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    Portada » Lisa
    SELECCIÓN REI

    Lisa

    Soleil BrockBy Soleil Brock7 de agosto de 2025Updated:8 de agosto de 2025No hay comentarios14 Mins Read
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    Cuando Helena entró en el salón, él ya estaba allí, oculto entre las sombras,
    preparado para hacer lo que debía…

    Él, Fredo, siempre miraba a Helena como si fuera la única mujer en su vida; a él le encantaban sus caderas pequeñas, su ombligo ovalado y adoraba los tres lunares que tenía alineados sobre el dedo meñique de su mano derecha; justo cuando ella entró, él se detuvo a mirarla embelesado.

    A Helena le encantaba su metro setenta y seis, su barba estilo Balbo y una complexión que lo hacía ver poderoso, pero le encantaba más la forma en que la idolatraba.

    Fredo se puso de pie y salió de detrás del armario, le sonrió y la esperó con los brazos abiertos. Helena caminó hacia él y cuando estuvo frente suyo, se impulsó para rodearle la cadera con las piernas. En consecuencia, Fredo la tomó por el culo antes de empezar a besarla con toda la pasión que había estado guardado en los últimos cuatro días.

    —Te extrañé tanto —le dijo Fredo a Helena mientras le mordía el labio inferior y hacía que gimiera y se pegara más a su cadera.

    —Estoy segura de que yo te extrañé más —le contestó ella antes de bajarse el tirante del vestido que ese día había decidido usar y guiar la boca de Fredo a su pezón izquierdo.

    El intercambio de besos era intenso, como siempre, como todas las veces que lograban verse a solas. Su cercanía era tanta que cualquiera creería que solo eran dos adultos en medio de una calentura, pero no. Al menos ella, la esposa de Fredo no opinaba así.

    Ella se asqueó de verlos, decidió dejarlos solos, por lo que salió del salón y después, a paso lento, casi deteniéndose por completo después de cada paso, salió del teatro. ¿Por qué en un teatro? A ella le parecía bizarra la forma en que él había logrado obtener la custodia de Ángel, pero también había logrado perder su pudor y vergüenza.

    Ella creía que lo odiaba, cada que pensaba en él se sentía “asqueada”. Solo necesitaba esperar un poco más de tiempo.

    Buzón de voz.
    Buzón de voz.

    Buzón de voz.

    Fredo siempre dejaba de contestar las llamadas a esa hora, a ella eso la indignaba. Le molestaba tanto el tenerlo y que él solo fuera un imbécil incompetente y, por si fuera poco, a parte, infiel. “Maldito, mil veces maldito”, siempre le dedicaba esas mismas palabras.

    Se había cansado, no podía esperar más tiempo y dejar que él siguiera por ahí gozando mientras que ella tenía que ser infeliz.

    Era cierto que ella no era la más apta para hablar así de él cuando había asesinado a su propia madre, pero, a su criterio, él era peor. Y se asqueaba de él, pero no podía dejar de amarlo. No importaba ya su amor hacia él, especialmente porque Fredo ya jamás la notaría y eso era algo que ya tenía que ir aceptando.

    Un suspiro, que le hizo dolor un poco el pecho, salió por sus delgados labios.

    La voz de la conciencia, esa parte suya que siempre insistía en hacer las cosas adecuadamente, comenzó a joderle la cabeza: “Necesitas hacer las cosas bien”. «¿Bien? ¿Bien para quién?» se preguntaba. Pero justo al lado, desde el rincón derecho de su mente, Lili le susurraba con dulzura, con esa persuasión tan suya y convincente, que todo tenía una razón, una muy buena razón para ser y para hacerlo.

    Se dio la vuelta y volvió a entrar en el teatro. Sin ingerir ni una gota de agua, se tragó dos pastillas de Propanolol para intentar calmar sus manos temblorosas, bueno, su nerviosismo en general. Hablar, o estar en el mismo espacio que Fredo, la ponía muy nerviosa. No, MUY nerviosa. En letras mayúsculas porque no había un evento más que la pusiera de esa misma forma.
    —¡Lisa!

    Lisa volteó hacia la dueña de la voz. Era Sara, una chica bajita y compañera de trabajo de Lisa.

    —Hola —le contestó Lisa de forma animada y muy alegre. Totalmente diferente a como en realidad se sentía.

    —Lisita de mi corazón, quería pedirte que le llevaras esta correspondencia al director Fredo, por favor.

    —Claro, yo se la llevo ahorita.

    Lisa, en un punto, dejó de escuchar a Sara que parloteaba sobre sabrá Dios qué. Le sonrió y se fue alejando poco a poco; Sara entendió y se despidió antes de marcharse. El pobre corazón de Lisa palpitaba muy rápido, pero no importaba.

    Hospital Médico Puerta de Hierro.
    “¡¿Qué?!”
    Ella se preocupó en automático.

    Cuando se dio cuenta ya estaba frente al salón donde Fredo y Helena se encontraban. Entró sin tocar y los encontró a ambos desnudos, pero a ella abierta de piernas sobre una mesa con él entre ellas, penetrándola. Ambos gemían de forma obscena y no se dieron cuenta de que Lisa estaba allí, sino hasta que ella tocó fuertemente la puerta. Ambos se espabilaron y el pánico atacó sus rostros de una forma hasta cómica; Helena soltó un gritito antes de, torpemente, intentar taparse con alguna de las prendas que tenía a la mano.

    Le dolía en lo más profundo de su ser el saber que a su esposo no le importaba ni un poco si ella lo encontraba o no con Helena, al final siempre trabajaron en el mismo lugar, aunque en diferente puesto.

    —Te dejaron esto en el correo, Fredo. Yo…

    ¿Qué más tendría que decir? Nada en lo absoluto. Dejó la carta en el suelo, se dio la
    vuelta y salió dejándolos a los dos desnudos con una carta por leer.

    Lisa se apresuró a darle la vuelta al salón en el que Helena y Fredo estaban para poder entrar por una de las puertas laterales y poder espiarlos. Justo cuando llegó a su habitual escondite, Fredo estaba abriendo la carta que le había llegado.

    —¿Qué dice? —preguntó Helena, asomándose desde atrás de Fredo.

    Conforme Fredo leía se le iba tensando el cuerpo, se iba poniendo cada vez más pálido. El pobre Fredo perdió la fuerza de sus piernas y trastabilló hacia atrás casi cayendo sobre Helena. Se tomó el pecho y comenzó a respirar con dificultad. Fredo estaba feliz, pero preocupado, entendía a la perfección que no era el mejor momento y entendía por completo que su esposa no tenía las aptitudes para ser madre de nuevo, incluso para su salud mental sería mucho saberlo. Él estaba entre encantado y preocupado, bastante preocupado y más porque acababa de verlo con otra mujer, pero ese ya sería un tema aparte que después arreglaría.

    —¡EMBARAZADA! ¿Ella está embarazada, Alfredo?

    A Fredo, Helena ya ni le importaba, comenzó a vestirse para poder ir a casa a ver a su esposa y organizar algo por el nuevo integrante de la familia.

    Por su parte, en cuanto Lisa escuchó que estaba embarazada dejó de pensar y salió corriendo hacia la salida del teatro, tomó un taxi y se fue a su casa.

    Helena y Fredo escucharon el sonido de algo cayendo justamente dentro del salón y se alarmaron. Cuando estuvieron donde el sonido se originó, vieron que estaba una sudadera; Helena tomó la sudadera que era parte de un uniforma y traía bordado el nombre de a quién le pertenecía: Lisa Benavides Montemayor, la esposa de Fredo.

    Cuando Fredo salió del teatro, la oscuridad estaba ganando la batalla a la luz del sol, apoderándose de la tarde y, con ella, una lluvia torrencial caía del cielo como. Para el colmo, no era una lluvia normal; el agua no solo caía, sino que azotaba los pisos.

    No le importó y subió a su automóvil. Necesitaba llegar lo más pronto posible a su casa…

    Cuando Helena entró en la casa de Fredo lograba escuchaba cómo discutía con su esposa; era obvio que iban a tener una discusión después de que ella los encontrara revolcándose dentro del mismo lugar donde trabajaban. Igual a ella le daba totalmente igual, tenía una meta y en ese momento la iba a cumplir. Salió de la cocina y encontró a Ángel, el hijo de Fredo y Helena, comiendo.

    —Hola, Ángel, ¿quieres jugar? —le preguntó en medio de un susurro.
    —¿Quién eres?
    —Soy un hada, pero solo tú me puedes ver.
    —¿En serio? ¡Lili también es un hada! Y te va a encontrar.

    Los gritos cesaron y Ángel, el pequeño niño frente a Helena, comenzó a reírse con fuerzas. A carcajearse como si el silencio fuese el más grande chiste contado jamás. Helena dejó al niño justo donde lo encontró y se dirigió hacia en frente de la sala, quería que Fredo y lisa la vieran ahí, porque sí, incluso tenía llave de su casa. Quería saborear las expresiones de ambos porque…

    La escena frente a ella impactó en sus ojos y el aire se le quedó atrapado en los pulmones. Durante un instante, no hubo más que silencio; silencio aturdido antes de que la verdad se abriera paso en su mente.
    Un sonido inhumano, arrancado desde lo más profundo de su pecho, se desgarró en el aire. No fue un alarido de dolor ni de sorpresa, sino un puro y primario grito de terror, un borbollón de aire helado que le quemó la garganta. Era el sonido de su cordura resquebrajándose, se la negación chocando de frente con la cruda realidad de lo que sus ojos acababan de registrar: Fredo. Fredo tenía la cabeza separada del cuerpo; el color rojo y penetrante más el aroma ferroso de la sangre catapultaba las sensaciones que ahogaban a Helena. Por el lado izquierdo frente a ella estaba la cabeza de Fredo, por el lado derecho el resto de su cuerpo tenía las vísceras de fuera, justamente con la pierna izquierda en un ángulo extraño. Estaba rota.

    Volvieron a escucharse los gritos de la supuesta discusión que Lisa y Fredo tenían, un pequeño alta voz la reproducía; justo cuando Helena escuchó la voz de Fredo cayó hacia atrás de bruces. La adrenalina ipso facto recorrió el cuerpo de Helena impulsándola a llegar a la puerta más cercana, pero desgraciadamente estaba cerrada, intentó abrir las ventanas y ninguna cedía. La risa de Ángel cada vez se escuchaba más alto, pero a su vez menos inocente, como si de un niño no se tratase. Sonaba estridente, burlona y
    vacía. Helena… pobre Helena, como siempre debatiéndose entre la realidad y la ficción, entre lo original y lo que no. Observaba todo intentando dar con una solución. La voz de Fredo sonaba tan viva, tan real, tan presente. La pobre Helena, miró hacia enfrente y ahí, en el reflejo de un mugroso espejo, la vio: Impoluta, fresca, radiante. Lisa no estaba cubierta de ningún fluido; estaba impecable, con una sonrisa serena y una mirada que emanaba la tranquilidad que Lisa tenía.

    —Lisa… ¿Qué…? ¿Qué hiciste?
    —¿Lisa? ¿A caso no has escuchado de las hadas? —dijo Lili.

    Y es que siempre fue así; Lisa intentando vivir una vida normal, con un monstruo susurrándole quién era realmente. Extraño que Fredo no supiera, pero ¡Bueno! He ahí la magia de las hadas, de Lili.

    Lili, avanzó dos pasos hacia Helena y tocó el apagador a un lado del cuerpo de la pobre mujer, lo accionó y las luces se apagaron. Se acercó un poco más a Helena, se acercó despacio, con el mismo gesto pasivo de antes, le toco una hebra de cabello a Helena y le sonrió con dulzura antes de decirle:

    —Te doy treinta segundos para que te escondas, espero que des un poco de pelea.

    Lili se hizo a un lado y Helena no hizo nada; eso hizo que la poca paciencia que Lili había logrado reunir se acabara.

    —¡TREINTA SEGUNDOS!

    Helena logró salir de su estupor al escuchar el grito de Lili, entonces corrió en buscar de un lugar en donde pudiera esconderse. Su corazón palpitaba a mil por minuto, sus pulmones rogaban por un respiro, rogaban porque respirara bien. Su cerebro había terminado asqueado y fundido por todas las emociones vividas en menos de una hora. El cuerpo de Helena estaba fatigado, así ella no lo sintiera, estaba a punto de quedarse sin energía.

    Cuando encontró el baño en el piso superior de la casa avispó su momento de huida; era tonta, tantas veces en esa casa y había olvidado que en la parte de arriba también podría encontrar su escape. Entró al baño y al intentar abrir la ventana… sí, no sería tan fácil escapar de Lili. Helena se preguntaba cómo era posible que una persona tan amable y tierna como Lisa terminase siendo una enferma, peor le inquietaba más el cómo Fredo pudo vivir con ella tantos años.

    —Por favor, por favor, por favor —le rogaba a la ventana, pero esta nunca cedió.

    —Están selladas. Lisa no quería que Ángel tuviera un accidente cayéndose a través de las ventanas. Creí que lo sabrías, Fredo te contaba todo.

    Helena se quedó helada al escuchar la voz de Lili detrás suyo. Lentamente se dio la vuela y la vio ahí, en el marco de la puerta, retrancada sobre su hombro derecho. La piel sobre su columna vertebral se erizó completamente, sintió sudor frío y un poco de orina salir. Estaba aterrada, tenía ganas de gritar y de llorar, solo pudo hacer lo segundo.

    —Creí que serías más inteligente, o sea, yo viví en Lisa durante años y hasta ahora que estaba vulnerable es que se rindió; pero tú ¡ja! Ridícula.

    Lili se acercó lentamente al cuerpo tenso y sudoroso de Helena, nunca eliminó de su rostro la sonrisa suave que caracterizaba a Lisa, pero con el vacío sádico en los ojos que auguraba sufrimiento.

    —No importa, tú y yo nos divertiremos.

    Helena no pudo pensar en nada más, en lo más mínimo; Helena actuó bajo reflejo por lo que se dio media vuelta y comenzó a azotar su cabeza contra el vidrio de la ventana. Sangre salpicaba hacia todas las direcciones, manchando el azulejo del baño. Eran tan fuertes los azotes que en menos de dos minutos el cuerpo de Helena perdió el balance y cayó hacia atrás, Lili se hizo a un lado y con un sonido hueco y seco la cabeza de Helena impactó contra el suelo.

    Lili miró el cuerpo de Helena desde su altura. El rostro estaba completamente roto, con trozos de vidrio insertados en diversos puntos, la nariz rota, así como los labios y las cejas. Estaba hinchada y manchada de sangre, sangre que no dejaba de salir de su nariz y de su boca.

    Salió del baño, bajó a la primera planta de la casa y después de asfixiar a Ángel se dirigió al jardín. Lili fue hacia el hoyo que ya tenía preparado y se dedicó durante unos minutos a sacar el excedente de tierra que aún había, después metió en él una caja de madera que representaría uno de los ataúdes. La ventaja de vivir en una zona poco urbana era justamente esa: poder hacer cosas sin que tantas personas se dieran cuenta. Terminó, entró a la casa y el primer cuerpo que sacó fue el de Fredo… lo que había terminado por ser el cuerpo de Fredo. Aventó sin más cada una de las partes a la caja y después se puso a cubrir todo con tierra, entre cada una de las veces que aventaba tierra se aseguraba de apretarla lo más posible. El maldito de Fredo merecía quedar en el olvido. Se giró y entró de nueva cuenta en la casa; extrañaría esa casa, justo como había extrañado la casa de su niñez cuando Lisa había huido al matar a su madre.

    Justo cuando lo pensaba, se regocijaba de tener su propio camposanto, era como en esas películas antiguas donde todas las personas terminaban enterradas en el mismo lugar detrás de una iglesia.

    Al regresar, tomó un poco de agua y se dirigió de nuevo al baño para poder bajar a Helena. Tomó a Helena por las muñecas y jaló su cuerpo hacia las escaleras y después hacia abajo sobre ellas. Le gustaba Helena, si tan solo Helena no le hubiera causado daño a Lisa… daba igual, Helena siempre fue estúpida. La dejó tirada en medio de la sala y se fue a la cocina a prepararse algo de cenar, le gustaba trabajar teniendo todas las comodidades.

    Después de hacerlo se despidió de Helena, le acomodó el cabello en una cola floja y le dio un besito en la nariz como último acto de humanidad. A Helena le tenía su propio ataúd, había convencido a Lisa de comprarlo tan solo una semana atrás, pero lo habían enterrado por seguridad, así que llevó el cadáver de Helena lo más cerca del camposanto.

    A medianoche, llegó al camposanto provista de picos y palas. Después de cavar dos horas, el ataúd quedó a la vista. Cuando descerrajó la tapa —para poder meter a Helena— descubrió que el cadáver había desaparecido.

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    Soleil Brock

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