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Cuando Helena entró en el salón, él ya estaba allí oculto entre las sombras, preparado para hacer lo que debía.
Los dos sabían lo que venía a continuación… apenas el sonido de las llaves girando en la cerradura de la puerta principal anunciará su llegada, él saldría de su escondite, al tiempo que prendía las luces, dejándola ver el hermoso arreglo de orquídeas que año tras año la esperaban en la mesa junto con su torta de cumpleaños y una delicada pieza de joyería; y ella fingiría sorpresa, lo premiaría con un gran beso y todo el amor que pudiera transmitirle a través de sus ojos.
Pero en esta ocasión todo pasaría de una forma que ninguno de los dos había imaginado.
Carmen Saravia
Día 1
Cuando las luces se prendieron una carcajada rompió el silencio de la noche.
Los ojos desmesuradamente abiertos de ella no daban crédito a lo que veían y el rostro aterrorizado de él estaba irreconocible sin atinar siquiera a moverse con el revólver pegado a su sien.
Héctor! Estás loco? Por favor no lo hagas!
Sorpresa querida! Qué, no te alegra que me haya acordado de tu cumpleaños número 30? Lo recordé cada uno de estos 6 años que estuve en la cárcel, mientras tú vivías muy feliz al lado de este mequetrefe! Hoy cumplirán la promesa que hicieron «hasta que la muerte los separe» Ja,ja,ja!!!
Día 2
Raquel no podía creer lo que ocurría! Acaso estaba alucinando? Los ojos inyectados de rojo de Héctor rebasaban satisfacción y venganza. Con una mano sostenía el revólver con firmeza en la cabeza de su esposo, y con la otra señalaba una casaca azul con el emblema de una entidad financiera.
Ella la reconoció inmediatamente. Las lágrimas brotaron a raudales, como cuando los payasos en el circo activan la bombilla que los hace disparar agua al público. Su esposo no merecía saber la verdad y si Héctor apretaba el gatillo, nunca la sabría. Por un momento pensó que tal vez fuera lo mejor…
Carmen Saravia
Día 3
«Veo que reconoces tu antiguo uniforme del Banco donde eras supervisora de cuentas y teniendo acceso a ellas me recomendaste asaltar a uno de sus mejores clientes, que es el infeliz que no entiende nada hasta ahora. Me traicionaste, maldita perra!
No fue así! No cometas una locura! Te lo ruego por nuestro hijo!
Nuestro hijo?
Así es. El niño que duerme en el piso de arriba es tuyo. Si revisaste mi casaca seguro habrás encontrado un sobre con mi prueba de embarazo positiva. Fue el día que te encarcelaron.
Héctor titubeó, se distrajo y Jorge aprovechó el momento para darle un golpe y despojarlo del arma.
Día 4
Un disparo ahogó el grito de Raquel mientras Héctor se desplomaba como en cámara lenta al mismo tiempo que su cabeza caía a un costado de la torta, haciendo con su sangre una decoración macabra.
El revólver cayó de las manos de Fernando y el silencio absoluto invadió el lujoso salón.
Los dos permanecieron inmóviles como dos figuras de cera sin atinar a pronunciar palabra. Luego de lo vivido nada sería igual nunca más.
Carmen Saravia
Día 5
Quién daría el primer paso? Acaso Fernando? En un minuto se había convertido en el asesino del padre del niño que él amaba con todo su ser. Raquel? No sabía qué le dolía más, si la muerte del que fue su amor y cómplice o el haber sido descubierta.
Conteniendo las lágrimas se quitó el aro de matrimonio y en un acto lleno de culpa se lo entregó a Fernando.
«Solo quiero decirte que en todos estos años tu bondad y entereza me rescataron de un pasado oscuro y aprendí a amarte de verdad. Después de esta noche estoy segura que no volverás a confiar en mí y además me culparás por haberte convertido en un homicida.
Será mejor que nos separemos».
Carmen Saravia
Escena final Día 6
A medianoche llegó al camposanto provisto pe picos y palas. Después de cavar durante dos horas, el ataúd quedó a la vista. Cuando descerrajó la tapa, descubrió que el cadáver había desaparecido.
La sorpresa de Fernando rayaba en la locura! Volvió a repasar lo sucedido paso a paso para tratar de entenderlo.
La noche del crimen, a pesar de que todo apuntaba a un homicidio en defensa propia, decidieron no llamar a la policía y deshacerse del cadáver. Ambos lo llevaron a una parte no construida aún, sabiendo que era solo temporal hasta conseguir un sitio más seguro.
Y ahora, el muerto no estaba…
El frio de la noche calaba sus huesos pero estaba sudando copiosamente. Con más furia que fuerza destrozó el ataúd como queriendo cerciorarse que no había nada en su interior, luego se marchó sin rumbo y sin pausa, quién sabe a qué destino. Se sentía exhausto. Su piel pegajosa despedía un hedor nauseabundo aún para él mismo.
Nada le importaba ya. Regresaría a su casa y que pase lo que tenga que pasar…
Carmen Saravia

