Hay libros que no necesitan grandes giros para inquietarnos. Les basta con colocar una escena doméstica delante de nuestros ojos: una casa, una llamada, una ventana, un cuerpo cansado, una familia que parece seguir funcionando... y dejar que algo minúsculo empiece a incomodar.
El buen mal, de Samanta Schweblin, suena a una respiración contenida en una habitación demasiado limpia; al zumbido de una nevera en mitad de la noche; al agua que gotea aunque el grifo esté bien cerrado; a una conversación aparentemente normal en la que, de pronto, una palabra no encaja en el contexto.
No es un libro estridente. No necesita monstruos visibles ni grandes golpes de efecto. Su poder se encuentra en la tensión baja, en el temblor de lo cotidiano, en esa zona ambigua donde el cuidado parece vigilancia, la ternura roza la amenaza y lo familiar se vuelve extraño.
Hemos escogido diez piezas para leer El buen mal: canciones y composiciones que acompañan sus cuentos como una segunda piel que envuelve sus páginas.
1. “Spiegel im Spiegel” - Arvo Pärt
Una música casi inmóvil, suspendida, como si el tiempo se hubiera detenido en una escena inconclusa. En El buen mal, muchas cosas ocurren así: no como un estallido, sino como una revelación lenta. Esta pieza alberga la fragilidad de algo que podría romperse en cualquier momento.
Es perfecta para entrar en el libro: con cuidado, sin hacer ruido, aceptando que lo más inquietante no siempre llega desde fuera. A veces ya está ahí, esperando dentro de casa.
2. “The Host of Seraphim” - Dead Can Dance
Hay dolores que te susurran al oído. Esta pieza parece escrita para esos momentos en los que el lenguaje no alcanza y solo queda una forma antigua de lamento, una voz que no pertenece del todo al mundo de los vivos ni al de los muertos.
Schweblin trabaja muchas veces en esa frontera: personajes que siguen haciendo lo que deben hacer, pero que ya han cruzado una línea invisible. Esta música acompaña ese tránsito con una solemnidad oscura, casi ritual, como si cada cuento fuera una ceremonia íntima alrededor de una pérdida.
3. “On the Nature of Daylight” - Max Richter
La belleza también puede ser una forma de amenaza. En esta composición se esconde una melancolía contenida, una tristeza que avanza sin precipitarse. No dramatiza: insiste. Y esa insistencia se parece mucho a la prosa de Schweblin, que no empuja al lector hacia el horror, sino que lo conduce hasta él con una serenidad casi cruel.
Suena a recuerdo, a culpa, a algo que se comprende demasiado tarde. Una pieza para leer cuando el libro deja de parecer extraño y empieza a parecer dolorosamente verdadero.
4. “Song to the Siren” - This Mortal Coil
Una voz que parece venir desde el agua, desde el sueño o desde una habitación cerrada hace años. Esta canción tiene una fragilidad fantasmal que encaja con los personajes de El buen mal: seres vulnerables, atravesados por una llamada, una ausencia, una posibilidad que desordena lo que creían saber de sí mismos.
Hay en ella una belleza sumergida, como si la canción no pidiera ser escuchada, sino rescatada. Igual que muchos de los gestos del libro: mínimos, ambiguos, cargados de una emoción que no siempre se atreve a decir su nombre.
5. “Atmosphères” - György Ligeti
No hay melodía a la que agarrarse. No hay suelo firme. Solo una masa sonora que se expande, se repliega, se oscurece. Ligeti convierte la escucha en una experiencia física: algo nos rodea, algo se mueve, algo cambia aunque no sepamos exactamente dónde.
Esta pieza acompaña el lado más perturbador de Schweblin: esa sensación de que el mundo no ha cambiado del todo, pero nuestra forma de percibirlo sí. La realidad sigue ahí, reconocible, y sin embargo ha perdido su inocencia.
6. “Into Dust” - Mazzy Star
A veces el desastre no hace ruido. A veces se parece más a una rendición que a una caída. “Into Dust” tiene esa cualidad: una canción que parece deshacerse mientras suena, como si la voz estuviera a punto de convertirse en polvo.
En El buen mal, lo terrible muchas veces aparece ligado a lo íntimo: al cuerpo, a la familia, al deseo de proteger o de desaparecer. Esta canción recoge esa fragilidad sin subrayarla. La deja respirar. La deja doler.
7. “Plegaria para un niño dormido” - Almendra
Hay infancias en la literatura de Schweblin que no son refugio, sino territorio de alarma. La infancia aparece a veces como algo que debe ser protegido, pero también como una zona expuesta, frágil, atravesada por los miedos de los adultos.
Esta canción de Almendra, con su delicadeza casi alucinada, funciona como una nana extraña. Tiene dulzura, pero no es completamente tranquilizadora. Como las mejores canciones de cuna, parece saber que dormir también es entrar en un lugar desconocido.
8. “Videotape” - Radiohead
Para cerrar, una canción que suena a despedida grabada, a mensaje dejado para alguien que quizá llegue tarde. “Videotape” tiene la serenidad extraña de quien mira su propia vida desde una distancia imposible.
Es una buena salida para El buen mal: no porque resuelva nada, sino porque deja una vibración suspendida. Después de leer a Schweblin, el mundo no parece radicalmente distinto. La casa sigue ahí. La calle sigue ahí. Las personas siguen hablando, cocinando, llamando por teléfono, cerrando puertas.
Pero algo ha cambiado.
Y lo más inquietante es que quizá no haya cambiado el mundo, sino nuestra manera de escucharlo.
Playlist sugerida
- Arvo Pärt — “Spiegel im Spiegel”
- Dead Can Dance — “The Host of Seraphim”
- Max Richter — “On the Nature of Daylight”
- This Mortal Coil — “Song to the Siren”
- György Ligeti — “Atmosphères”
- Mazzy Star — “Into Dust”
- Almendra — “Plegaria para un niño dormido”
- Radiohead — “Videotape”
El buen mal no solo se lee: se escucha como se escucha una casa de noche. Primero creemos que todo está en silencio. Luego descubrimos que el silencio estaba lleno de cosas.
