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    Portada » La caja mágica
    SELECCIÓN REI

    La caja mágica

    Irene Martínez GutiérrezBy Irene Martínez Gutiérrez8 de agosto de 2025Updated:8 de agosto de 2025No hay comentarios5 Mins Read
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    1 Cuando Helena entró en el salón, él ya estaba allí, oculto entre las sombras, preparado para hacer lo que debía.

    Ella esperó a que el abuelo se acostase para poder entrar en la biblioteca y encontrar el libro con el que ellos jugaban cuando era pequeña buscando un tesoro. La historia más o menos la recordaba y necesitaba recuperarlo para repetir esos momentos con el nuevo ser que crecía oculto en sus entrañas.

    Durante unos días estuvo recreando la escena para ver si encontraba la pista que necesitaba para rescatar su tesoro. Soñaba acurrucada en sus brazos, le gustaba su olor. El abuelo olía a tabaco de pipa, una fragancia con sabor a vainilla que saboreaba desde el recuerdo. No le gustaba el olor de su padre.

    2 El día les sorprendería con una fina lluvia que invitaba a salir al jardín. Eduardo salió de su escondite y agazapado se hizo el encontradizo con Alicia cerca de la rosaleda. Tras los parterres el jardinero les sobresaltó. Desde niños les había intimidado su aspecto: mirada extraviada; surcos y aspereza de la piel; escuálido y un tanto jorobado. Antes salían corriendo, ahora se limitaban a disimular que lo habían visto. Siempre le recordaban con la azada en alto amenazando a su mascota hasta que apareció el abuelo, se enfrentó a él y salvó al felino de ser despedazado.

    En la casa comentaban que Rogelio, que así se llamaba el jardinero, perdió la locura cuando desaparecieron de forma sospechosa su mujer y su hijo.

    3 Aquella tarde Alicia lo descubrió. Se quedó atónita. Nunca se habría imaginado que el abuelo podría hacer trampas. Ella siempre pensó que era un mago, un ilusionista de la palabra que adornaba todo lo que hacía cuando compartía un cuento al abrir la caja labrada que tenía encima de la mesa de su despacho. El abuelo tenía una imaginación desbordante, abría la caja y sus nietos, Alicia y Eduardo, se quedaban boquiabiertos cada vez que al levantar la tapa de cristal, volcaba la caja y las monedas rodaban por la mesa. Tras cerrar nuevamente la tapa, giraba la caja y los caramelos rodaban por la mesa. Así una y otra vez hasta que aparecían dos flores de tela de colores que eran el broche de oro a la sesión de magia.

    4 No podía creer lo que había descubierto. Demasiados encuentros fantásticos, demasiados cuentos que demostraban una nueva versión de su adorado abuelo. 

    Aquella tarde Alicia se había camuflado en el despacho, Esperó a que el abuelo se quedase adormilado en el sillón. De forma sigilosa se arrastró debajo de la mesa. Los ronquidos le daban la seguridad de que no iba a ser descubierta. La caja mágica descansaba sobre el cuero color verde botella de la mesa. Con la respiración cortada se lanzó con ímpetu sobre la caja. Se marchó a su habitación y, se metió en el armario para no ser descubierta. Abrió la caja mágica y descubrió que se trataba de un conjunto de compartimentos ocultos que contenían las monedas, los caramelos y las flores de tela de colores. Se decepcionó y cuando se disponía a cerrarla y devolverla al despacho le llamó la atención una pequeña mancha de tinta en una esquina. Sin darse cuenta la tocó y, sorprendentemente, y la caja le mostró un doble fondo en el que había una carta doblada. Nerviosa la abrió y descubrió un papel con un sello de una funeraria que acreditaba el fallecimiento de una persona con el mismo nombre y apellidos que su abuelo. Un certificación de defunción expedido hacía cuarenta años.  

    5 Desde aquel día Alicia miraba con otros ojos a su abuelo. Rehuía sus caricias y ya no le gustaban los encuentros de los tres con la caja mágica. No podía hablar con nadie, se limitó a callar, dejó de comer y no dormía. Al final cayó enferma. Sus padres estaban preocupados y Eduardo le pasaba los deberes. Ella se limitaba a escuchar. Cuando el abuelo la visitaba, ella se acurrucaba debajo de las sábanas y se hacía la dormida. No era capaz de controlar los temblores, y todos pensaban que eran como consecuencia de la fiebre. Alguien había muerto, su abuelo y, el hombre que idolatraba era un mentiroso. Estaba paralizada por el miedo.

    6 Por fin llegó el día en el que decidió levantarse y salir de la habitación. La casa estaba silenciosa. Se dirigió a la cocina y tomó un vaso de leche con galletas. Se dirigió al despacho del abuelo, por primera vez llamó a la puerta. Nadie contestó al otro lado de la puerta. Abrió la puerta y entró. La caja ocupaba su sitio en la mesa. No la tocó. Llegó a pensar que todo había sido una ilusión, otro momento de magia del abuelo. No, no, no lo había recreado su mente. Tendría que pensar un plan para descubrir la verdad. Entre tanto encontrase la solución, decidió regresar a la biblioteca para encontrar el libro de los sueños, no iba a consentir que ese momento fuese arrebatado por un farsante. Intentaba pensar que se trataba de un lapso de la memoria, un trastorno de identidad disociativo y que la caja había jugado con ella de forma involuntaria. No, el abuelo, tenía que ser el abuelo, y si no… tendría que ser el abuelo.

    7 A medianoche, llegó al camposanto provista de picos y palas. Después de cavar durante dos horas, el ataúd quedó a la vista. Cuando descerrajó la tapa descubrió que el cadáver había desaparecido. En el centro un certificado de defunción de hacía cuarenta años con el nombre y los apellidos de su abuelo. Una nueva mancha de tinta en una esquina que se atrevió a acariciar. La caja mostró un doble fondo y en su interior una cartas y objetos que no reconocía como familiares. 

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    Irene Martínez Gutiérrez

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