Cuando Helena entró en el salón, él ya estaba allí, oculto entre las sombras, preparado para hacer lo que debía…
En este gran salón habían crecido sus sueños y también las pesadillas que los llevaron al divorcio.
Tras venderle esta vieja casona a un hombre que abonó la cuota inicial de inmediato, todo indicaba que había muerto en las inundaciones, y que al no aparecer ningún familiar, la casa
—comprada por un precio exiguo a un joven que terminaría en un sanatorio mental—, revertiría a sus dueños.
—Qué hacer ahora —dijo Helena.
—Esperar —contestó él.
No veía sus ojos en la penumbra, pero ella conocía su mirada incandescente.
—Se podría volver a venderla —dijo Helena.
—Esperemos —dijo él, y calculó la distancia entre ambos.
Un leve sonido en el rincón los alertó, pero caían las primeras gotas de lluvia y se marcharon enseguida.
Días después se encontraban de nuevo en el salón. Ignoraban si los movía la premura económica o el afán de dejar de verse.
—Definitivamente, el hombre no aparece y el plazo para el siguiente abono se cumple mañana —dijo ella.
—Habrá que iniciar los trámites legales —comentó él.
En ese momento, un suave ruido entre las sombras los preparó para la indefensión. El perro que acompañaba siempre al comprador salió con lentitud y avanzó hacia ellos. Retrocedieron
y de espaldas a la pared esperaron el salto inminente, pero el mastín siguió hasta la puerta y se echó allí, sin quitarles la vista de encima.
—Despacio, no hables —susurró él, y la cargó para que alcanzara la pequeña ventana, que permanecía abierta.
Luego se aferró al marco de madera y se izó a pulso.
Cayeron sobre el jardín interior y se alejaron mientras crecía el odio. Con nadie más les ocurría este tipo de sucesos.
—¡Quiero salir de esto ya! —gritó Helena.
Él la miró con desprecio.
Tanto Helena como su exmarido deseaban quedarse con la casa. Pensaban que solos o con otra persona la felicidad allí sería posible. Ignoraban si querían darle una segunda oportunidad a esa construcción que invitaba a quedarse, o si la casa los obligaba.
Habían pactado reunirse solo en ese lugar, pero antes de entrar verificaron, desde las ventanas, que el perro no estaba.
Revisaron la entrada posterior y arrastraron un viejo armario para bloquearla. Luego, cada uno recorrió las alcobas, el jardín, el patio. En el corredor, él encontró el collar del perro grabado con el nombre y un número telefónico, que no era el del comprador del inmueble. Lo guardó y no comentó nada. Le ayudaría en su propósito de quedarse con la casa. Sin embargo, comprobó al otro día que no era un número telefónico.
Semanas después se reencontraron para aclarar el destino final del caserón. Al entrar vieron un sobre que alguien había deslizado bajo la puerta. Decía que el verdadero dueño de la casa estaba de regreso, que dejaran las llaves entre los claveles de la entrada y que no volvieran, porque mil perros rabiosos destrozarían a los intrusos.
—Alguien quiere vivir gratis aquí —dijo él.
—Pues tendrá que comprarla —argumentó ella.
Él propuso encargarse de los trámites legales (y posibles peligros, dado el contenido de la carta) para recuperar el dominio de la casa. “Necesito que me firmes todas las autorizaciones”, le dijo. Helena guardó silencio.
En los días siguientes cada uno rondó la casa, sin acercarse, pero nada anómalo ocurría y se pusieron cita para el viernes siguiente. Observaron que los claveles de la entrada estaban desparramados. Con cuidado, vigilantes, abrieron la puerta y entraron cautelosos, pero ni siquiera esto los unía. Se observaban de reojo. Al avanzar hacia la cocina, en la penumbra del corredor los espantaron los ojos del perro, muerto, sin rastros de violencia, que aún los miraban, y la poderosa dentadura del cadáver, aterradora.
—Es necesario que alguien permanezca aquí todo el tiempo —dijo él. Sabía que ella no lo haría.
—Podemos contratar un vigilante —contestó ella, que no era ingenua.
Discutieron un buen tiempo, sin ponerse de acuerdo, pues dados sus exiguos ingresos monetarios era un costo que no podían asumir. Decidieron ir por una pala para enterrar el animal dentro de un cajón de madera que apareció en el jardín, ahora también cementerio. “Primero la carta, después el perro…”, dijo ella, y lo miró sospechosa. Pero él pensaba lo mismo.
“Qué puede significar esto”, pensaron ambos cuando en la siguiente cita encontraron un viejo reloj de pulsera colgado tras la puerta de entrada. No pertenecía a ninguno de los dos y tampoco acostumbraban estos juegos de adivinanzas. Así, un tercero, acaso oculto en algún lugar del vetusto caserón, los observaba y sonreía ante el creciente temor que empezaban a sentir. Temor que estaba a punto de convertirse en pavor cuando el viento chocaba contra las ventanas o el crujido normal del maderamen con sus pasos los hacía mirar la penumbra a la espera de los mil perros anunciados. Afuera, las calles desoladas les indicaban que ninguna ayuda recibirían si gritaban ante cualquier ataque. También la casa parecía estar a la expectativa.
Nada ocurrió.
Sin embargo, él volvió a revisar el oxidado collar del perro, y detectó que la numeración indicaba la hora que señalaba el reloj encontrado en la casa. También sugería una clave en la
dentadura del mastín, así que, para evadir a Helena, a medianoche llegó al camposanto provisto de picos y palas. Después de cavar durante dos horas, el cajón quedó a la vista. Cuando descerrajó la tapa descubrió que el cadáver había desaparecido.
Asombrado, exhausto, se recostó sobre el montículo de tierra removida, mientras recuperaba fuerzas para volver a dejar el jardín como antes, y luego sí, alimentar su mente con un recuento de los sucesos para buscar alguna respuesta sin enloquecer. Pero esto último no pareció posible cuando al abrir los ojos encontró al joven vendedor de la casa, que se suponía recluido en una clínica para esquizofrénicos, de pie frente a él, sonriente, con la pala en alto.
Jesús Delgado

