Escena 1
Cuando Helena entró en el salón, él ya estaba allí, oculto entre las sombras, preparado para hacer lo que debía…
Ella, ajena a su presencia, dejó el bolso en la mesa y colgó la chaqueta en el respaldo de una silla. Sin encender la luz, fue a la cocina, abrió la nevera y llenó un vaso de agua. Estaba muerta de sed. La caravana de coches en la autopista había sido más densa que otros días, y, solo al llegar a casa, se dio cuenta que el cansancio había hecho mella en ella.
Se recostó en el sofá unos minutos antes de preparar la cena. Pablo no tardaría en llegar y le gustaba cenar temprano. Una tarea más de las muchas que ya tenía y que contribuía al estrés que padecía desde hacía algún tiempo.
Con los párpados semicerrados, haciendo verdaderos esfuerzos para no dormirse, empezó a elaborar el menú repasando mentalmente lo que había en la nevera. Debía decidir si preparar una ensalada y una tortilla de champiñones, o descongelar un puré de verduras y pollo a la plancha. El agotamiento decidió por ella. Optó por lo segundo que le resultaría menos laborioso. Suspiró profundamente y se desperezó aflojando la tensión acumulada. Al instante notó cierto alivio. Se incorporó lentamente y fue entonces cuando lo vio, al fondo del salón, en la más absoluta penumbra, observándola en silencio.
— Helena, tenemos que hablar…
Escena 2
Helena se sobresaltó al verlo, creía que estaba sola, no había reparado en su presencia al llegar a casa. Una sensación desagradable, como una premonición de que algo malo estaba a punto de pasar la invadió.
—Pablo! —No te había visto, ¿qué haces a oscuras? ¿Estas bien?
—No, tengo que decirte algo y no sé cómo empezar.
Se acercó lentamente a Helena, con las manos en los bolsillos.
—estoy atrapado en una historia de la que intento salir sin éxito, lo siento mucho Helena, no era mi intención hacerte daño, se me ha ido de las manos, lo he intentado todo, pero ella no me deja en paz.
—¡¡Que estas intentando decirme Pablo, no acabo de entenderte!!
Pablo tomó a Helena de las manos y la llevó hacia el sofá
—Siéntate Helena, quiero explicártelo todo.
Se sentó a su lado y se tomó unos segundos antes de empezar a hablar
—Lamento muchísimo todo esto, no me explico como he sido tan tonto, he caído como un colegial adolescente en una pasión devastadora.
Pablo, mientras hablaba, tenía la cabeza entre las manos y el cuerpo inclinado hacia adelante. Era la viva imagen de la desesperación y el desconsuelo.
—No quiero perderte Helena, pero debo ser sincero contigo. Al principio solo fue un tonteo sin importancia, una dosis de autoestima para mi ego, ya sabes lo infantiles que podemos ser los hombres…….
Helena lo escuchaba atónita. No daba crédito a las palabras de Pablo. Tan solo hacía tres años que se habían casado y creía que estaban enamorados. Nunca, en todo ese tiempo, tuvo la más mínima sospecha, le costaba asimilar las palabras de Pablo.
—Quien es ella? Preguntó
—Es Rosa, la pasante del despacho. Quiere que me divorcie y vivamos juntos. Yo nunca le he prometido nada, ni nunca le hablé al respecto de ello. Siempre fui sincero, pero ella tiene otros planes y hoy me ha amenazado con venir aquí y enfrentarnos para conseguir su propósito. Tengo miedo Helena. Es una persona peligrosa, me está acosando. He sabido por un compañero que no soy el primero que cae en sus redes, ha habido más víctimas antes que yo. No me perdonaré nunca lo estúpido que he sido.
Escena 3
Durante unos segundos reinó el silencio entre ellos, ni siquiera se atrevían a mirarse a la cara. Su mundo acababa de derrumbarse por completo. Helena, herida en sus sentimientos, bañada en llanto, intentaba procesar las palabras de Pablo.
El, avergonzado, parecía un muñeco desinflado hundido en el sofá.
El sonido del timbre de la puerta les hizo reaccionar. Pablo se levantó como impelido por un resorte,
—Es ella! ¡Dios mío, ha cumplido su promesa!
Helena, presa del pánico, no era capaz de reaccionar. En su interior libraba una batalla de emociones encontradas: celos, rabia, impotencia, furia ciega…
El timbre, con un ruido ensordecedor, seguía sonando con insistencia.
Pablo, plantado en mitad del salón miraba a Helena pidiéndole ayuda con semblante desencajado.
—Pablo, soy Rosa, sé que estás en casa, abre la puerta, he venido a hablar con tu mujer, tengo algo que enseñarle.
La reacción de Helena al oír esas palabras fue inmediata. Se levantó y caminó lentamente hacia la puerta. Pasó al lado de Pablo sin ni siquiera mirarlo. Plantada delante de la puerta, inspiró un par de veces para tranquilizarse. Abrió manteniendo la calma y se hizo a un lado
—Eres Helena? Preguntó Rosa, entrando como una exhalación y plantándose en el salón de dos zancadas
Helena la siguió en silencio. Pablo seguía en el mismo sitio, sin poder reaccionar
—Supongo que tu marido te habrá contado una sarta de mentiras sobre mí, imagino que te habrá dicho que lo acoso, que estoy loca y mil cosas más para justificarse. Nada de eso es cierto y aquí tengo la prueba que lo confirma
Mientras hablaba, Rosa había sacado del bolso un smartphone que le tendió a Helena
—Puedes escucharlo tú misma, oirás todas las promesas que me hizo, lo infeliz que era y su intención de divorciarse de ti.
Escena 4
Helena los miraba sin acabar de creer lo que estaba oyendo. Creía estar sufriendo una pesadilla. Rosa seguía hablando sin parar
—Él no lo sabe, pero yo gravaba nuestras conversaciones íntimas. Sospechaba que no era sincero del todo. Su actitud, a veces me parecía sospechosa. Nunca me hablaba bien de ti y llegué a plantearme si me estaba mintiendo. Sé que algunos hombres necesitan hacerse las víctimas para dar pena.
Pablo, de un salto, le arrebató el teléfono a Rosa, mientras la empujaba con fuerza hacia la puerta de salida
—¡Te dije que era peligrosa! gritó Pablo histérico mirando a Helena con los ojos fuera de las órbitas —no la escuches, quiere destruir nuestro matrimonio!
La cara de Helena era todo un poema. Por más que lo intentaba, no conseguía articular una palabra. Quería que se callaran, no quería seguir oyendo ese terrible relato. Sentía que le faltan las fuerzas. Empezó a temblar, y los ojos se le llenaron de lágrimas
—¡Porqué me hacéis esto, no entiendo nada! Consiguió decir con un hilo de voz
Pablo, agarrando el brazo de Rosa para alejarla de Helena, no tuvo ocasión de contestar, el timbre de la puerta le interrumpió.
Rosa de un tirón, logró soltarse de Pablo y abrió la puerta.
—Buenas noches, soy la vecina de al lado, ¿está Helena? Esta tarde ha venido un mensajero a entregar un sobre para ella y como no había nadie en casa, lo he cogido yo. Vengo a dárselo. ¿Puedo pasar? Creo que es una carta.
Helena se acercó a su vecina y cogió el sobre que ésta le tendía
—Gracias María, eres muy amable.
—De nada! Ya sabes que estoy para lo que necesitéis. ¡Buenas noches!
Rosa seguía sujetando la puerta que cerró al salir la vecina.
María, mientras se dirigía a su casa, pensaba desconcertada que allí ocurría algo, estaba segura.
Escena 5
Helena, como un autómata, rasgó el sobre y abrió la carta. Necesitaba descansar la mente por un instante, evadirse para no pensar.
En el remite figuraba un país, Argentina y un nombre: Agustín Ferrer Sabater. Helena empezó a leer sin prisa.
Rosa y Pablo la miraban expectantes, esperando que Helena les prestara atención.
—Querida Helena, te imagino sorprendida sin comprender quien soy y porqué te escribo. Llevo tiempo buscándote y no ha sido fácil conseguir dar contigo. Han sido años de búsqueda e incertidumbre, de visitas a la embajada, de detectives privados…nadie nos daba ninguna pista sobre tu paradero, hasta que, por fin, hará cosa de quince días, el último detective que contraté con ese fin, consiguió tirar de un hilo que nos ha llevado hasta ti.
—Helena soy tu padre.
Helena dejó escapar un grito y perdió el conocimiento.
Pablo corrió hacia ella al verla tendida en el suelo,
—Helena, ¡Helena, que te pasa, contéstame!
Rosa, al otro lado del salón, se retorcía las manos, nerviosa.
Helena poco a poco fue volviendo en sí. Se incorporó con la ayuda de Pablo y se sentó en una silla.
—Déjame! ¡Estoy bien! Le gritó a Pablo. Siguió leyendo llena de curiosidad,
Tu madre y yo emigramos a Argentina buscando un futuro mejor. Tú, eras muy pequeña, y te dejamos con tu abuela materna. Eras un bebé. Nuestra intención era volver para que estuvieras con nosotros, pero, dos años después, tu abuela murió y, al no tener más familia, alguien debió hacerse cargo de ti, pero nunca pudimos saber quiénes fueron esas personas. Pareció que se te hubiera tragado la tierra.
Cinco años después, tu madre murió de pena. Desde entonces no he parado de buscarte.
Por fin, el detective descubrió que los tíos de tu marido Pablo fueron quienes te adoptaron, alegando falsamente, que eras huérfana. Vivían muy cerca de tu abuela y, la hermana de tu suegro, quería una niña. Ella no podía tener hijos y te ocultaron nuestra existencia.
Helena sintió como una rabia sorda se iba apoderando de ella. Miró a Pablo y se lanzó hacia él, con tanta fuerza, que lo derribó de un golpe y cayó al suelo. Ni ella, ni Rosa, vieron cómo, al caer, Pablo se golpeó la cabeza con el borde de la mesa de mármol, muriendo en el acto. No fueron conscientes hasta que vieron cómo se iba formando un charco de sangre, que se hacía más y más grande por momentos.
Escena 6
A ver la sangre, Rosa corrió hacia Pablo y gritó pálida como una muerta —qué has hecho, ¡lo has matado! ¡Está muerto!
Helena se había quedado inmóvil, con los brazos colgando a los costados del cuerpo, sosteniendo la carta, que ya no era más que un trozo de papel arrugado en una de sus manos.
Ya era plena noche. Hacía rato que las farolas de la calle se habían encendido.
Helena, lentamente se dirigió al sofá y se dejó caer en él, apoyando la cabeza en el respaldo y cerró los ojos.
Rosa, todavía arrodillada al lado de Pablo, vio su teléfono en el suelo, debió caérsele a Pablo cuando Helena lo empujó. Sin pensarlo, marco el número de emergencia y empezó a hablar de manera inconexa.
Helena, en el sofá, sostenía en sus manos la única joya que nunca se quitaba del cuello, que la acompañaba desde que tenía uso de razón: su medalla.
La carta que acababa de leer iba acompañada de una fotografía con la imagen de dos personas adultas y un bebé, y éste, en su abriguito rosa, tenía prendida en una solapa la misma medalla que ella tenía en sus manos.
Helena, sentada en su celda, esperaba la llegada del funcionario que la llevaría al juzgado para conocer su sentencia.
Habían pasado tres años desde aquel horrible día en el que su vida cambió por completo. Con el testimonio de Rosa, que no escatimó en detalles, ingresó en prisión provisional mientras se celebraba el juicio.
—Póngase en pie la acusada! Oyó decir al juez
—Después de haber escuchado a todas las partes, el jurado ha considerado que el hecho ocurrido fue un homicidio involuntario, por lo que, yo, el juez, dicto su puesta en libertad inmediata, visto el tiempo transcurrido desde su ingreso en prisión.
Helena caminaba sin prisa. Le resultaba extraño cruzarse con otras personas. Llevaba mucho tiempo en prisión y no asimilaba sentirse libre, pero sabía hacia donde debía dirigirse, era lo primero que se había prometido hacer.
Cuando llegó al cementerio, se sintió nerviosa. Tenía prisa por encontrarla. Era como una tarea pendiente largo tiempo aplazada. Buscaba una tumba y un nombre: Josefa Sánchez expósito, su abuela.
Escena 7
A medianoche, llegó al camposanto provisto de picos y palas. Después de cavar durante dos horas, el ataúd quedó a la vista. Cuando descerrajó la tapa descubrió que el cadáver había desaparecido.
No podía ser verdad, allí debería estar el cuerpo de Josefa Sánchez, pero el ataúd estaba vacío. Sintió como un escalofrío recorría todo su cuerpo. Estaban perdidos sin remedio. Su esposa y él, habían construido una historia basada en mentiras para justificar la adopción de Helena. Los únicos que sabían la verdad eran su hermano y su cuñada y ellos guardaron el secreto, ni siquiera su sobrino Pablo conocía la verdad.
Cerró el ataúd a toda prisa y volvió a tapar la tumba con la tierra removida. A grandes zancadas abandonó el cementerio, tropezando y cayendo invadido por el pánico.
En el coche, lo esperaba su esposa impaciente,
—¿Dónde la has dejado, ¿dónde está? Le preguntó fuera de sí al verlo aparecer sin el cadáver,
—No había nadie, el ataúd esta estaba vacío, alguien se la ha llevado. ¡Qué vamos a hacer, si se descubre la verdad iremos a la cárcel, nos acusaran de secuestro!
Desconcertados ante la evidencia, se miraron aterrados.
Ellos no podían saber que Helena había mantenido una comunicación constante con su padre, que viajó desde Argentina, para estar cerca de ella y visitarla en la cárcel con frecuencia.
En esas visitas habían ideado un plan: hacer pagar a sus padres adoptivos y a sus cómplices el engaño y la mentira sobre ella, y de ese modo, visita tras visita, fueron ideando un plan para conseguir su propósito.
Recuperarían el cuerpo de su abuela para conseguir el ADN y demostrar, a través del resultado, su vínculo genético. Le darían nueva sepultura en el cementerio familiar y, posteriormente, denunciarían el caso ante la justicia, aportando las pruebas recabadas.
A pesar del tiempo transcurrido, al fin se haría justicia, pensó Helena.

