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    Portada » Propuesta de Montserrat Arellano
    SELECCIÓN REI

    Propuesta de Montserrat Arellano

    Montserrat ArellanoBy Montserrat Arellano8 de agosto de 2025Updated:8 de agosto de 2025No hay comentarios10 Mins Read
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    Cuando Helena entró en el salón, él ya estaba allí, oculto entre las sombras, preparado para hacer lo que debía…

    —¿Llevas mucho tiempo esperando? —La voz de la mujer atravesó el silencio de la habitación como un trueno.

    El hombre salió de su escondite y alzó el arma hasta que el cañón de la pistola quedó a la altura de su frente. Helena suspiró fastidiada. Tal vez en otras circunstancias habría sentido pena por la pobre alma que había sido enviada en una misión condenada al fracaso desde el principio. Sin embargo, ya no sentía interés por personas que seguían subestimando su poder.

    —¿Crees que una pistola creada por humanos servirá de algo?

    El hombre, un muchacho en realidad, parecía intentar mantener la calma, aunque el leve temblor de su brazo extendido revelaba su nerviosismo. Su rostro estaba cubierto por una máscara blanca de plástico, pero Helena alcanzaba a ver el brillo de sus ojos, cuya pupila se encontraba dilatada.

    —¿Necesitabas un poco de valor artificial? —se burló la mujer mientras se sentaba en el sofá. El cañón de la pistola la siguió—. Te haré una propuesta: puedes irte y fingiré que esto nunca pasó.

    El ruido de los disparos retumbó por todo el salón. Las cinco balas quedaron suspendidas en el espacio entre los dos. El hombre dejó escapar un chillido lastimero, como el de un cerdo a punto de ser ingresado en el matadero.

    2

    En el rostro de Helena no era posible percibir ningún cambio, aunque, en su interior, el corazón latía descontrolado.

    Si a algo le teme un monstruo, es a su dueño.

    —¿Quién es nuestro amigo?—preguntó Samael irónicamente. Su cuerpo se materializó detrás de la mujer y sus garras se apoyaron sobre sus hombros. La mujer intentó respirar a pesar del nudo en su garganta. Si él estaba ahí, eso significaba que quien había enviado a matarla no era un personaje común.

    Las cinco balas cayeron al suelo.

    El cuerpo de Samael se disolvió en una pesada nube de humo negro que viajó hasta el joven. Una vez ahí, el demonio volvió a tomar su forma humana. Su disfraz favorito, Helena pensó con odio, el que nunca falla al momento de engañar a sus enemigos. El joven se negaba a mirar el rostro del demonio, y mantenía su mirada fija en el suelo.

    —Te envió Almudena, ¿cierto?

    El ambiente de la habitación se tornó todavía más pesado ante la mención de la bruja.

    —¿Cómo te llamas? —preguntó Samael a la vez que ponía su dedo índice debajo de su barbilla y lo obligaba a alzar el rostro.

    —Tadeo.

    Helena sintió verdadera lástima por el joven. Tadeo, como el apóstol que tuvo que renunciar a un fragmento de su identidad para no ser confundido con el traidor. Tadeo, aquel de las causas difíciles.

    Samael pasó su lengua sobre sus labios, casi saboreando el festín que tenía enfrente.

    —¿Y qué te ofrecieron para aceptar el trabajo?—se burló— ¿Dinero? ¿Poder?

    —Es… un pago… el pago de una deuda.

    —Y solamente necesitabas deshacerte de mi aliada, ¿o me equivoco? Ante el silencio del joven, Samael le propinó una fuerte bofetada.

    La máscara cayó entre los dos.

    —No —su voz, antes temerosa, ahora tenía un nuevo tono—, únicamente tenía que hacerlo salir de su escondite.

    3

    Tadeo sacó un látigo escondido debajo de su gabardina y, con un movimiento rápido, atrapó la muñeca del demonio. Helena dio un salto hacia atrás y alzó su mano derecha, lista para conjurar un maleficio protector. Sin embargo, era bastante obvio que Tadeo no mentía y ella no era el objetivo. Simplemente, había sido la carnada.

    —Mi señora y todos nosotros estamos cansados de intentar una deuda que nunca se termina

    —dijo el joven entre dientes, casi gruñendo al pronunciar algunas palabras.

    El demonio profirió varias maldiciones, e intentó librarse del pedazo de cuero enroscado alrededor de su muñeca. Todos sus intentos fueron infructuosos. El material del látigo se negaba a romperse y de pronto parecía que Tadeo tenía una fuerza superior a la de Samael.

    Helena se acercó un poco más para apreciar mejor la escena. No, no era eso. No era que Tadeo fuera fuerte o el látigo indestructible, sino que algo en ese instrumento evitaba que Samael utilizara toda su fuerza.

    —Déjame ir, muchacho, y perdonaré tu deuda.

    —¿Ya me recuerdas? ¿Fue necesario llegar a esto para que lo hicieras? Samael soltó una carcajada que hizo temblar las ventanas de la habitación.

    —Maldito humano de mierda…

    —Ya no —Tadeo tiró un poco del látigo y Samael cayó de rodillas sobre las balas—. Hace mucho tiempo dejé de serlo. ¿Te gusta mi invento? Lo hice yo mismo, con ese conocimiento que me otorgaste hace un milenio.

    4

    Helena decidió que había desperdiciado suficiente tiempo en esa habitación. No tenía ningún tipo de interés en ayudar a su carcelero pero tampoco buscaba volverse el objetivo de alguien todavía más fuerte, más peligroso.

    —¿A dónde crees que vas, mocosa de mierda? —gritó Samael al verla abrir un portal con su mano derecha. De la punta de sus dedos parecían resbalar hilos de un color azul rey que, conforme caían, se iban entretejiendo hasta abrir un agujero en el suelo frente a sus tacones. Helena no se atrevió a volver su vista, sabiendo que nadie en esa habitación podía creer que no lo había escuchado. Tadeo chasqueó con la lengua.

    —Ni siquiera tus aliados te respalda. Patético.

    Eso le molestó. Helena alzó su brazo izquierdo y con su dedo índice apuntó a Tadeo. La televisión salió disparada y pasó volando a unos centímetros de la cara del chico.

    —Bueno, bueno. No era mi intención ofenderte —dijo Tadeo sin un rastro de miedo en su voz—. Si quieres irte, vete. Pero antes…

    Con su cabeza apuntó al librero de la esquina.

    —Mi señora te envía esta carta. Tómala y vete. No me interesa lo que hagas después.

    Helena ponderó sus opciones por un segundo. Samael seguía escupiendo insultos e intentando liberarse del látigo, pero todos sus intentos eran en vano. Tadeo ya ni siquiera la miraba; estaba demasiado entretenido viendo al demonio retorcerse frente a él.

    El portal a sus pies seguía abierto. Solo tenía que dar un paso.

    —Mierda.

    Nuevamente alzó su mano izquierda y movió el dedo medio e índice para hacer levitar la carta hasta ella. Al apretar su puño, el pedazo de papel se extendió frente a su rostro. El mensaje era corto y claro: No hay nada más fuerte que un esclavo que encuentra el valor para sublevarse. Aquel que consuma la sangre de su amo será liberado, pero la sangre solamente servirá para liberar a un alma. Vuelve con tus hermanas, quienes te siguen esperando con los brazos abiertos. – Maud

    5

    El flujo de magia se detuvo una vez que reconoció el nombre. Maud, su hermana menor, había sobrevivido y, si lo que decía la carta era real, eso significaba que Esther y Judith

    también estaban vivas. Y si lo que la carta decía era real, significaba que sus años de esclavitud estaban a punto de terminarse.

    Tadeo tiró del látigo haciendo al demonio dar dos pasos hacia adelante. ¿Conocía el contenido de la carta? ¿Sabía que la única forma de librarse de su esclavitud era por medio de la sangre del demonio?

    Cruzaron miradas. Algo le dijo a Helena que ese no era el caso. Él había dicho que Almudena, el nombre falso de su hermana, le ayudaría a liberarse pero, ella no tenía el poder de hacerlo. ¿O en cuanto Helena terminara con él automáticamente todas las almas bajo su poder se liberarían? No tenía idea, y eso la aterraba y a la vez la empujaba a intentar hacer lo que la carta le indicaba. ¡A la mierda la gente que había sido lo suficientemente estúpida para hacer un trato con Samael! Si existía una posibilidad de volver a ver a sus hermanas la tomaría, sin importar las consecuencias.

    Invocó una daga que se materializó en su mano y con pasos firmes caminó hasta Samael y Tadeo. El joven siguió sonriendo hasta el momento en que la daga cortó la garganta del demonio.

    —¿Estás loca?— gritó Tadeo.

    6

    El cuerpo de Samel cayó al suelo y comenzó a retorcerse mientras intentaba detener la pérdida de sangre con su única mano libre. Helena lo miraba con horror, pero estaba más concentrada en recolectar la sangre antes de que tocara el suelo.

    —¿Pero qué estás haciendo?— Tadeo intentaba comprender lo que sucedía pero Helena lo ignoró. La bruja intentó hacerla levitar y concentrarla en su palma, pero la sangre seguía su curso bajando por el cuerpo del demonio. Después intentó tomarla directamente con sus manos, pero el líquido las quemó.

    Tadeo soltó el látigo y corrió hasta donde se encontraba la carta. Helena miró a su alrededor buscando algún recipiente para recuperar la sangre, pero no encontró nada.

    —¡Maldita! —Tadeo la empujó con fuerza, haciéndola caer.

    Los gorgoteos de Samael acompañaban los jadeos de los dos brujos.

    Tadeo se arrodilló a un lado del cuerpo del demonio y aulló de dolor en cuanto su piel entró en contacto con la sangre.

    La sangre. La sangre salía roja de la herida pero se tornaba negra al tocar el suelo.

    La sangre, la llave de una libertad que hasta hace unos minutos les había parecido tan lejana. La sangre que empezaba a brotar con menos fuerza, que cada vez era menos.

    Helena seguía buscando con qué tomar la sangre.

    Tadeo se inclinó sobre el cuerpo y puso su boca directamente sobre la herida del demonio. El grito de Helena rompió los vidrios de la habitación.

    La sangre quemó la lengua, garganta y esófago de Tadeo. Tadeo, el de las causas pérdidas.

    Helena lo sujetó del cabello y lo obligó a alzar la cabeza. Sin perder un segundo pegó sus labios sobre los de él.

    Abre la boca, le ordenó telepáticamente.

    La sangre que aún no había logrado tragar pasó de una boca a otra.

    Samael finalmente dejó de moverse y se transformó por última vez, desapareciendo para siempre.

    7

    A medianoche, llegó al camposanto provisto de picos y palas. Después de cavar durante dos horas, el ataúd quedó a la vista. Cuando descerrajó la tapa descubrió que el cadáver había desaparecido.

    Tadeo intentó mantener la calma. El cuerpo de Helena, el cual había escondido al amanecer, no estaba. El joven acarició el látigo atado a su cinturón, nos estaba seguro si el encantamiento le había puesto serviría para inmovilizar a una bruja. ¿O el hecho de que había regresado de la muerte significaba que era otra cosa?

    A pesar de haber tomado un poco de la sangre del demonio, Helena había quedado inconsciente una vez que desapareció el cuerpo de Samael. Tadeo había asumido que había muerto con él. El siervo que muere con su amo, no era descabellado llegar a esa conclusión.

    Pero ahora el cuerpo no estaba y él… no estaba seguro qué hacer.

    Esa mañana había tenido una visión donde había visto a Helena junto con Almudena y el resto de las brujas observándolo desde la copa de los árboles del parque frente a su casa. Esa era la única razón por la que se había atrevido a regresar al camposanto. Necesitaba asegurarse que dicha visión sólo había sido producto de su imaginación.

    Sin embargo, ya no estaba tan seguro.

    —¿Llevas mucho tiempo esperando? —Detrás de la voz de Almudena se escuchó como un eco las voces de otras mujeres— ¿maldito traidor?

    Tadeo se volvió hacia donde había escuchado la voz y se encontró frente a frente con Helena. La mujer lucía diferente: pálida, vieja, pero igual sonreía.

    —Aquel que consuma la sangre de su amo será liberado —dijo sin mover los labios. Lo siguiente que sintió fue un dolor punzante en su cuello, justo sobre la yugular.

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    Montserrat Arellano

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