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    Portada » Propuesta de Yolanda Brunés
    SELECCIÓN REI

    Propuesta de Yolanda Brunés

    Yolanda BrunésBy Yolanda Brunés7 de agosto de 2025Updated:8 de agosto de 2025No hay comentarios13 Mins Read
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    Cuando Helena entró en el salón, él ya estaba allí, oculto entre las sombras, preparado para hacer lo que debía… 

    Él la escuchaba hablar por teléfono mientras ella le explicaba a su contacto lo que había descubierto sobre el futuro de la Tierra.

    Apenas podía creerlo. ¿Ella era una Tecno? Agarró con fuerza su túnica. ¡Era una Tecno!

    La ira empezó a extenderse por su cuerpo. Respiró hondo y dejó de darle poder a sus pensamientos, sobre todo cuando oyó que ella había dejado de hablar; y no se escondió por más tiempo.

    —Me mentiste —dijo con voz tranquila apareciendo en medio de la sala.

    Helena dio un paso atrás.

    —¡Dark! —Parpadeó—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo sabías dónde…?

    —Los sueños hablan, Helena. —Dio un paso más hacia ella.

    —Lo siento, Dark, no quería hacerte daño. Pero lo nuestro no puede ser.

    Dark se apartó la capucha y ella se estremeció al ver su expresión sombría.

    —Dime por qué me engañaste. ¿Por qué me sedujiste si no fue… real? —El dolor de la traición apenes le dejaba pronunciar palabras—. Por primera vez creí que el universo me había enviado a mi Eva.

    Helena dio un paso hacia atrás, temerosa.

    —Lo siento muchísimos, Dark. ¡De verdad! —Una lágrima le resbaló por la mejilla—. Pero necesitaba dinero rápido y tú era la única misión que nadie quería y…

    —Y temes, como el resto, que la naturaleza lo invada todo —la interrumpió él.

    —¡No! —se desesperó Helena—. Tengo una hija enferma que necesita asistencia urgente, Dark, y solo la tecnología de Ángelo puede salvarla, ¿entiendes?

    Él se quedó quieto, paralizado.

    —Nuestra relación no puede continuar porque estoy casada —soltó Helena.

    El adivino dejó de respirar durante unos segundos. Pero cuando volvió a ser capaz de controlar sus emociones, agarró el contorno de algo que guardaba en su cinturón.

    —Bien; has sellado tu destino.

    Ella abrió los ojos de par en par y, cuando fue a darse la vuelta para huir, se sintió extraña. La habitación parecía haber crecido y la puerta era mucho más alta.

    Dark se acercó a la que antes había sido una humana. Se agachó y recogió al sapo en el que la había convertido.

    —Tranquila, yo cuidaré de ti.

    Cuando Dark fue a salir por la puerta, se vio atacado. De repente tenía grilletes alrededor de los tobillos y las muñecas. La varita se le había caído al suelo, y el sapo saltó de sus manos para huir del lugar de la acción. Ahora entendía Dark por qué Helena había sido conducida a ese lugar: era una trampa.

    El adivino siguió el trayecto de una de las cadenas que sujetaba uno de los grilletes. Había algo camuflado entre los muros de la sala. ¿Un humano? ¿Cómo era posible que no lo hubiera detectado?

    Sin embargo, cuando la figura se movió hacia adelante, Dark se dio cuenta de que sí, podía tener forma humana, pero en realidad era un androide; y había uno a cada lado, sujetando los grilletes que le mantenían encadenado. Cada uno de los androides se desprendió de su camuflaje como si se desprendieran de una segunda piel.

    En ese instante, se escuchó una risa que retumbó por la sala.

    —Bien, bien, adivino. Así que, según la información obtenida por mi preciosa Helena, convertida ahora en sapo gracias a ti, sé que yo seré el causante de destruir la Tierra. –Ángelo, todavía más humano que androide, se situó frente a Dark—. Pero te aseguro que, que, que… —empezó a repetir como si se hubiera cortocircuitado. Él mismo se dio un golpe en la cabeza para intentar recolocar sus pensamientos.

    —En cuanto mi transformación esté completa, ni tú serás un peligro para mí.

    Rio con exageración y Dark fue llevado al deslizador blindado donde solían llevar a los presos. Para su desgracia, no había podido recoger la varita del suelo.

    Casi me tropecé cuando los androides me empujaron fuera del deslizador. Me habían cubierto la cabeza con un casco negro que me impedía ver dónde pisaba, pero el olor nauseabundo de la muerte no pasaba desapercibido.

    Supe que estaba en el interior del recinto cuando mis pasos sonaron diferentes al contacto con el suelo metálico. No tenía mi varita para escapar, pero sí podía aumentar mis sentidos.

    Reclamé la energía de la madre naturaleza. Le costó llegar a mí, pero enseguida sentí cómo me subía por los pies, hasta la cadera, el pecho y la cabeza. Mi visión traspasó el casco y logré ver el interior del recinto. Era una buena ocasión para descubrir qué tramaba Ángelo y cómo iba un solo hombre a destruir la Tierra, tal y como había predicho el oráculo en mis sueños desde que nací.

    Cruzamos una sala donde abundaban las cápsulas médicas, las que usaba Ángelo para sanar a la gente con su tecnología. Sin embargo, no comprendía del todo qué interés tenía él, un hombre que era medio ciborg, excepto por su cerebro, para pretender una hazaña tan grande. Y tenía claro que ya no lo hacía por dinero, sino que había algo más, y aquella era la ocasión perfecta para descubrirlo.

    Los androides me llevaron a una celda y me quitaron el casco. Era una pequeña habitación que no me permitía ni dar dos pasos sin tener que darme la vuelta. Pero ese encierro no me iba a detener.

    Con mis sentidos desarrollados, me senté en la posición del loto y empecé a meditar. Pronto, mi espíritu quedó libre de mi cuerpo físico y sobrevolé las instalaciones. Y no tardé en localizar a Ángelo, que iba acompañado de un androide y se apoyaba casi sobre él. ¿Qué le estaba pasando?

    El robot se lo llevó a una sala oculta detrás de un holograma en la pared. En medio de la estancia había una cama, más grande de lo normal, y el sirviente no tardó en tumbar a su creador sobre el colchón. Activó unos botones y Ángelo relajó sus facciones, antes de dolor.

    —Cuando consiga mi propósito, no habrá nadie que me detenga —dijo entre dientes.

    Observé con detenimiento cómo la cama se iluminaba, la energía la cubría por completo, lograba ver su brillo y ¡podía sentirla! Me era muy familiar.

    Y no tardé en darme cuenta de que Ángelo estaba robando la energía de la madre Tierra, había encontrado el núcleo, y su cuerpo lo estaba absorbiendo. 

    Pero ¿qué pretendía con esa acción?

    Volví a mi cuerpo después de haber explorado todas las instalaciones de Ángelo. No podía dejar de pensar en lo que había visto. ¿Ángelo estaba enfermo y se sanaba con la energía de la madre Tierra? ¿Por qué no usaba su propia tecnología? 

    Había dejado claro durante años que la tecnología superaría a la naturaleza para sanar los cuerpos humanos, entonces, ¿qué estaba pasando? ¿Había cambiado de parecer?

    «No es eso. Si hubiera cambiado de opinión no continuaría con su plan, y no hubiera enviado a Helena para engañarme».

    Me tumbé en el suelo para intentar descansar. Iba a necesitar fuerzas para escapar de las instalaciones casi inexpugnables en las que me hallaba.

    Me dolía pensar en Helena y en lo que iba a ser de ella si yo no lograba salir de allí y recuperarla; aunque no tenía previsto devolverle su humanidad hasta haber derrotado a Ángelo.

    Procuré dejar los recuerdos del pasado atrás, no iban a ayudarme a salir de allí.

    De pronto, una hoja de árbol se coló por debajo de la puerta. La cogí de inmediato y sentí su energía. A los pocos segundos descubrí un mensaje oculto que decía: búscame. Y sabía perfectamente quién me lo enviaba.

    Me concentré en contactar con la madre Tierra, con la energía que mantenía ese mundo girando, con la Diosa Naturaleza. Sin embargo, me costó mucho conectar con ella desde el interior de aquella prisión, y volví a dejar mi cuerpo sin espíritu.

    Llevé mi consciencia al exterior, pero había demasiadas energías en movimiento, como si en ese instante se estuviera llevando a cabo una masacre. Me estremecí.

    Ascendí hacia el cielo y sentí una descarga eléctrica tan fuerte que casi me llevó de vuelta a mi cuerpo, pero logré sostenerme. Alguien me estaba enviando un mensaje psíquico. Me concentré para identificar su idioma.

    —Dark, ha llegado el momento.

    Aquella voz, tan serena y llena de paz solo podía pertenecer a la esencia que había estado buscando.

    —Diosa Naturaleza, estoy dispuesto a hacer lo que sea.

    Ella me abrazó, era mi madre, la que había estado cuidando de mí durante mi vida, y la que me dijo lo que tenía que hacer para salvar el mundo.

    Pasé la noche acurrucado en mi celda. Los androides me habían dado de comer, sin embargo, no imaginaba por qué me necesitaba Ángelo; aunque no entenderlo no suprimía mi propio miedo.

    Me estremecí al recordar lo que tenía que hacer para salvar el mundo, una parte de mí se resistía y, dudaba de si, llegado el momento, me vería capaz de actuar.

    En un momento de la tarde, el propio Ángelo vino a buscarme acompañado de dos de sus sirvientes. Tenía mejor aspecto de lo que le había visto el día anterior.

    —¿Has pasado buena noche? —sonrió con desagrado. Su voz sonaba cada vez más a túnel, como una reverberación de lo que se estaba haciendo a sí mismo—. Seguro que has dormido estupendamente en la celda, sin apenas estirar las piernas, ¿verdad? Tal y como yo pasé mi infancia, en la inmundicia y la pobreza.

    Había un matiz de ira en su voz.

    —Los humanos elegimos venir a este mundo para crecer espiritualmente —dije sin poder evitarlo—. Por mucho que nos cueste de creer.

    Ángelo me golpeó en la cara y sentí un dolor tan intenso en la mandíbula que por un rato no logré moverla. Un hilillo de sangre se me caía por la comisura del labio.

    —No soporto que gentuza como tú continúe diciendo que cada uno de nosotros elegimos nuestro destino. Son excusas que inventasteis los de tu estirpe para sentiros mejor y no ayudar a los menos desfavorecidos. Pero claro, no espero que lo comprendas. ¡Llevadlo a la sala!

    Los androides me cogieron de los brazos, apretando mis carnes con fuerza. Pero no me quejé. Más bien me preparé mental y espiritualmente.

    Ángelo caminaba con paso decidido delante de mí.

    —¿Qué pretendes? —quise saber.

    Me miró de reojo y sonrió, sin responder.

    Pronto me vi tumbado en una cama y Ángelo se tumbó a mi lado en otra cama. Varios tubos conectaban ambas.

    —No voy a desperdiciar tu poder —dijo sonriendo.

    Cuando entendí que pretendía absorber mi magia, cogí un bisturí de una bandeja que había a mi lado antes de que el androide me atara las muñecas, y me clavé la punta en el cuello.

    Lo último que oí fue el grito desesperado de Ángelo.

    De repente, el dolor de haberme clavado al bisturí pasó a ser inexistente. Mi cuerpo se hallaba tendido sobre aquella cama, y mi alma era libre. La sangre había descendido por el colchón como un río de lava roja, mojando mi mano izquierda y mi ropa, que ya no podía notar.

    Mi espíritu flotaba por encima de la habitación como una nube. Ángelo se hallaba golpeando armarios y tirando mesas médicas mientras los dos androides intentaban detenerle, pero era inútil, estaba fuera de sí.

    —¡Vamos, hacedlo ya! Terminemos con mi transformación de una vez —exigió con la cara descompuesta.

    —Pero señor, si canaliza todo el flujo de la madre Tierra su cuerpo medio humano no lo soportará.

    Ángelo se enfrentó al androide.

    —Hazlo a potencia mínima, robot sin seso.

    —Pero señor, estará inmovilizado durante mucho tiempo. Puede correr peligro si alguien descubre que no está dirigiendo la empresa.

    —Sí, por supuesto, ya lo sé. Por eso hay que poner en marcha mi plan B. Activa a mi clon, y activa a toda la seguridad de la que disponemos para asegurar esta sala. Que no entre ni salga nadie.

    —Como desee, señor.

    —Y limpiad este desastre.

    Observé la escena desde arriba. Me sentía tan en paz que había dejado de importarme qué pretendía Ángelo, sin embargo, todavía tenía una misión.

    Un rayo de sol entró por los ventanales altos, iluminando la sala. Era como si la madre Tierra me estuviera mostrando el camino, y entonces supe qué hacer.

    Cuando Ángelo estuvo tumbado en la cama, con un tubo grueso conectado en la parte de la cabecera, y absorbiendo la esencia de la madre Naturaleza, comprendí que lo que pretendía era convertirse en un Dios. Y, por supuesto, era él el que destruiría el mundo si yo no actuaba.

    Sin pensarlo más, entré en el tubo, junto al flujo de la Diosa madre, que cada vez estaba más débil. Con el poder que me había sido otorgado para salvar a la humanidad de la tecnología de Ángelo, sobrecargué el conducto de energía, provocando que esa especie de androide, todavía humano, gritara de dolor hasta que expiró su último aliento.

    A medianoche, llegó al camposanto provista de picos y palas. Después de cavar durante dos horas, el ataúd quedó a la vista. Cuando descerrajó la tapa descubrió que el cadáver había desaparecido.

    Helena se quedó petrificada. ¿Quién estaba interesado en devolver a Ángelo a la vida? Tal vez alguno de sus androides había sobrevivido y sacado el cuerpo de su amo para recuperarle, o quizá alguna otra potencia millonaria tenía interés en devolverle a lo que era antes, ya que solo él era capaz de reconstruir las camas sanadoras de humanos.

    —¿Qué hacemos ahora? —preguntó su marido Sam.

    Helena alzó la mirada hacia las estrellas, turbada. Si Dark había logrado destruir a Ángelo, poco importaba si le devolvían a la vida, ya que para su hija Miranda sería tarde.

    Se pasó la mano sucia por la frente y se manchó el rostro de tierra húmeda.

    —Solo hay un lugar al que podemos recurrir.

    Devolvieron la tumba vacía al agujero, más por perdonarse a sí mismos que porque les importara lo que le había sucedido al cuerpo de Ángelo.

    Llegaron a casa, se ducharon para quitarse la culpa de encima por lo que habían hecho y, con su hija medio moribunda en el asiento de atrás del deslizador, Helena condujo hasta el corazón del bosque. El lugar que Dark le había enseñado y que le había asegurado que podía sanar a la humanidad, pero solo si ellos lo creían.

    Sam cogió a su hija en brazos y se encaminaron por un sendero estrecho y bello, casi tan irreal que no parecía pertenecer a ese mundo tan tecnológico.

    Al llegar a un claro rodeado de árboles, tumbaron a la niña adolescente en el centro. Y Helena y Sam se dieron la mano, y rezaron a la madre naturaleza para que sanara a su hija.

    Horas después, Helena pudo comprobar que, efectivamente, Dark nunca le había mentido, y que la madre naturaleza era la única que podía sanar a los humanos cuando vio a su hija levantarse por sí misma y mirar a sus padres con una sonrisa.

    Marido y mujer lloraron de alegría, y Helena prometió continuar con el legado que Dark había querido hacerle entender a la humanidad: sin naturaleza, ni el planeta ni los humanos podrían sobrevivir, y por ello no iba a permitir que la tecnología invadiera lo que quedaba del mundo.

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    Yolanda Brunés

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