Cuando Helena entró en el salón, él ya estaba allí, oculto entre las sombras, preparado para hacer lo que debía…
Sin perder mucho tiempo, Helena se deshizo del abrigo de piel, se recogió su larga melena con un par de palillos, encendió la chimenea y volvió a salir para dar de beber a su caballo.
Cesc, su invitado sorpresa, esperó pacientemente a que Helena volviera a entrar. Estaba listo para todo, pero no podía evitar sentirse genuinamente desarmado en su presencia. Ensimismado, olvidó que se estaba escondiendo y se asomó un poco por la ventana para verla acariciar a Torgo, su caballo de pelaje marrón bronceado. Aún recordaba aquellos tiempos en que ambos salían a cabalgar bajo las tormentas de verano y se olvidaban del mundo a su alrededor, como si solo importara el amor que les unía…
Y así habría seguido, recordando viejos tiempos, si no hubiera sido por el estruendo que de repente repicó en toda la cabaña: Helena había vuelto a entrar y se le habían caído un par de troncos ya cortados.
- ¿Qué haces aquí? – terminó por preguntarle ella después de unos segundos de silencio sepulcral pero sin romper el contacto visual.
Cesc salió a la luz, con determinación pero sin prisas, deteniéndose a una distancia más que prudencial y esperando dos segundos más de la cuenta para responder con total honestidad:
- He venido a buscarte Len. – no pudo evitar que la voz se le resquebrajara un poco con esa última palabra. Una pequeña parte de él se había ilusionado creyendo que la primera reacción de ella sería más instintiva, más pasional.
- No me llames así. – se apresuró a cortarle ella; estaba azorada, nerviosa, intranquila… Y lo último que deseaba era escuchar ese apelativo cariñoso proviniendo de la misma voz que tanto se había esforzado en olvidar.
Con todo, verse después de tanto tiempo no fue la única sorpresa que se llevaron esa fría mañana de invierno. Bernard, el impulsivo autoproclamado protector de Helena, acababa de entrar por la puerta y no estaba disfrutando de lo que veía.
Traspasó con la mirada a ambos y, sin moderar el tono de su voz, preguntó al aire:
- ¿Ya estamos igual otra vez?
No, quiso responder Helena, quien se limitó a cambiar el peso de un pie al otro. Sí, quiso decir Cesc, dando un paso atrás en un acto reflejo. Nadie habló, y por un momento pareció que nadie hablaría nunca más hasta que Helena dijo:
- No sabía que venías hoy Bernard. Cesc ya se iba de todos modos.
- ¿Acaso necesitas saber si voy a venir para mostrar un poco de inteligencia? Te dije que no quería volver a ver a este tipejo poner un pie en esta casa -dijo Bernard tajantemente.
Incapaz de controlar su genio, cogió lo primero que encontró y lo lanzó hacia el otro extremo del salón. Un silbido, un golpe y luego el silencio. Era el turno de Cesc para irse o hacer aquello que había venido a hacer y para lo que ahora no encontraba el valor. Pero no hizo nada, y ni siquiera las miradas silenciosamente suplicantes de Helena lograron moverlo del puesto.
Y no era para menos, pensó Helena. El ímpetu violento de Bernard les había dado múltiples problemas en demasiadas ocasiones, y tanto Helena como Cesc estaban espantados ante la escena que tenían frente ellos y por cómo esta podía desenvolverse.
No tardaron, sin embargo, en saber qué giro tomarían los acontecimientos. Helena tomó una bocanada de aire, abrió la boca preparada para hablar de nuevo y Bernard le giró la cara con tanta fuerza que todo su cuerpo se tambaleó hacia atrás. Cesc hizo el ademán de acercarse, pero la mirada de Bernard le hizo congelarse en el puesto.
Bernard respiró hondo, cerró los ojos y se tapó la nariz con fuerza, como si se preparase para meterse bajo del agua. Una vez volvió en sí, se paseó por la estancia y finalmente se sentó en la primera silla desocupada que vio. Metió la mano en el bolsillo interno de su abrigo y sacó una cajita rectangular, pequeña, de madera tallada cuya tapa incluía las siglas H.V.
Helena no reconoció la caja, pero sí las siglas y dedujo, erróneamente, que esa caja le pertenecía. Se acercó veloz con intención de hacerse con ella y ver su contenido, pero antes de tener tiempo Bernard volvió a levantarse de la silla y se apartó bruscamente de Helena.
- Sé lo que piensas, y no es tuya ni te pertenece. Esta caja fue un regalo de mi madre biológica para mi padre, y de este a mí. Esta caja perteneció originalmente a Honoria Vilaseca. Sí, Helena, somos medio hermanos.
Eso es imposible, pensó Helena. Tal vez lo dijera en voz baja, pues tanto Bernard como Cesc la miraban fijamente, como si ella tuviera las respuestas a todas las preguntas que ni siquiera ella se atrevía a hacerse.
- Su contenido no debía ser descubierto hasta que tú estuvieras preparada hermanita -continuó Bernard como si nada-. El momento oportuno no es ahora claro, ya que nada de esto es asunto de ese tipejo, pero no me andaré con tonterías Helena. Eres mi familia y eso significa que siempre, siempre, estaré aquí para protegerte. Te guste o no.
- Es imposible -repitió Helena, esta vez con un tono de voz mucho más seguro-. Mi madre jamás habría engañado a mi padre, le amaba demasiado.
- Abramos la caja, ¿quieres? Descubramos si realmente tu madre era tan fiel como a ti te gusta pensar.
Sin esperar siquiera a que Helena hubiera recuperado el aliento, Bernard abrió la cajita. No era la primera vez que la abría, claro, y sabía lo que encontraría ahí: una fotografía antigua de su madre sosteniéndolo en brazos. Helena vio la foto y esperó, en vano, a que sacara algo más. Pero ese momento no llegó y en vista de que Bernard no daba el paso, Helena tomó la caja en sus manos y abrió el recoveco secreto propio de esas cajitas, pues sabía que su madre siempre guardaba lo importante en esos huecos. De ahí sacó una carta corta bellamente plegada que decía:
“Emiliano, no me odies cuando al fin encuentres esta carta, ni tampoco a Iris. Yo jamás habría podido darte hijos, ni a ti ni a nadie. Roberto lo entendió y cuando nació Helena y su madre se desentendió acordamos fingir que era de ambos para que la niña no sufriera. Debí contarte esto hace tiempo, pero no tuve el valor de hacerlo hasta ahora; me amabas demasiado, tanto como Iris a ti. De tu esposa es tu hijo, y espero que lo ames tanto o más que si fuera mío. Con cariño, Honoria.”
Helena acabó de leer en voz alta y volvió a leer en voz baja. ¿Qué ella no era hija de su madre? ¿Qué su madre se había hecho pasar por la madre biológica de alguien que ya tenía una madre amorosa? ¿Qué estaba ocurriendo?
Bernard le arrebató la carta y la leyó por sí mismo, tal vez esperando que Helena hubiera mentido y viendo que no lo había hecho.
De repente, nada tenía sentido para Helena, quien trató de mantener la calma y fracasó estrepitosamente. Se sentó en una silla por hacer algo con su cuerpo, y ahí permaneció callada hasta que finalmente dijo en voz alta lo que no dejaba de repetirse internamente:
- No entiendo nada de todo esto.
- Lo que importa es que ahora sabemos la verdad -intervino de repente Cesc-. Bernard no es pariente tuyo, no tiene ningún poder sobre ti y ya no tienes por qué hacer lo que él diga.
- Yo no hago lo que él quiere -se defendió Helena muy ofendida.
Jamás había bailado al son de nadie tanto como al de Cesc, y que fuera él precisamente quien le dijera eso le resultaba sumamente molesto. Sin darse cuenta, Helena se había puesto de pie y se encaraba a Cesc, acercándosele cada vez más a medida que la discusión cogía fuerza.
Bernard lo miraba todo desde su esquina sin llegar a ver nada, sin intermediar palabra, pues él tampoco entendía cómo había podido pasar de querer a su madre a creerla una impostora hasta llegar a ese mismo momento en que tantas disculpas le debía a su memoria.
La discusión entre Helena y Cesc dio un giro repentino, lo que distrajo a Bernard de sus propios pensamientos, y este vio cómo las palabras se convertían en gritos, los gritos en empujones y los empujones en golpes. Bernard se dispuso a intervenir para evitar males mayores cuando, de repente, la vida de uno de ellos se escapaba a manos del otro.
No había nadie cerca de la cabaña que hubiera podido oír tal estruendo, ya fuera a fin de ayudar a rebajar la tensión como a prevenir tal fatal desenlace, lo cual fue una suerte para aquellos que quedaron… Y era obvio que tendrían que echar mano de toda la que pudieran replegar para tapar tal descalabro.
Helena estaba en shock. Sus manos estaban relucientes de sangre y Cesc, el hombre al que tanto había amado no hacía tanto tiempo, yacía muerto en el suelo. Incapaz de sostenerse, se dejó caer de rodillas con un golpe seco que le retumbó hasta lo más hondo de su estómago. A toda prisa, Bernard se acercó a ellos gritando palabras a las que no prestaba atención, y comprobó con horror que le había matado. Cesc estaba muerto, y ya no había nada que se pudiera hacer por él.
Helena no paraba de repetir “está muerto” mientras Bernard se paseaba de un lado al otro del salón buscando la solución mágica a todos los problemas. No había nada que hacer, Cesc estaba muerto y una pequeña parte de él se alegraba, pero no podía darle prioridad a esa parte en ese momento. No lograba entender cómo la muchacha que no se sostenía en pie había sido capaz de arrebatarle la vida a un hombre hecho y derecho, fornido como era Cesc. Incapaz de aguardar tanto tiempo como hubiera sido prudente, se le escapó la pregunta que tanta curiosidad le generaba.
- ¿Por qué lo has hecho?
- Me ha llamado Len.
- ¿Y ya está?
- Me ha llamado Len, Bernard. Él ya no tenía derecho a llamarme Len.
Sin duda, ella al menos podría acogerse a una especie de locura transitoria. Pero Bernard no tenía ese lujo, él era impulsivo, irracional, violento. Y todos los sabían. Si Helena contaba que Cesc había muerto en un salón en el que solo estaban Helena, Cesc y Bernard, todos asumirían que Bernard era el asesino.
Instintivamente, Bernard cogió el mismo abrecartas que Helena utilizara unos minutos antes y lo guardó en su bolsillo. Por si acaso.
A medianoche, llegó al camposanto provisto de picos y palas. Después de cavar durante dos horas, el ataúd quedó a la vista. Cuando descerrajó la tapa descubrió que el cadáver había desaparecido.
Bernard estaba perplejo. Habían pasado 6 años desde aquel trágico incidente en el que Helena, su actual esposa, había matado a su antiguo amante con un abrecartas. Bernard había visto toda la escena y había visto cómo moría frente a sus ojos. Él mismo se había encargo de todo: cavó un hoyo, metió el cuerpo de Cesc en él y lo cubrió de modo que no se notara que ahí había tierra removida. Volvió a casa, talló un ataúd estándar, volvió al camposanto en plena noche, desenterró al pobre infeliz y lo metió en la caja. Se aseguró de meter en esa misma caja el abrecartas que Helena había usado para matarlo; no sabía si como prueba o para protegerla, pero lo había dejado todo guardado en el mismo lugar.
Cada año desde entonces había seguido una especie de ritual. Nunca el mismo día para no levantar sospechas, pero cada 12 meses volvía al camposanto en plena noche con los mismos picos y palas, cavaba durante unas cuantas horas, abría el ataúd para comprobar que Cesc seguía bajo tierra, y volvía a enterrarlo. Se casó con Helena más por compromiso que por amor: ese matrimonio era el seguro de que ambos mantendrían el secreto para siempre.
Pero Cesc ya no estaba en la caja, y además de Bernard, solo había otra persona en todo el mundo que supiera que ahí abajo había una caja que no debería de estar, con un cuerpo putrefacto que todo el mundo creía que estaba viajando. Menos Helena…. Ella sabía perfectamente que lejos de estar viajando, Cesc llevaba todo este tiempo en casa….

