Escena 1:
Cuando Helena entró en el salón, él ya estaba allí, oculto entre las sombras, preparado para hacer lo que debía. Las instrucciones eran claras y precisas; evitar que encontrara a Sam.
Respiró hondo, aferrado a la calma. Sabía que llevaba ventaja. Sus ojos se habían adaptado a la penumbra. Los de ella todavía no. Desde su rincón distinguía la mesa baja, el sofá, las sillas. Incluso el cuadro que Helena había pintado y colgado con orgullo. El silencio era su aliado. También lo era el efecto sorpresa: ella jamás imaginaría que él estaba allí. Observándola.
Helena pulsó el interruptor de la luz. Nada. Insistió, rápido, dos, tres veces. La oscuridad seguía impregnándolo todo. Exhaló, frustrada. Luego vino un «mierda» y el ruido de las llaves al lanzarlas con rabia en el enorme cenicero de cristal que había pasado a ser un ostentoso vacía bolsillos y que ahora presidía el aparador de la entrada.
Su silueta cruzó el salón hacia la puerta de la terraza, la misma junto a la que él aguardaba. Abrió una hoja y se asomó. Afuera, la vida bullía. Locales y casas alumbradas. Los semáforos y las farolas seguían funcionando. ¿Por qué se había ido la luz en su casa? Cerró los ojos y se dejó acariciar por la noche cálida. Y entonces, una palabra cruzó su mente, como un consuelo: Sam.
Escena 2:
Unos golpes en la puerta le hicieron salir de sus pensamientos. Helena se giró repentinamente. ¿Quién podía ser a aquellas horas? Con sigilo, se acercó a la entrada. El corazón se le agitó. Los golpes eran ahora más violentos.
—Sé que estás aquí. Abre la maldita puerta, Jonás.
El nombre la dejó helada. Jonás. ¿Cuánto hacía que no oía ese nombre? El más leal de los hombres de su padre. Y luego de su tío Gabriel. Mano derecha. Silencioso, fiel y condenado. Prefirió la cárcel antes que ser un chivato.
—Abre la puerta de una puta vez.
Román.
La voz de su primo sonaba hinchada de alcohol y de rencor. Helena no se movió. No iba a abrir. Sabía lo que él era capaz de hacer en ese estado.
Retrocedió, quizá buscando un rincón remoto de la casa, como si pudiera alejarse de los golpes y de los gritos.
Entonces lo vio.
Jonás ya no se ocultaba. Había salido de las sombras. Estaba frente a ella, alto, callado. Con ese rostro que el tiempo y la cárcel habían endurecido.
Dio un paso atrás. Otro. Estaba acorralada entre la puerta y Jonás. Los golpes seguían. Parecía que, en cualquier momento, la puerta cedería.
—¿Qué haces aquí? ¿Cuándo has salido de la cárcel?
—No hay tiempo para explicaciones—dijo tajante—. No puede encontrarnos aquí.
Jonás cogió de la mano a Helena y tiró fuerte de ella. Se dirigieron a la terraza. Era un quinto, pero la barandilla del vecino estaba cerca. Lo bastante como para arriesgarse.
Escena 3:
Saltar a la terraza del vecino fue relativamente fácil. Helena seguía estando ágil, aunque solo hiciera dos meses que había dado a luz. Al caer, sintió una punzada en el bajo vientre, pero la ignoró. Jonás le tendió la mano y la ayudó a incorporarse.
—¿Estás bien?
—Sí —dijo ella, sin aliento.
Estaban en una terraza algo más pequeña, plagada de macetas y ropa húmeda colgada con pinzas de colores. Román seguía gritando entre golpes sordos.
—Tenemos que movernos rápido. ¿Tienes el móvil encima?
—Sí —respondió Helena.
—Hay que deshacerse de él.
Helena se abrazó al bolso como si aferrarse a él fuera lo único que la mantenía cuerda. No iba a hacer nada hasta asegurarse que Jonás era trigo limpio. Iba a pedirle explicaciones, pero vio cómo fruncia el ceño al ver el llavero que colgaba del bolso: una pequeña figura de metal. Un caballo con una pata rota.
—¿Quién te dio eso?
—Mi tío. Me lo dio hace unos días. Dijo que era de mi padre.
Jonás se quedó inmóvil. El gesto se le endureció de golpe.
—Eso no era de tu padre. Ese llavero es el beso de la muerte, Helena.
—¿Cómo?
De un tirón, Jonás se hizo con la figurita metálica. Luego, con cuidado, desenroscó la pata rota del animal. Un pequeño cilindro cayó en su palma. Era un localizador y la lucecita roja dejaba claro que estaba activo. Helena no salía de su asombro.
—Te siguen. Te siguen porque quieren eliminarte.
Helena palideció.
—¿Estás diciendo que… mi tío quiere matarme? ¿Para eso has venido?
Jonás negó con la cabeza, tenso.
Un ruido metálico en la terraza de al lado los interrumpió. Román se asomó.
—¡No os mováis!
Jonás no dudó. Con el codo rompió el cristal de la puerta y entraron en el piso vecino. Cruzaron el salón, abrieron la puerta principal, buscaron la escalera del edificio.
Al alcanzar el portal, respiraron por primera vez. Y se perdieron en la noche cálida de la ciudad.
Escena 4:
El olor a humedad lo cubría todo. El moho proliferaba a sus anchas por paredes y techos, como lo hace la metástasis en el cuerpo del moribundo. Porque aquel piso de las afueras estaba enfermo.
Helena no quería tocar nada, aunque el mobiliario austero y corroído no era mucho; una silla, una mesa cuadrada apoyada en la pared un camastro sin sábanas. Un armario. A través de la ventana, las luces de neón intermitentes alumbraban a ratos el cuartucho. Sentado en aquel sucio colchón, Jonás inspeccionaba el cajón de la mesita de noche. Se ayudaba de una pequeña linterna que había sacado del bolsillo de su gabardina. Le había explicado a Helena que tenía algo importante que enseñarle. Pero ahora Helena no tenía claro que le hubiera dicho la verdad. Quizá era una trampa. Quizá su primo había ido a casa para protegerla. Quizá Jonás quería matarla para vengarse de la familia por haberlo dejado pudrirse más de doce años en la cárcel por un asesinato que no cometió. Iba a matarla. Estaba casi segura de que lo que buscaba en ese cajón era una pistola, o una navaja o un abrecartas. ¿Cómo se había dejado convencer por Jonás? Últimamente las hormonas le hacían tomar decisiones bastante imbéciles. Como la de dejar a su bebé solo. Diez estúpidos minutos. Los músculos se le tensionaron. Con la mirada, buscaba desesperada algo con lo que defenderse, pero aquel lugar podrido no iba a darle ninguna oportunidad. Qué lugar más sombrío para morir, pensó Helena. Necesitaba encontrar a Sam. Se aferró a ese pensamiento.
—Aquí está —dijo Jonás, sacando un sobre.
Helena seguía distraída. Absorta en sus pensamientos, hasta que Jonás sacudió a pocos centímetros de sus ojos el dichoso sobre.
—¡Ábrelo!
Lo cogió. Estaba sucio y arrugado. El nombre escrito en la parte delantera la descolocó.
León Fuentes.
Su padre.
Su cuerpo nunca fue encontrado, pero se enterró con honores un precioso ataúd vacío. Hace casi 5 años. En el panteón familiar. Como a todos los Fuentes.
«Helena está en peligro. Protégela con tu vida. Llévala al refugio que hay junto al río. Dile que estoy vivo. Que no busque a Sam. Y dile que la quiero.»
Helena miró desconsolada a Jonás. Los ojos comenzaron a llenársele de lágrimas.
—¿Cuándo recibiste esta carta?
—Hace 3 días. Un guardia me la dio justo en el mismo momento que salía de la cárcel.
—¡Está vivo! —dijo entre una risa nerviosa—. El muy hijo de puta me ha hecho pensar durante casi 5 años que lo habían asesinado. —Seguía riendo, pero su expresión era puro enfado—. Y ahora, el muy cabrón, ¿me pide que deje de buscar a mi hijo? —hizo una pausa llena de repulsa—¿Quién coño se ha creído que es?
Jonás parecía pensar.
—Creo que tu padre ha estado escondido de tu tío —dijo reflexivo—. Y también creo que sabe que el tiempo se acaba.
Helena lo miraba con curiosidad. Jonás se acercó más a ella. Las luces de neón le encendían el rostro. Su mirada le recordó a su padre. A su tío. A un viejo cualquiera. Sus arrugas también.
—En cuanto la ley lo declare oficialmente muerto, podrán abrir el testamento —murmuró Jonás, sin apartar la vista del sobre arrugado—. Y si no me equivoco, tu padre lo dejó todo arreglado. Lo que ahora controla tu tío… está destinado a ser tuyo. Todo.
Escena 5:
Un golpe seco en la puerta de entrada, seguido de pasos rápidos, los puso en alerta. Alguien acababa de entrar. Jonás alzó el dedo índice y lo llevó a los labios, pidiéndole silencio a Helena. Luego le señaló con un gesto que se escondiera tras la puerta. Las tablas del suelo, viejas y desiguales crujían con cada paso, como si quisieran anunciar al intruso. Quien fuera, no intentaba disimular su presencia. Y eso era lo más inquietante.
El corazón de Helena le golpeaba tan fuerte el pecho que pensó que la delataría. Cerró los ojos un instante. Quería ser aire, desaparecer. Pero estaba allí, atrapada, esperando a que el diablo entrara. La puerta de la habitación comenzó a abrirse, muy despacio.
—¿Dónde está? —La voz de su tío retumbó.
Helena comenzó a temblar, aterrada. La teoría de Jonás cobraba sentido; su tío había ido hasta allí, él mismo, porque quería acabar con su vida.
—Nunca la encontrarás —alcanzó a decir Jonás.
Lo siguiente que Helena escuchó fue una detonación y un golpe seco sobre la tarima de madera. Helena sintió que el mundo se le partía por dentro. Sin poder ver bien qué había sucedido, se debatía si salir de su escondite o seguir como una cobarde tras la puerta.
Unos pasos lentos resonaron, seguidos del ruido serpenteante que le aseguraron que alguien arrastraba un cuerpo. Pero ¿quién? Helena, pegada a la pared, sintió cómo el miedo le ardía en el cuerpo.
—Helena. ¡Ya puedes salir! —oyó la voz de Jonás.
Cerró los ojos, aliviada. Las piernas le temblaban, pero consiguió llegar hasta donde Jonás había arrastrado el cuerpo sin vida de su tío.
—¿Recuerdas la carta de tu padre?
Helena asintió.
«Llévala al refugio que hay junto al río.»
—¿Sabrás llegar tú sola?
Escena 6:
El antiguo molino hacía años que no funcionaba. La única ventana de la que disponía estaba tapiada con listones de madera y la gran puerta estaba asegurada por un enorme candado. Pero Helena sabía que no era por ella por la que se accedía al interior del refugio. Se hace por un acceso semioculto, situado al borde del río. Su padre le explicó hace muchos años, la primera vez que la llevó, que allí era donde guardaban las herramientas de trabajo. Con 6 años poco podía imaginar que, con «herramientas», se refería a todo tipo de armas, fusiles, pistolas y artillería.
Ahora, el lugar parecía haber sido tragado por la vegetación. La maleza y la poca luz que despedía la linterna que llevaba, casi no le dejaban ver la portezuela de metal. Miró a los lados antes de abrirla. El río sonaba rápido y refrescante. Y los grillos, … esos seres insoportables que habían dejado sin dormir tantas noches a Helena, insistían en su estruendo. Miró por última vez a la luna menguante que iluminaba aquella noche. Helena se introdujo por aquella puerta, como Alicia en la madriguera, suplicando no sabía a qué Dios, encontrar respuestas.
Lo primero que encontró fue el pasadizo de techo bajo y piedra que llevaba a las diferentes salas subterráneas que se utilizaban como almacén. El olor a tierra mojada y la poca ventilación amenazaban con hacerla vomitar. Se acordó de Jonás. Solo había estado con él unas horas, después de tantos años, pero echó de menos su seguridad, Aceleró el paso, en busca de la puerta de metal situada al final del pasillo. Aquella que nunca encajó bien en el marco y que por eso permanecía siempre entreabierta. La empujó sin esfuerzo. Después, las escaleras que llevaban a la primera planta del molino, ocultas detrás de una estantería vacía y cubierta de telarañas.
En el último peldaño, su pie tropezó con algo blando.
Bajó la linterna y contuvo el aliento. Sobre uno de los escalones, cubierto de polvo, pero reconocible al instante, había un pañuelo azul marino, arrugado, empapado en barro seco.
Helena lo levantó con cuidado. En una de las esquinas, bordado con hilo blanco, aparecían tres letras:
Sam.
Lo apretó entre los dedos, esperanzada. Miró hacia arriba y agudizó los oídos.
—¿Sam? —siguió caminando con sigilo, adentrándose en la estancia—¿Papá?
Un balbuceo lejano hizo que el corazón le saltase. Parecía llegar desde la segunda planta. Subió las escaleras con rapidez. El balbuceo era más intenso. Al llegar, no pudo contener las lágrimas; su padre, cinco años más mayor, recogía en brazos a Sam.
—Todavía no estamos a salvo—dijo León.
Escena 7:
A medianoche, llegaron al camposanto provistos de picos y palas. Después de cavar durante dos horas, el ataúd quedó a la vista. Cuando Helena descerrajó la tapa descubrió que el cadáver había desaparecido.
—¿Cómo puede ser, Jonás? —Helena seguía paralizada frente al ataúd vacío—¿Quién se ha podido llevar el cuerpo?
Las sombras de las lápidas se alargaban como dedos deformes bajo la luz enferma de la luna. Helena no podía explicárselo. Ella misma había visto el cadáver de su tío en el tanatorio. Se había asegurado de que acabara en aquel agujero. En un cementerio diferente al de la familia Fuentes. Desterrado del panteón familiar. Por traidor.
—Es lo que tu padre y yo sospechábamos.
La madera estaba hinchada por la humedad, las bisagras oxidadas. No había sangre, ni señales de que alguien lo hubiese abierto previamente.
—¿De verdad seguís pensando que sigue vivo?
Jonás se acercó al ataúd. Había visto algo extraño sobre el forro de tela. Allí, colocado con cuidado, un papel doblado.
Me vengaré de todos vosotros.
Gabriel Fuentes.

