Cuando Helena entró en el salón, él ya estaba allí, oculto entre las sombras, preparado para hacer lo que debía.
Fogonazos de coherencia le creaban dudas todavía, pero estaba decidido, esta vez, a ejecutar su plan.
Apenas la vio, comenzó a observarla. Intentaba elegir el momento adecuado. ¿Debería sorprenderla o acercarse poco a poco? Que lo viera ya cuando podría esperar encontrarlo… Todo era nuevo en esta vez definitiva.
Se veían con asiduidad, pero él no podía romper sus barreras. Cada día pensaba que sería “el” día, mas cuando se encontraban, su cabeza lo atrincheraba con miles de preguntas.
¿Lo podría llevar adelante? ¿Estaba errado en su interpretación? ¿Y si mejor lo dejaba pasar otra vez, por aquello de “cuando tenga que ser, será”?
¡Se sorprendió! En segundos, detrás de Helena, apareció Julio, el mejor generador de dudas. Lo que le faltaba, por Dios. No había por dónde cogerlo. Si acompañaba a la madre de Helena, Julio sumaba –a su objetivo, claro-, si se encontraba con el hermano de ella, Julio restaba.
Clavó sus ojos en su pierna ortopédica. Casi nadie lo sabía puesto que su mínima cojera podría tener muchos orígenes, y él se había cuidado muy bien de “protegerse”. Reconocía que tenía una obsesión con ella y que podría haber muchas personas para las que no significara absolutamente nada. Eso desde la racionalidad. No era su caso. Él no podía juzgarla más que desde su más desgraciada emoción.
Julio traía una carta en la mano. Él no tenía idea de que podría contener, pero sus temores siempre lo colocaban a la defensiva. Además, una sonrisa de triunfo le iluminaba la cara. ¿O estaba fingiendo para ocultar su preocupación? Cualquier cosa que acrecentara su valor frente a Helena, serviría para sus fines.
Cuando le entregó la misiva, Helena se llevó las manos a la boca mostrando su estupor. Estaba seguro… se había enterado de la historia de su pierna. ¿Cómo afectaría esto sus planes?
Mientras se preguntaba, se dio cuenta de que no debía quedarse solo con su corazonada respecto del contenido de la carta y empezó a barajar opciones…Pero ninguna correspondía a la realidad. César, el hermano de Helena, había viajado a Chile por una emergencia laboral… y terminó protagonizándola él. El avión de vuelta había sufrido un accidente y casi todo el pasaje había muerto, incluido él. Volvió a evaluar el momento y se puso en acción como si tuviera todo claro. Helena lo necesitaba más que nunca.
Cuando la encontró por fin, un sudor frío le recorrió la espalda. Sus ojos rojos y abotargados, su sonrisa huidiza y un notorio desequilibrio al caminar hacia él, le indicaron que había una decisión tomada…y no la había tomado él. A duras penas, Helena sostenía una caja en sus manos las que llevaba extendidas en gesto de entrega. Él reconoció a la bonita “cuidadora” de sus obsequios para ella. Se la iba a entregar y con ella toda su historia juntos, se diluiría.

