel acontecimiento funesto, destrozo la vida de Helena que veía a su padre como un hombre carismático y cariñoso, entregado a la familia. Un hombre ejemplar, pese a los comentarios ponzoñosos que la gente, entre los pasillos, rumoreaba en voz baja. Cierto era que, no se distinguía por ser un hombre amplio que regalaba fortuna sin deparar en el benefactor, pero al igual que cualquiera, tenia también sus momentos de bondad. También era cierto, y ella no era ajena a tal verdad, que su padre tenia tanto de bueno como de malo. 

    Siempre fue bueno para los negocios y eso le hizo llegar a donde se posiciono. Era una persona fría y calculadora, en cuanto su negocio se refería, por lo que no tenía benevolencias o reparos cuando debía actuar y ponerse primer lugar, por encima de los intereses o necesidades de cualquier otro. Ese era el mundo de los negocios, se lo decía su padre a Helena, aunque a ella nunca le intereso. Siempre le dijo que, él era un lobo dentro de un corral de ovejas y como tal actuaba. No era injusto o justo, cruel o benévolo, simplemente era un hombre de negocios que velaba por su familia y por sus rentas.  

    Por lo mismo, Helena no podía concebir ¿Cuál fue el motivo de su muerte? ¿Quién estaba atrás de aquel homicidio? se preguntaba entre lágrimas, porque si bien, su padre era de los afectos de mucha gente, tampoco concebía que alguien, quisiera hacerle daño. Evidentemente, aquella muerte no era circunstancial, sino un plan bien elaborado y ejecutado por una mano experta. Por lo mismo, Helena intuía que aquella mano tenía un interés muy bien definido, pero ¿Cuál era? Seguramente el tiempo le daría la respuesta. Mientras tanto su corazón permanecería destruido y convaleciente. Tratando de rearmarse de los pedazos que le quedaban. 

    Tres días después de la muerte de su padre, en una ceremonia privada las exequias fúnebres de John Watson, en el osario de la familia Watson, lejos de los focos de la prensa y del morbo de la gente. El selecto grupo de personas que acudió, soporto durante la congregación, un viento gélido que golpeaba con fuerza en sus rostros, provocando un leve dolor en la piel de los asistentes. Entre ellos se rumoreaba que, muchos lustros atrás cuando pego el invierno seco con fuerza en la ciudad, no se vivía una tormenta así. Los más ancianos presagiaban tormenta, mientras que los más jóvenes distraían la mente porque no soportaban el aura lúgubre del momento y el frio de la muerte. Muchos deseaban el paso del tiempo para irse y no volver. 

    Pese al dolor que la invadía, Helena, con su característica resiliencia, voluntad y carácter fuerte se mantuvo serena y tranquila. Perdida en un mundo ajeno al suyo. Lejos de los acontecimientos que tenían cabida a su alrededor. Como si su cuerpo estuviera presente, pero su mente perdida en el tiempo. Divagando entre universos extraños y poco claros. Presenciando, sin ser del todo consciente, la escena trágica, montada por su madrastra, once años mayor que ella, junto al cajón donde estaba su padre. Si hubiese estado de mente presente, al igual que los demás asistente, aquel acto dramático y visiblemente falso, digno de una mala actriz de reparto, se le hubiese hecho grotesco e innecesario. Aunque aquella imagen dispersa y difusa se quedaría en su mente.    

    Culminada la ceremonia fúnebre, llena de prejuicios e incomodidad, la mayoría de asistentes, se marcharon a toda prisa del lugar, como si el mismísimo espectro de John Watson los hubiese sacado corriendo, al hacer una aparición inesperada. En el cementerio, aparte de Emperatriz Dela Watson, algunos invitados y de Helena, la presencia oscura e hipnótica de William Cody, aquel hombre alto y bien parecido que, observaba desde la periferia lo acontecido; con miraba penetrante y un gesto de desprecio, se impuso sobre la presencia de los demás. Generando tal impacto y nerviosismo en los asistentes, que muchos fueron recuentes a acercarse más de lo estrictamente necesario, otros incluso evitaban verlo a los ojos, pues al hacerlo, experimentaban un vacío en el estomago que solo se siente cuando tienen miedo de caer en un pozo profundo y oscuro que no parece tener fin. Un pozo en donde lo único que pueden encontrar es rabia apenas contenida y muerte.   

    Helena se encontraba sola al lado de la tumba de su padre, mientras su madrastra se encargaba de despedir a los asistentes con una compostura y tranquilidad tan inusual que sorprendió a todos. Pues no era el estado de animó que se esperaba de una persona que acaba de perder a un ser tan amado, por el que casi se rasgó las vestiduras y derramo toda su provisión de lágrimas en menos de una hora.

    Helena se encontraba tan ausente en sus pensamientos y recuerdos, evitando no llorar que no notaria eso. Sin embargo, la mirada penetrante de William Cody que, se le clavo como cuchillos en la piel la obligo a volver la mirada. Al hacerlo, se dio de bruces con Cody, parado a escasos centímetros de ella, inconscientemente la agilidad y el sigiló con el que se movió Cody la sorprendió, pues pese a su altura y languidez, se movía con la soltura de un felino. 

    Tan intensa era su mirada que Helena se incorporó de su estupefacción y aterrizo al momento presente, con un leve nerviosismo que le helaba la piel. Helena que estaba acostumbrada a sostener la mirada, sintió que aquellos ojos que destilaban un brillo tan malvado que parecía que la quemaba, y ella que, pocas veces se obligó a cortar la mirada y bajar el rostro, tuvo que hacerlo. Pero mientras lo hacía, no pudo evitar sentir que la mirada de aquel hombre, le había herido con la violencia de un mazazo. 

    Con sutileza William Cody la tomo de la mano y le dio las condolencias. Aunque a ella le parecieron falta. Sin embargo, lo que más le llamo la atención a Helena fue la frialdad que sintió en sus manos y la insensibilidad que reflejaba el brillo de su voz. Ella vio en ese Cody a un hombre que nunca conoció:  

    • Gracias por las palabras y por acompañarme en estos momentos -dijo la mujer esbozando una mueca forzada y soltándose de la mano de Cody pues la sentía pesada e incómoda-     
    • Cuídate de los que te rodean -respondía finalmente Cody, dándose cuenta del sutil desprecio de Helena-
    • ¿De qué debería cuidarme? -dijo la mujer levantando sutilmente la mirada para enfocar los ojos de Cody- 
    • Muchas veces los enemigos están más cerca de lo que uno se imagina -dijo Cody, al tiempo que sacaba de su bolsillo una camándula envuelta en un trapo rojo- Era de mi madre, pero siento que te será útil.   

    Helena trato de sostener la mirada, pero debajo de ese sombrero negro que llenaba de sombras el rostro de Cody, solo encontró un resplandor que la lastima. Cuando, finalmente, William Cody se despidió, vio en él una mueca retorcida e intimidante que le hizo helar la sangre. No supo por qué, pero aquel encuentro le hizo pensar que su vida corría en peligro.    

    ***

    A medianoche llego al campo santo provista de picos y palas, después de cavar durante dos horas el ataúd quedo a la vista. Cuando descerrajo la tapa descubrió que el cadáver había desaparecido. Con el sudor aun cayéndole en el rostro, pese a ser una noche fría que amenazaba tormenta, y las manos llenas de ampollas por el trabajo físico al que no estaba acostumbrada, escucho un leve crujido de hojas secas; al tiempo que un martilleo conocido, le hizo voltear en dirección al lugar del que provino el sonido. Entre las sombras, ubicada a pocos metros, pudo reconocer la silueta de su verdugo. El juego había terminado…

    Tiempo atrás, la muerte de John Watson, supuso varios retos para la familia. Uno de esos retos estuvo relacionado con la investigación judicial que se adelantó para esclarecer la muerte, la cual fue arrojando verdades inesperadas e incomodas de la familia Watson. Pero ninguna de aquellas verdades daba una pista concreta que, ayudara a las autoridades a desenmarañar el motivo que había detrás del crimen del señor Watson, más allá de algunos indicios, hipótesis no del todo fehacientes o demostrables y varios sospechosos que mantuvieron una coartada difusa, pero imposible de desvirtuar.   

    Lo cierto era que, para Helena Watson, estaba muy claro quién había sido el autor intelectual del crimen y cual había sido la principal razón para mandar ejecutar el plan que resulto en la muerte de su padre. Solo faltaba una pieza del rompecabezas saber por qué, el autor material decidido confesarle la verdad. 

    Sinceramente, en un principio, bien fuera por el dolor y el duelo que atravesó por la muerte de su padre, Helena no entendió el panorama que se le pintaba enfrente, pero cuando empezaron a ocurrir cosas sorprendentes e inesperadas, los cabos se fueron atando y las cosas empezaron a tomar forma. La primera de las piezas que se encajó ocurrió cuando su madrastra o mejor fuera dicho, la amante de su padre, escasos años mayor que ella, Emperatriz Dela Watson, cuyo verdadero nombre es Emperatriz Dela Dupont, la suplanto e intento cobrar unas cuantiosas sumas de dinero que su padre John Watson, dejo tiempo atrás a su nombre. Desconociendo a Helena como hija.    

    Posterior a eso, Emperatriz Dela Watson, le negó la entrada a la mansión Watson a Helena. Apropiándose a la fuerza de aquel patrimonio construido por su padre y que mantenía seguro en la mansión. No con eso, y aún desconociendo los alcances de la ambiciosa amante de su padre, una noche de enero, transcurridos escasos meses desde homicidio; ordeno secuestrarla, asesinarla y desaparecerla. Algo que no tenía previsto. Quizás una jugada arriesgada que, de resultar, seria una jugada maestra. 

    Aquella noche Helena salió de su oficina sobre las nueve de la noche. No recordaba ningún otro día en el que sus obligaciones le hubiesen demandado tanto tiempo y que no pudiera postergar, a fuerza de ser sancionada. Extenuada del largo día de trabajo, se dirigió al parqueadero, casi arrastrando los pies de cansancio y con los ojos ardiéndole por el esfuerzo de mantenerlos abiertos, fue abordada por un sujeto del que no noto su presencia y tampoco escucho sus pasos, en uno de los pasillos más oscuros y solitarios del parqueadero. El hombre vestía traje negro y sombrero oscuro que le cubría gran parte del rostro. Sin poder resistirse ya que el sujeto la tomó desprevenida, sin siquiera darle tiempo de reaccionar o entender que estaba sucediendo, la agarró con fuerza de la cintura para que no pudiera escapar y a fuerza de pistola, cuyo cañón le clavaba en las costillas desde la parte interna del gaban que lo protegía del frio, la obligo a subirse a una furgoneta tipo panel que, a los pocos segundos, apareció y abrió sus puertas para permitir el ingreso.     

    Dentro, de inmediato le cubrieron los ojos, la amordazaron, amarraron las manos y los pies, y llevada a un lugar desconocido en completo silencio. Las lágrimas y la desesperación la empezaron a invadir, pues resulto ser cierto lo que le dijo William Cody en el sepelio de su padre, los enemigos estaban más cerca de lo que ella se imaginaba. Estaban al interior de su supuesta familia. Dentro del coche le pareció ver dos sujetos más: el que conducía, el que abrió la puerta y aquel que la obligo a subir ¿Qué haría ella sola, disminuida y desarmada ante tres asesinos armados y adiestrados? Helena, se sentida como un pajarito pequeñito e indefenso entre las garras de un águila que la lleva a un nido llena de aves rapaces que sin el menor esfuerzo la podían despedazar. 

    Dentro del vehículo nadie hablaba o hacía ruido. Tan solo se escuchaba el sonido del viento en la parte exterior y del motor del auto que no detenía su marcha. Era imposible calcular el tiempo exacto en esas condiciones, pero a Helena se le hacía que, por lo menos, llevaba metida ahí, más de treinta minutos. Andando sin saber a donde iba a parar o que ruta tomaron. Las lágrimas siguieron rodando por sus mejillas, empapando de apoco la mordaza de su boca, cuyo sabor se tornaba cada tanto más salado. Situación que le dificultaba aún más respirar.       

    Finalmente, luego de un interminable trayecto, se detuvo el auto, luego de recorrer un difícil e incomodo camino de herradura. Como un pajarito herido y disminuido, Helena fue llevada en hombros por una de las inmisericordes aves hasta un cuarto frio, húmedo y en apariencia oscuro, aunque no le quitaron, nunca la venda.

    Los segundos se hicieron minutos, y estos en horas. No tuvo que esforzarse mucho para saber toda la verdad, porque antes de morir, en manos de quien fugazmente se enamoró, se la terminaría contando. Tres estruendosas detonaciones rompieron la calma y el silencio se apodero del lugar… 

    ***

    Emperatriz Dela Watson, se encontraba encerrada en la mansión del difunto señor Watson, celebrando el último gran acto de su macabro plan para adueñarse de la fortuna Watson. El primero consistió en metérsele por los ojos y enamorar a John Watson, manipularlo, aislarlo de la familia y amigos, para que ella pudiera ejercer el poder sobre su voluntad y así, irse adueñando de su fortuna gradualmente. Pero resulto que el señor Watson, resulto ser más difícil de manipular de lo que pensó. No obstante, eso no impidió que modificara su plan. El problema con eso fue que, la legitima heredera la fortuna Watson, Helena, que tenía sobre el padre una fuerte influencia y una inquebrantable relación se interpuso en sus planes. 

    Para eliminar de raíz ese problema, Emperatriz D Watson, ideo un aterrador plan en el cual, su hombre de confianza, asesino a sueldo y criado de la familia Dupont: William Cody, un hombre joven y atractivo con un encanto natural para conquistar a cualquier mujer; y maldad y sangre sin precedentes, enamoraría a una atractiva y joven Helena, hasta llevarla a la perdición. Emperatriz sabia que de otra manera seria difícil llegarle a la desconfiada y segura Helena Watson, cuyas precauciones y vida social restringida, no la dejaban vulnerable. Pero de llegar a enamorarse de su criado y asesino de confianza, el que hiciera ese trabajo por años de ella y de la familia Dupont; luego de entrar en sus sabanas el siguiente paso a la tumba estaba dado. Con lo que nunca conto fue con que, el mismísimo Cody, aquel hombre que su familia y ella misma entrenaron por años para mancharse las manos y hacer el trabajo sucio, terminaría enamorándose de Helena. Algo que complico su plan.

    William Cody, era un asesino a sangre fría que desde niño fue criado por la familia Dupont. Una conocida y temida familia de mafiosos cuyos, años de apogeo y terror habían pasado en un época pasada, antes de la muerte del padre de Emperatriz y sus dos hermanos, que siguieron la senda del crimen, aunque con menores logros. Relegando la familia a una distinción menor en el mundo del crimen. William Cody, fue recogido por Frederick Dupont, a los escasos cinco años, luego de que la madre de esté, fuera violada y asesina por miembros de una pandilla rival. Con tan buena fortuna que el indefenso niño fue salvado por el patriarca y acogido en el seno de la familia mafiosa y criado como un miembro más.  

    Frederick Dupont a lo largo de la vida de William Cody le enseño todo cuanto debía saber un asesino profesional. Aprendiendo del mejor maestro y convirtiéndose en el mejor de sus alumnos, incluso por encima de los propios hijos de Dupont. Pero, seria Emperatriz Dela Dupont escasos años mayor que él, la que le enseñaría aquel encanto superficial con el que se presentaba al mundo, pese a ser un ser oscuro y sombrío, y aquel poder seductor que tanta fama le dio entre las mujeres.    

    No obstante, pese a ser criado como uno más, con la muerte de Frederick Dupont, caído en un tiroteo con la policía; William Cody fue relegado por los demás hijos y miembros de la familia Dupont, a ser un asesino más. Ante ese panorama tan poco claro, vino en auxilio Emperatriz, quien le propuso el negocio de la vida. Uno que, de concretarse, significaría un lucrativo retiró y la posibilidad de emprender una nueva vida, lejos de la autoridad de la familia Dupont. No era nada del otro mundo: enamorar a la heredera de la fortuna de la familia Watson y quitarla de en medio para que Emperatriz Dupont, luego de contraer nupcias con el poderoso industrial John Watson, se quedara con la fortuna familiar. Con lo que jamás conto fue con que, el sería en que, contra todo pronóstico, se terminaría enamorando de la bella, sensual y atractiva heredera. 

    Previendo esa situación la noche en la que William Cody, en medio de la fiesta de mascaras que se llevo a cabo en la mansión, en donde no fue capaz de asesinar a Helena; y al ver que la relación con su amante, John Watson se estaba desgastando y acabando en privado, manteniéndose como una fachada en público, Emperatriz Dela Dupont, adelanto la muerte de John Watson. Planeando hasta el más mínimo detalle y no dejando nada al azar, para que el crimen se efectuara sin dejar testigos. Fue así como planeo la cena romántica en el restaurante, cuya ubicación, frente a un edificio, daba un punto de tiro limpio y perfecto a un tirador experto como Cody. Como lo planeo, se ejecuto el plan, alejando cualquier sospecha sobre ella. Restaba únicamente dos cabos sueltos, Helena y el mismo Cody. 

    Para eso, Emperatriz Dela Dupont, ingenio un plan en el que con ayuda de tres de sus secuaces incluyendo a William Cody, secuestrarían a Helena, la matarían y la desaparecían para siempre. Por último, la muerte de Cody no representaría ningún problema, pues sus hermanos se encargarían de ello. Atrayendo al lobo a al puerta de la granja en donde el pastor lo estaría esperando.

    Todo se efectuó de acuerdo al plan, días después, Cody desaparecería a Helena del faz de la tierra. Mostrando como prueba, varias fotos de la mujer, atravesada en la nuca por un tiro de gracia y otra en una fosa desocupada del cementerio central, en donde los gusanos se tragarían su carne hasta desaparecerla para siempre.

    Todo marcho bien. La cuartada fue perfecta. Entre lágrimas Emperatriz, siempre dijo, mostrándose consternada que su hijastra Helena, había desaparecido y que esperaba su vuelta. Se mostro triste y desperada hasta que la máscara se empezó a desboronar antes sus ojos.   

    Con la muerte de Helena Watson, Emperatriz Dela Dupont, comenzó a adueñarse, una por una, las propiedades de la familia Watson. Para entonces, todo iba viento en popa. No obstante, todo cambiaria cuando el fiscal que llevaba la investigación del homicidio de John Watson y Helena Watson llamo a testificar a Emperatriz por su presunta participación en ambos delitos. De manera inesperada, a la autoridad, le llego al despacho una serie de cartas en las que se detallaba acciones y ordenes sospechosas en fechas cercanas a la ejecución de los crímenes. A eso se le sumaba, la firma de una serie de documentos legales que tenían por propósito que ella fuera reconocida con única sucesora y dueña de los vienes de la familia Watson, dando por muerta a Helena, aun cuando el cuerpo de la joven nunca apareció y no había evidencia alguna que corroborara su muerte. 

    Ante este inesperado traspiés, Emperatriz Dela Dupont, responsabilizo a William Cody quien, luego de ejecutar su orden de secuestrar y asesinar a Helena Watson, desapareció del faz de la tierra, sin dejar señales de vida. Seguramente, previendo el asesino que, después de consumado el crimen y su función en el macabro plan, él sería el siguiente en la lista de Emperatriz Dela Dupont. 

    Acorralada por las autoridades y con su cometido de adueñarse de las propiedades de la familia Watson empantanado y sin la posibilidad de consumar su apropiación por una orden judicial que dicto el fiscal del caso hasta tanto no se esclareciera la muerte y desaparición de los Watson; Emperatriz Dela Dupont cegada por la ira y llevada por los impulsos y la codicia que no la dejaban pensar con claridad. Llego al cementerio donde Cody había enterrado el cuerpo, con el fin de sacarlo de aquel lugar y depositarlo en un sitio más concurrido. Tenía planeado dejarlo en un lugar solitario y pagarle a alguien, preferiblemente, un vagabundo para que avisara a la policía sobre el hallazgo y así, poder destrabar la entrega de las propiedades de los Watson. En cuanto a William Cody, esperaba que fuera consciente de la acción y de las consecuencias que esta tenía, pues si lo encontraba lo haría sufrir tanto que desearía estar muerto. 

    La noche indicada llego. Era una noche fría, toldada y sin luna perfecta para hacer el cometido que llevo a Emperatriz Dela Dupont a ese sórdido lugar. La oscuridad y humedad de la noche le proporcionaba el cobijo suficiente y la lluvia le daba la tranquilidad de saber de qué nadie llegaría a fisgonear o a interrumpir su cometido guiada por las instrucciones que le dio Cody llego al lugar. 

    Luego de casi una hora de sufrimiento, en la que sus delicadas manos, quedaron expuestas y sometidas a un ultraje desconocido para ella Emperatriz Dela Dupont escucho el sonido hueco del ataúd. Al abrirlo descubrió que, en este no había nada. Solo los restos de lo que algún día fue un ser humano: el cráneo, las costillas y el fémur, casi hecho polvo de un difunto añejo. Pero de Helena Watson, ni señal. Al instante el crujir de la hojas y las ramas la alertaron, al volver la vista encontró un espectro desconocido que la saco de sus cabales y la hizo paralizar, la voz familiar la alerto de quien se trataba: 

    • Me buscabas -dijo Helena con voz apagada de ultratumba, como si estuviera volviendo de entre los muertos- He disfrutado mucho al verla cavar en esa tumba vacía. 
    • Pero… pero… como si tu estas… -respondió Emperatriz Dela Dupont con la voz quebrada-    
    • ¿Muerta? -Pregunto Helena sacando del gaban una pistola con silenciador- Lamento decirle que los muerto no disparan. 

    Al tiempo un sonido amortiguado se disperso en el aire. A menos de cinco metros era imposible que se oyera la detonación. Fue casi suspiro. Menos que la caída de una gota de agua en un manantial. La bala atravesó sin mayor oposición el costado de Emperatriz Dela Dupont causando en herida mortal y un escandaloso sangrado que mancho la tierra húmeda del cementerio, tiñéndolo casi del mismo color: 

    • Pero… Pero ¿cómo? -preguntó Emperatriz Dela Dupont con las fuerzas que le quedaban, mientras se le apagaba la voz- 

    De las sombras, junto a unas tumbas, surgió una figura masculina. No tuvo que agudizar la vista para reconocer que era William Cody que, desde allí la veía morir. Sus ojos felinos, brillaban más que nunca y su mueca siniestra se vio clara como la luna en las noches despejadas. 

    Emperatriz Dela Dupont no tuvo necesidad de preguntar más para deducir todo lo que ocurrió. William Cody, profundamente enamorado de Helena Watson, decidió traicionarla. No solo, no quiso o no pudo asesinar a Helena, también se confabulo con ella para tenderle esa emboscada, en la que cayo redonda, sin siquiera pensar en tal posibilidad. Claramente, Cody había asesinado a los otros dos sujetos, por lo mismo, estos nunca volvieron a ser vistos. Enceguecida por la codicia ella nunca depara atención en esa señal de alerta. 

    Luego de eso, Cody maquillo y fingió la muerte de su amada, tan bien, que ella no vio ningún error o falla que la hiciera sospechar. Finalmente, los dos amantes, se pusieron de acuerdo y planearon el acto final, en el que ella, perdió el juego. 

    Emperatriz Dela Dupont, cayo de rodillas, con la respiración agitada. Lentamente, sintió que la voz se le apagaba y que los ojos se le nublaban. Tan pesados como si tuviera un profundo cansancio que le demandaba un inmediato descanso. La brisa gélida que le quemaba el rostro dejo de sentirla hasta que, ya no sintió nada. 

    Al ver la agónica muerte de Emperatriz Dela Dupont, William Cody, sintió un alivio y una felicidad que nunca había sentido. Solo restaba consumar la muerte de los dos hijos restantes de Frederick Dupont para apropiarse de su imperio criminal, el que alguna vez fue y que William Cody pensaba a llevar a la nueva era del crimen organizado, con la ayuda de su amante Helena Watson. 

    Con galantería William Cody se acercó a Helena que, aún mantenía en su mano diestra el arma, y tomándola con firmeza de la cintura, la acerco para besarla. Al tiempo que lo hacía, dos detonaciones del arma contenidas por el silenciador, se disiparon con prontitud en el aire. Fueron dos susurros más, el sonido inaudible de dos gotas de agua cayendo a un estanque de agua cristalina que hicieron volver a la muerte de su descanso. Con la sangre cayendo a raudales de su abdomen y pecho William Cody sintió que las fuerzas lo abandonaban rápidamente y que los ojos se le cerraban, llevándose consigo la imagen de Helena, quizás la única mujer a la que amo: 

    • Esto es por mi padre –

    Diría Helena, enfocando entre la oscuridad los cuerpos sin vida de los responsables de la muerte de su padre. Con tal frialdad que asustaría a cualquiera dio la vuelta y se perdió en la oscura noche.  

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    Jorge Andrés Patiño Merchán

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