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    Portada » Propuesta de Luciana Pinkas
    SELECCIÓN REI

    Propuesta de Luciana Pinkas

    Luciana PBy Luciana P8 de agosto de 2025Updated:8 de agosto de 2025No hay comentarios11 Mins Read
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    Cuando Helena entró en el salón, él ya estaba allí, oculto entre las sombras, preparado para hacer lo que debía hacer. Sus ojos conectaron, generando un baile de mariposas en la panza de Helena, que fue interrumpido en el momento en que él puso su mochila en la silla que pertenecía a ella, obligándola a ir hacia la otra punta del salón.

    Sin ánimos de oponerse, caminó hacia una silla vacía y se sentó. No sacó su cartuchera ni cuaderno, solo se quedó ahí sentada. No prestó atención en las dos horas de clase, ya que estaba pensando en la actitud de él. Buscaba y trataba de entender el porqué de su comportamiento; ya habían pasado dos meses desde que se sentaban juntos. No entendía qué era lo que había cambiado.

    El sonido de las sillas corriéndose hacia atrás la trajo de vuelta al salón, donde la clase había terminado. Él fue el primero en levantarse e irse del aula, desapareciendo en un segundo. Muerta de curiosidad, Helena salió tras él, hacia la calle. Una vez allí, al no verlo, fue rumbo a la parada de colectivo para ir a su casa, pensando en encararlo al día siguiente. No estaba con ánimos de pelear; hoy no había sido un buen día.

    Rumbo a su casa, la ansiedad la mataba. Él. El chico del cual se estaba enamorando poco a poco, la había rechazado de la peor manera. El salón era su lugar seguro, donde conectaban y pasaban la mayor parte del tiempo. Ese era su lugar, o lo era hasta ayer. Decidida, se paró y se acercó a la puerta. Apretó el botón para bajar en la siguiente parada y, una vez en la calle, se pidió un Uber. Tenía que saber qué es lo que pasaba.

    El Uber la dejó a tres casas de su destino y, cuando llegó a la de él, lo primero que vio fue la puerta destrozada. Con miedo y en silencio, entró. Los muebles y los adornos se encontraban todos destruidos.

    Caminó escaleras arriba y se dirigió al cuarto de él, pero quedó a medio camino. Las paredes, que una vez fueron blancas, ahora estaban manchadas de un rojo carmesí. Varias huellas de manos se podían distinguir entre todo el enchastre que eran las paredes.

    Sin querer tocar nada, caminó hasta la puerta, la cual se encontraba toda rayada, pero él no tenía mascotas, y esas garras no parecían de un animal chiquito. Como pudo, llegó hasta la habitación, donde tuvo que sostenerse de la pared al ver todos esos cuerpos mutilados.

    Cada vez el aire se hacía más denso, sus piernas empezaron a temblar y sin darse cuenta, ya se encontraba llorando. Se dio vuelta para salir de ahí, antes de desmayarse o vomitar, pero un gruñido la hizo estremecerse. Sin querer girarse, se tuvo a un solo pie de la puerta de la habitación, sin saber que hacer. Ǫuería huir lejos, pero había algo que la detenía. Algo que la atraía, como si fuera un imán.

    —¿Helena? —escuchó que la llamaban, pero no había nadie—. Tienes que salir de acá, te van a encontrar —dijo, con miedo, la voz.

    —¿Ǫuién? —pensó, sin esperar respuesta.

    —La bestia, el culpable de todo esto —y un gruñido más fuerte la hizo retroceder. La bestia estaba ahí y estaba lista para atacar.

    De repente, unas risas se oyeron desde el piso de abajo, haciendo rugir más fuerte a la bestia. Sin saber a dónde ir, Helena se hizo un bollito en el suelo y empezó a llorar más fuerte.

    Las voces se hacían cada vez más fuertes, y el sonido de las pisadas en las escaleras apareció. La bestia rugía cada vez más fuerte y se acercaba más a Helena, quien se encontraba con la cabeza gacha y temblando en el suelo.

    De repente, se oyó un sonido tenso en la casa. Todo quedó en silencio; solo se podía oír el corazón de Helena, que corría como caballo de carrera. Sin saber qué pasaba, levantó la cabeza y se quedó helada al ver a esos cuatro hombres. No sabía cómo habían llegado tan rápido hasta allí, pero no le gustaba su presencia.

    Eran todos enormes y peludos. Tenían el pelo larguísimo, tanto en la cabeza como en la barba. Los brazos los tenían llenos de tatuajes, y se podían ver algunos sobresaliendo del cuello de sus chaquetas de cuero.

    —Oh, miren con qué nos encontramos —exclamó uno, el más bajito, mientras el resto reía.

    —Es un corderito asustado —se burlaba otro.

    —Solo venimos por la bestia —dijo el bajito, mientras su compañero sacaba unas esposas—. Pero creo que nos llevamos premio doble.

    Los otros tres asentían, y la bestia solo rugió más fuerte.

    —Déjate ver —exclamó el de las esposas—. ¿No querrás que te pongamos esto, o sí? La bestia rugió y se abalanzó sobre ellos.

    Su primera víctima fue el hombre bajito. Cayeron ambos al suelo, y cuando estuvo a punto de morderlos, otro le apoyó las esposas sobre sus patas, causando que soltara un alarido de dolor.

    De pronto, más y más gruñidos de molestia y dolor fueron soltados por la bestia. Luego, se empezó a escuchar el sonido de algo rompiéndose, hasta que terminó por revelarse la verdad de aquella bestia.

    Lo que era pelo, se convirtió en piel. Lo que eran garras y colmillos, se transformaron en uñas y dientes. Lo que era una bestia enorme, se transformó en él.

    Helena se quedó helada, se hizo una bolita más chiquita y cerró los ojos. Se pellizcó el brazo varias veces; en todas sintió dolor. Ya no lloraba, se había quedado sin lágrimas, pero temblaba, muerta de miedo y en shock.

    —Eliot —dijo, sin poder creerlo.

    —Lena… yo puedo explicarlo —murmuró apenas él, pero ella negó con la cabeza. No quería escucharlo.

    —Oh, miren, hay problemas en el paraíso —exclamo el bajito, haciendo un puchero.

    —Solo cállate —murmuró Eliot, mientras aguantaba el dolor de las esposas.

    —Agarren a la chica, yo me llevo a la bestia —dijo el de las esposas mientras se las colocaba. Esto provocó que Eliot soltara un alarido de dolor y se retorciera, mostrando resistencia. Helena solo apretó más fuerte los párpados y volvió a llorar, pero esta vez por Eliot.

    —Agradezcan a su profesor de arte —cemento el rubio, el líder—. Nos llegó una carta, con lujo de detalles, sobre dónde encontrarte.

    Lena frunció el ceño y Eliot maldijo por lo bajo.

    —Es un buen cazador, discreto y profesional —se burló el de las esposas—. Encontró al lobo y a su Caperucita.

    El resto se carcajeó mientras Eliot seguía mostrando resistencia.

    El bajito se acercó a Helena y la agarró del brazo, levantándola bruscamente del suelo. Helena ni se quejó, solo se dejó estar, aceptando su destino. Eliot, por otro lado, quiso lanzarse sobre el bajito, pero estaba inmovilizado. Gritó su nombre varias veces, pero ella desapareció por las escaleras, arrastrada por los cazadores.

    …

    Lo único que se escuchaba en ese lugar eran las gotas de agua golpeando el piso, la respiración errática de Helena y sus dientes chocando entre sí, por el frío y el miedo. El olor de ese lugar era muy fuerte: la humedad y el olor a sangre eran lo único que se podía sentir, además del olor a orina y materia fecal, que tenía que hacer en un agujero, que había en una esquina de la celda.

    La lluvia y el viento entraban por las rendijas, haciendo que Helena se quedara pegada a las celdas de metal, hecha una bolita, todo el día. Dormía en esa posición y pasaba las horas así; solo se levantaba para ir al baño.

    No sabía cuántas horas habían pasado, o qué día era. Solo sabía que el sol había aparecido y desaparecido varias veces, hasta que la lluvia apareció. Desde ese

    momento, perdió la noción del tiempo. Aunque su panza se mantenía tranquila, ya que, cada tanto, aparecía un plato abundante de comida y agua.

    Ǫuería irse a casa, bañarse y ponerse perfume. Ǫuería comer algo calentito, tomar una sopa de su abuela o comer las lentejas de su padre. Ǫuería quedarse dormida abrazada a su madre, mientras miraban una película. Tantas cosas triviales, que antes no apreciaba, ahora las empezaba a extrañar.

    De repente, una sensación de nostalgia la invadió, y su llanto se volvió a oír. Ya no pedía ayuda o que alguien la sacara de ahí, ya había perdido la esperanza desde antes de estar en ese lugar.

    Unas pisadas se escucharon al final del pasillo, lo que hizo que se tensara. Era la primera vez que sentía la presencia de alguien y no sabía cómo actuar. Trató de calmarse, pero era imposible; su llanto aumentaba más y más, hasta que las pisadas se detuvieron justo enfrente de ella.

    —Hola, Caperucita —saludó el líder del grupo, pero Helena no se movió. Siguió en esa posición, hecha una bolita y con la cabeza gacha.

    —Vamos a dar un paseo —dijo el líder y abrió la celda.

    Una vez adentro, la agarró del brazo y la levantó. Helena soltó un alarido de dolor por el fuerte tirón, y una vez de pie, sus piernas fallaron. Aunque el cazador fue más rápido y la volvió a poner recta. La llevó a rastras por el largo y oscuro pasillo, donde Helena solo contemplaba el piso. Luego, subieron unas escaleras que perecían infinitas, hasta llegar afuera del lugar donde se encontraba.

    Sin importarle la lluvia, la tiró al pasto y luego cerró la puerta, dejándola sola, debajo de la lluvia, con solo una remera de tirantes y unas bermudas. Las zapatillas las había perdido el primer día que entró: ese fue su primer castigo.

    De repente, se oyó un gruñido, luego otro, y otro más fuerte. Helena volvió a tomar su posición habitual, aceptando su destino. Pero se sorprendió cuando un lobo marrón se acercó a ella, la olfateó y le dio un lametazo en la mejilla. Ahí supo que era Él. Ǫuiso sonreír, pero el frío y la lluvia se lo impedían. Al ver esto, el lobo rugió y se dirigió hacia la casa, seguido de muchos más lobos.

    —Veo que has caído en la trampa, Alpha —comentó el líder del grupo, saliendo de la casa. Detrás de él aparecían más y más cazadores, todos con espadas en las manos.

    Los lobos gruñeron, pero no atacaron. Los cazadores vieron esto como una ventaja y dieron el primer paso. Se lanzaron sobre los lobos, pero no vieron venir a los otros, que estaban del otro lado de la casa. Todos los cazadores quedaron en desventaja. Algunos pudieron huir, pero la mayoría intentó luchar.

    El líder quiso encargarse del Alpha, pero no contaba con que ya no era solo el Alpha, sino que se había transformado en la bestia. Cuando vio que estaba en desventaja, intentó huir, pero ya era tarde. La bestia, que ahora tenía un tamaño de dos metros y medio, se abalanzó sobre el líder y le incrustó las garras en la espalda. El hombre soltó un gran alarido de dolor e intentó soltarse, pero esto empeoró su situación. La sangre no paraba de salir, hasta que la bestia le arrancó la cabeza.

    …

    A medianoche, llegó al camposanto provista de picos y palas. Después de cavar durante dos horas, el ataúd quedó a la vista. Cuando descerrajó la tapa, descubrió que el cadáver había desaparecido.

    —¿Viste? ¡No estaba loca! —exclamó Helena, una vez que él destapó el ataúd.

    —Llamaré a Logan, esto es malo —murmuró Eliot, preocupado.

    Habían pasado dos meses desde el secuestro y la pelea. Dos meses desde que el líder de los cazadores había muerto, o eso era lo que creían. Tres días atrás, Helena lo había visto parado frente a la universidad a la que asistían. Eliot pensó que estaba loca, pero igual le creyó y buscó dónde lo habían enterrado, sin esperar encontrarse con el ataúd vacío.

    —¿Es esto posible? —preguntó Helena, al caer en cuenta de lo que estaba pasando.

    —No… no lo es —respondió Eliot.

    Minutos después, varios lobos de la manada aparecieron y comenzaron a enterrar el ataúd.

    —¿Necesita algo más, Alpha? —preguntó el beta de la manada.

    —No, hablaremos en la manada —respondió, y luego miró a su compañera, que se había quedado petrificada mirando el ataúd—. Voy a llevar a Lena a casa y luego hablaremos

    —El beta asintió y él caminó hacia su chica.

    Helena se encontraba abrazada a sí misma, tratando de no llorar delante de toda la manada y disimular su temblor en las manos. Tenía que mostrarse fuerte, o eso le habían explicado. Ese era su rol como Luna de la manada: una figura fuerte y maternal, dispuesta a cuidar a todos, sobre todo a los más débiles.

    —¿Nos vamos a casa? —preguntó él, abrazándola por detrás. Helena solo asintió y luego se giró hacia Eliot para abrazarlo.

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    Luciana P

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