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    Portada » Propuesta de Carmen Espada Jarque
    SELECCIÓN REI

    Propuesta de Carmen Espada Jarque

    Carmen Espada JarqueBy Carmen Espada Jarque8 de agosto de 2025Updated:8 de agosto de 2025No hay comentarios8 Mins Read
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    Cuando Helena entró en el salón, él ya estaba allí, oculto entre las sombras, preparado para hacer lo que debía. Se había preparado un vaso con whisky, sin hielo, a palo seco. Se podría decir que para infundirse valor.

    A ella no le sorprendió su presencia, casi lo esperaba, casi sintió alivio. El nudo tenía que deshacerse, no sabía que aquello solo era el principio de un lío todavía mayor.

    Helena conocía la profesión de Juan, era de la policía, detective, ¡Qué casualidad!. Al principio pensó que podría resultar beneficioso, sería una fuente de información. Lo que no esperaba era enamorarse de él. Se conocieron en un restaurante,  ella cena de negocios. Él estaba con amigos, que eran su familia, su única familia. Solo necesitaron que sus miradas se cruzarán y Juan ya se había enamorado. A ella le costó un poco más.

    Ahora estaban allí, parados el uno frente al otro, sin saber por dónde empezar él esperando a que ella empezara con excusas. Ella sin saber que explicaciones  o excusas podría dar.

    Fue él quien se decidió. Sacó las esposas de su bolsillo y con toda la sangre fría que pudo, intentando reprimir las lágrimas, le informó de sus derechos y lo que iba a hacer a continuación. Detenerla. 

    Ninguno de los dos hombres se había dado cuenta del bolso de Helena, con su forma un poco extraña . Ella no lo había dejado en ningún momento. Tuvieron  que meterse los tres en el coche, los asientos delanteros eran espaciosos y cómodos, fue Juan quien ocupó el pequeño cubículo trasero.

    El tercero en discordia y conductor fue directo al grano:

     __ Mi padre busca lo que llevas en el bolso. Se lo tienes que devolver y decirle por qué lo robaste. 

    Juan no se lo podía creer, esa mujer era tan extraordinaria como cleptómana. Se preguntaba qué podría ser, la forma que había tomado el bolso era muy rara. Y parecía que ninguno de los hombres sabía qué era. Solo ella y el padre del conductor.

    Helena seguía sin abrir la boca, solo había una sonrisa sarcástica en su rostro. 

    Casi habían llegado a su destino cuando dijo algo que sorprendió tanto al policía como al secuestrador.

    __ Esto no puede dejarse en manos de alguien como tú padre, no tiene ni idea de arqueología, ni de historia, ni de lo que significa este objeto, solo quiere el dinero que le han ofrecido. Si yo lo entrego a las autoridades puedo sacar un beneficio muy interesante para mí. 

    __ Sabes que va más allá de un objeto arqueológico, a mí padre le interesa lo que esconde ese trasto. 

    En la cabeza de Juan se estaban uniendo algunos cabos, recordaba lo que Helena le contaba a gotas, lo que no lograba ver es que era el secreto que se escondía en esa cosa.

    Hacía algunos días Juan había recibido una carta, sin remitente, y sin matasellos. La estuvo releyendo unas cuantas veces.

      En ella alguien, explicaba que había cometido un error, y en consecuencia una persona sufrió lo indecible.

      Había sido enfermera en un gran hospital, ahora ya no lo era, la culpa le impedía seguir en su trabajo. Se había equivocado con la medicación de una paciente ingresada, estaba embarazada. Le sobrevino un coma y tuvieron que practicarle una cesárea para salvar el bebé. La mujer falleció. Nadie se había presentado como familiar, y el bebé pasó a formar parte del sistema de niños abandonados. Había investigado por su cuenta sobre el paradero de la niña. Lo que averiguó le hizo sentirse un poco mejor. Había sido adoptada por una familia muy bien situada.

    Pero ahora, después de muchos años le había llegado la noticia de que aquellos que en su día se presentaron como una familia bien avenida y bien situada, eran un fraude. Solo querían hacerse con bebes para luego hacerlos desaparecer. Y eso no era nada bueno.

    Le rogaba que investigará ese asunto. Le daba toda la información de la que disponía, relativa a los primeros meses de vida de aquella niña. 

    Le suplicaba que no dejase de buscar y que ella estaba dispuesta a pagar las consecuencias de aquel error que tanto dolor le había causado a ella misma y a la pequeña.

    Era una noche lluviosa, a pesar de la hora y la humedad no hacía frío. Juan notaba como el sudor bajaba por su espalda, no esperaba nada bueno de aquella reunión. Dejó el coche en el primer sitio que vio, no se preocupó por aparcarlo. 

    Había conseguido  hacerse pasar por un comprador de armas. Sabía que no era  su negocio en exclusiva, se dedicaba a todo lo ilegal imaginable. Quería saber qué organización era, hasta dónde llegaban sus ramas. Llevaba mucho tiempo detrás de ella, solo conocía un poco.

    Llegaron dos vehículos grandes, bajaron unos cuantos matones e hicieron lo típico, mirar a su alrededor, como si no lo hubieran hecho antes de llegar, y también quisieron registrarle. Para que no lo hicieran les enseñó la placa, lo que les hizo dar unos pasos hacia atrás. Con mucha sangre fría, les dijo:

    __ ¿Qué esperabais, que iba a tener tantas armas si no fuera de la policía?. Ya sabéis que no pagan muy bien, tengo que sacar un sobresueldo como sea. __ Con media sonrisa les guiñó un ojo.

    Esa sonrisa se le quedó petrificada cuando vio salir del coche al jefe. El cual sin mediar palabra sacó su pistola y disparó un tiro certero.

    Juan se desvaneció sobre  un charco de su propia sangre.

    En el decrépito palacio, antaño esplendoroso por sus grandes y lujosos salones, se ocultaba un secreto, por llamarlo de alguna manera, pues ya se había convertido en una historia que todos conocían.

    Tuvo que entrar en la noche y conseguir que nadie la viera, después de todo no dejaba de ser un allanamiento, aunque no se supiese quiénes eran los dueños. No era una noche fría, si oscura, sin luna ni estrellas. Demasiado oscuridad, no conseguiría ver nada y tendría que usar la linterna. Eso suponía dar a conocer que había un intruso.

    Se contaban historias de fantasmas, el lugar era propicio para esos entes. Al entrar lo peor no fue su sugestión sino el olor y los ruidos de la madera vieja, húmeda y con diversa fauna. En especial fue ese olor amargo, desagradable, metálico. Tenía que centrarse en aquel extraño objeto  En realidad es una caja muy extraña, muy bonita y extraordinariamente cara, fabricada para contener el globo terráqueo de Da Vinci. La quiere un coleccionista muy excéntrico y muy rico. Le llevo mucho tiempo y esfuerzo la investigación, ahora estaba a punto de conseguirlo pero aquella casona casi derruida no le daba buenas vibraciones.

    La oscuridad casi total, excepto el aro de luz de su linterna limitaba mucho el espacio, solo podía ver por dónde pisaba. Parecía que estaba entrando en una cueva muy profunda, y con muy mal olor. Un olor que se impregnaba en su piel y en su ropa. No tenía mucho sentido, el tejado estaba muy deteriorado, tenía grandes agujeros, por lo que había ventilación. Algo pasaba en aquel lugar, su piel se estaba erizando a cada paso que daba.

    A media noche, llegó al camposanto provista de picos y palas. Después de cavar durante dos horas, el ataúd quedó a la vista. Cuando descerrajó la tapa descubrió que el cadáver había desaparecido 

    Era todo tan extraño, ¿dónde estaba el cuerpo de Juan?, ¿Por qué se lo habían llevado?, ¿Estaba realmente muerto?. Demasiadas preguntas y ninguna respuesta.

    Aplicó el haz de luz de la linterna buscando algo que le proporcionará una pista o una idea sobre lo ocurrido. Lo único que pudo ver fue un desgarro en la tela que cubría el interior del ataúd. Metió el dedo en el agujero y tiró de él, allí había una palanca, tiro de ella y se produjo un chasquido que descubrió el mecanismo, se abría el ataúd desde dentro. Solo podía significar una cosa. El difunto no estaba muerto, una sonrisa se dibujó en su rostro.

    De pronto se escuchó el sonido de unas pisadas, salio de la fosa y se dio de bruces con Juan. En su rostro se reflejaba una frialdad que hizo estremecer a Helena. Se fijó en lo que llevaba en la mano, era una pistola y le estaba apuntando a ella. De pronto una lágrima rodó por la mejilla de Juan, y disparó.

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    Carmen Espada Jarque

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