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    Portada » Eternamente agradecida
    SELECCIÓN REI

    Eternamente agradecida

    Rosa HontoriaBy Rosa Hontoria8 de agosto de 2025Updated:8 de agosto de 2025No hay comentarios11 Mins Read
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    Cuando Helena entró en el salón, él ya estaba allí, oculto entre las sombras, preparado para hacer
    lo que debía, aunque nadie advirtiera su presencia.

    El salón estaba lleno de fanáticos de la estética romántica y gótica llegados por bus desde Bucarest.
    La cena, tipo cóctel, comenzaba a las doce en punto. Helena se retrasaba diez minutos. La estancia
    estaba bien caracterizada: largas cortinas de terciopelo rojo cubrían los grandes ventanales,
    candelabros como arañas pendían del techo con sus velas encendidas, los muebles eran antiguos
    y oscuros. El suelo estaba en parte cubierto por alfombras persas, raídas en los bordes, pero aún
    suntuosas.

    La gente conversaba y se movía de mesa en mesa cogiendo, según ponía en la carta, canapés que
    estaban de muerte y chupitos de sangre. Los canapés habían sido elaborados con productos de la
    zona, pero simulaban ataúdes, murciélagos, colmillos. Los chupitos de sangre no eran otra cosa
    que vino tinto peleón de alta graduación.

    Alex entró. Solo, vestido con unos vaqueros, una camiseta y una americana arrugada, miraba a su
    alrededor con cara de pocos amigos. Vladislav, desde su escondite, se retorció de rabia al verle.

    Al otro lado del salón, una chica morena, muy pálida y vestida toda de negro, estaba sola. Alex no
    se lo pensó y fue hacia ella.
    —No es la primera vez que hago esta visita guiada a Bran. Te advierto de que debes tener cuidado
    —le dijo Alex.
    —¿Y tú quién eres? —contestó Helena.
    —Eso es lo que menos debe importarte. Pero si te interesa, soy Alex.
    —¿Y qué te pasa, Alex? Todavía no han servido el licor ese que promete cambiar nuestras
    percepciones ¿Cómo se llama?… cerebro.
    —Tú no lo entiendes. La primera vez que vine, fue con Martina, mi novia, y aquí desapareció. Yo no
    creo en los vampiros, pero a Martina le encantaba pensar que sí existían. Le gustaba todo este rollo,
    decía que era muy romántico. Yo no estoy seguro de que el hijo de puta que la atacó fuera un
    vampiro, pero por si acaso siempre que vengo traigo esto conmigo.

    Se abrió la americana, e igual que la policía lleva una funda de cuero para la pistola, Alex llevaba
    una funda más larga y estrecha. Abrió el corchete de la funda y le enseñó a Helena una estaca de
    madera.
    —Helena miró la estaca y después a Alex. ¿Tú no estás bien, verdad, tío? ¿O es que formas parte
    del espectáculo?
    —Claro que estoy bien. Y no formo parte de esta farsa. A lo mejor, más adelante, me agradeces que
    te salve la vida. Ya son más de las doce, estamos aislados en un castillo y como ves, la mayoría de
    la gente ya está borracha. Somos corderos a expensas de las apetencias de un lobo.

    Helena lo miró con incredulidad.

    —No te crees nada de lo que te estoy contando, ¿verdad? No importa, estoy acostumbrado.
    —¿Por qué no te tomas algo y te relajas? Creo que te vendría bien —dijo Helena.
    —Ya te he dicho por lo que estoy aquí, no voy a probar ni una gota de la mierda que dan aquí. Estoy
    seguro de que le echan algo. Quizás éxtasis líquido. Te aconsejo que no bebas nada más, te vayas
    a tu habitación, cierres la puerta con llave y no bajes hasta cinco minutos antes de que salga el
    autobús mañana por la mañana.

    Un hombre disfrazado de mayordomo se acercó a Alex. Estaba cojo y le sonaba la pierna ortopédica
    cuando andaba. Llevaba un sobre encima de una bandeja de plata. Acercó la bandeja a Alex y le
    hizo el ademán de que debía cogerla.

    Alex abrió el sobre y leyó el papel en voz alta:


    Si te gusta desafiar
    al ratón y al gato jugarás


    Pero mucho arriesgarás
    y no tendrás un buen final


    Alex miró a su alrededor a ver si alguien estaba esperando su reacción, pero no vio a nadie
    sospechoso. La carta fue la gota que colmó el vaso. Helena, segura de que todo formaba parte del
    espectáculo, intentó deshacerse de Alex y vivir la experiencia con el resto de los clientes, y no con
    un actor pagado.

    Eran las dos de la madrugada y la cena entraba en la recta final. Los canapés dieron paso a los
    cerebros. Comenzó a sonar Toccata y Fuga en Re menor de Johann Sebastian Bach y numerosas
    camareras caracterizadas de vampiras entraron, todas a la vez, con bandejas llenas de los famosos
    cerebros.

    La gente, la mayoría jóvenes, empezó a aplaudir y a vitorear. Las vampiras paseaban con las
    bandejas, e invitaban a tomarlos con una insistencia que rayaba la coacción. El licor se servía en
    recipientes de ciento cuarenta centilitros, que, simulaban cerebros humanos. Estaban hechos a
    base de abundante vodka, jugo de lima, granadina y crema irlandesa que se echaba al final para
    que se cortara y así dar la sensación de estar succionando cerebros.

    A estas alturas, la gente ya estaba desinhibida. Se imbuían de la atmosfera del castillo y empezaban
    a curiosear los otros salones, los jardines… Todo les parecía fascinante.

    Alex había perdido de vista a Helena. Intranquilo salió del salón. Fue hacia los aseos y entró en el
    de las chicas. Nada, allí no había nadie.

    Miró los salones de la planta baja. Solo había parejas a lo suyo… Miró en la cocina, estaba ya
    cerrada. Subió las escaleras a la planta de arriba donde estaban las habitaciones. Ni rastro de
    Helena. Bajó las escaleras de dos en dos y entró de nuevo al salón. Las mesas se habían recogido
    y los hombres bailaban con las vampiras mientras sonaba Nocturnos de Frédéric Chopin. Los
    grandes espejos en las paredes, medio oxidados, reflejaban las imágenes distorsionadas de las
    parejas bailando.

    Salió al jardín. A pesar de que la noche era fresca, vio a Helena medio desnuda. Yacía muerta,
    tumbada en un banco de piedra con la cabeza apoyada en el torso de un hombre. Comprendió que
    había llegado demasiado tarde. Apretó los puños intentando contener la rabia. Vladislav giró la
    cabeza y fijó sus ojos rojos en Alex. Sin dejar de mirarlo, deslizó sus manos bajo el cuerpo de Helena y lo levantó con una facilidad que a Alex le heló la sangre. Cuando se quiso dar cuenta, solo se veía
    la silueta de ambos a lo lejos.

    Las manos le temblaban. Respiraba con dificultad y no conseguía recobrar la calma. En sus retinas
    todavía se reflejaba lo que acababa de ver. De súbito, sintió unas ganas terribles de vomitar. Se
    apartó y echó lo poco que tenía en el estómago junto a unos setos perfectamente recortados.
    Llevaba meses esperando este día. En otras visitas nunca había pasado nada igual. No iba a dejar
    pasar la oportunidad, aunque la vida le fuera en ello. Debía entrar a la zona privada por donde había
    desaparecido Vladislav con Helena.

    Miró a su alrededor con cautela y vio que nadie lo seguía. Pronto se topó con una valla. Toda la
    zona privada estaba vallada. Era imposible que un humano hubiera podido saltar esa valla, y menos
    aún, con otra persona en brazos.

    Comenzó a recorrer la valla. Decidió tirar hacia la izquierda. Hacia la derecha, solo se veían jardines
    con cipreses, altos y puntiagudos, y esculturas de mármol blancas y algo verdes por el moho.
    Llevaba andando unos pocos minutos cuando se encontró con una puerta en la alambrada que
    ponía: Privado. Intentó abrirla, pero estaba atrancada, no tenía cerradura ni se veía ninguna cadena.
    Volvió a mirar a su alrededor, no se veía a nadie. Cogió impulso y le dio una fuerte patada. La puerta
    cedió y Alex entró sin problemas. A lo lejos divisó una casa grande de piedra, en realidad parecía
    un pequeño castillo. No era probable que allí viviera una persona sola. Debía tener mucho cuidado.
    Se dirigió hacia allí. Justo al lado de la casa vio un cementerio. Miró con cuidado, y vio que había
    un hoyo recién cavado en el suelo. ¿Tendrían previsto meter ahí a la pobre Helena? Mañana lo
    comprobaría.

    Volvió tras sus pasos, salió por la misma puerta dejándola como estaba y se fue en su coche.
    Mañana volvería preparado con todo lo necesario, cuando ya no estuvieran los de la visita guiada.

    A medianoche, llegó al camposanto provisto de picos y palas. Después de cavar durante dos horas,
    el ataúd quedó a la vista. Cuando descerrajó la tapa descubrió que el cadáver había desaparecido.
    Alex, sudando y extenuado, paseaba sin dejar de mirar el ataúd vacío intentando pensar. Tenía los
    ojos brillantes por la rabia, el cansancio y el espanto. ¿Cómo era posible que no estuviera el cuerpo
    de Helena? Estaba convencido de que habían cavado la tumba para ella. ¿Para quién si no?

    La luna se reflejó en una pequeña losa junto al ataúd, hasta ese momento no se había dado cuenta
    de que estaba ahí. Se acercó y con espanto leyó: HELENA. El corazón se le aceleró aún más, como
    un loco se fue a la tumba de al lado, había una inscripción en la pequeña losa junto al ataúd:
    MARTINA.

    Se dejó caer en el suelo. Lloraba como un niño. El amor de su vida, Martina, estaba muerta o algo
    peor. Si era un vampiro quien la había atacado, no podía dejar que su alma vagara eternamente.
    Se recompuso y abrió su mochila. Se puso una ristra de ajos al cuello y se sacó por fuera de la
    camiseta un gran crucifijo de plata que llevaba colgado. Comprobó todo lo que tenía: una estaca de
    roble, un martillo, un bate de beisbol, un rociador con abundante agua bendita y un machete, grande
    y afilado, capaz de cortar una cabeza.

    Llegó a la puerta del castillo y la empujó. Para su sorpresa, esta se abrió. No estaba cerrada.
    Cuando entró comprobó que tenía la misma distribución que el de Bran.

    Una enorme escalera de caracol, que llevaría a las habitaciones, partía desde el amplio hall. A
    ambos lados, se veían puertas, todas cerradas menos una. Alex entró, era un salón que recordaba
    una vez más al de Bran.

    De pronto, comenzó a oír unos pasos a lo lejos. Paso. Chirrido. Paso. Chirrido. Paso. Chirrido.
    Recordaba ese sonido. Era el mayordomo cojo.

    Alex cerró la puerta, sacó el bate de beisbol de la mochila y se colocó a un lado esperando con el
    bate de beisbol en alto.

    Poco a poco se iba acercando. Paso. Chirrido. Paso. Chirrido. Ahora ya se le oía con claridad. Paso.
    Chirrido. De pronto, paró. Silencio absoluto. Alex contuvo la respiración. Una sombra se veía por
    debajo de la puerta. El pomo comenzó a girar muy despacio. La puerta empezó a abrirse centímetro
    a centímetro. Asomó una bota marrón y sucia. Alex tensó todo su cuerpo y apretó aún más el bate
    con las dos manos. Se oía una respiración profunda detrás de la puerta.

    De pronto se oyó un ruido. La puerta de la calle se cerró de un portazo. Los pasos se fueron alejando
    hacia la puerta de la calle. Luego oyó como el mayordomo echaba varios cerrojos. Después, como
    empezaba a subir las escaleras. Esperó hasta que oyó como abría una puerta, entraba, y la cerraba
    tras de sí.

    Salió al hall y abrió una de las puertas, era la cocina. La atravesó y salió de nuevo a la calle por otra
    puerta que daba a un jardín. Se metió en el jardín, se sentó, apoyó su espalda en un ciprés y se
    dispuso a esperar a que amaneciera. No quería enfrentarse a esas bestias por la noche.
    Cuando ya el sol estaba alto, volvió a entrar a la cocina. Salió al hall y abrió otra de las puertas.
    Había una escalera. Comenzó a bajarla.

    Llegó a un sótano con dos puertas cerradas. Se decantó por la de la izquierda. Nada más entrar, se
    encontró con un ataúd en medio de una sala fría y en penumbra. Cerró la puerta sin hacer ruido y
    se dirigió a la otra habitación. Había cinco ataúdes, estos más pequeños y menos fastuosos que el
    de la habitación de al lado.

    Las manos le sudaban y dos gotas recorrían sus mejillas desde las sienes. Con la estaca de madera
    en la mano derecha, abrió el primer ataúd con la mano izquierda. Una mujer, joven y pálida como
    la muerte, yacía boca arriba con los ojos cerrados. Alex consiguió mantenerse en pie sin
    desmayarse. Bajó la tapa y se dirigió al siguiente. Era Helena. Volvió a cerrarlo. Con lágrimas en los
    ojos, pero con la clara determinación de terminar lo que había venido a hacer, abrió el siguiente
    ataúd. Este si era ella, Martina.

    Le dieron ganas de despertarla, de hablarle, de abrazarla a pesar de su aspecto…Pero comprendió
    que ya no podía salvarla, había pasado más de un año. Lo único que podía hacer era darle
    descanso.

    Sobreponiéndose a su dolor, cogió la estaca de roble, apuntó a su corazón y con un fuerte martillazo
    se lo atravesó.

    Los ojos de Martina se abrieron con espanto, pero no emitió ningún sonido. Poco a poco se fue
    transfigurando, estaba pasando de bestia a humana. Recobró la conciencia por un momento, su
    rostro por fin reflejaba paz, miró a Alex a los ojos y le dijo: «gracias, cariño».

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    Rosa Hontoria

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