Toda la vida me he esforzado para no decepcionar. Es mi manera de querer: estar ahí, sostener, servir, callar a tiempo. Ser la que escucha, la que adivina lo que hace falta antes de que alguien lo pida. La que pone la mesa y recoge los platos. La que no se olvida de ningún cumpleaños. La que se atraganta con las palabras para no herir.

Crecí con la creencia de que amar era eso: estar disponible. Y me volví experta en desaparecer detrás de las necesidades de los demás.

Desde niña fui buena alumna, buena hermana, buena hija. Nunca ocasioné demasiados problemas. No porque no tuviera miedos o frustraciones, sino porque aprendí a ocultarlas bien. Me sentía responsable del frágil equilibrio familiar, como si todo pudiera estallar en pedazos si yo me permitía fallar. Mientras mis amigas soñaban, yo hacía listas. Listas de lo que conviene hacer, de lo que hay que evitar, de lo que no se debe olvidar.

Así pasaron los años. Mi vida es una especie de guardia perpetua. Cuido de mi familia, de personas que llegaron rotas y se marcharon enteras. Yo sé consolar, aligerar, organizar, resolver. Pero casi nadie se pregunta qué me hace falta a mí, yo tampoco lo hago.

Y eso cansa. No súbitamente, no de forma dramática. Cansa como cansa un dolor crónico: suave, constante, sordo. No se percibe desde fuera pero lo tiñe todo por dentro.

Hace unos días estaba doblando ropa en silencio, con la tele de fondo, cuando pensé: "¿Será tarde para mí?". Me reí. ¿Tarde? Tengo más de 50. Una familia, un trabajo que me exprime y un cuerpo que hace mucho que me pide cuentas. ¿Empezar qué?

Esa noche me costó dormir.

Tengo la tierra trabajada y las manos curtidas, pero los frutos... los frutos no los he recogido. Siempre lo dejo para después. Estoy al final de mi propia lista.

Y he decidido rebelarme. No pretendo una gran ruptura, ni dar un portazo. Solo decisiones pequeñas que parecen insignificantes y, sin embargo, pueden cambiarlo todo. 

Por eso escribo esto. Porque sé que no soy la única. Porque sé que hay muchas mujeres que llevan años viviendo en modo espera, dejando que se apaguen sus propios fuegos para cuidar los ajenos. 

Este espacio —#violetasrebeldes— es para nosotras. Porque aún hay tiempo. Porque nuestros frutos también merecen ser recogidos. Porque alzar la voz es una forma de decir: “Aquí estoy. Ahora sí. Esta soy yo”.

Y aunque sea tarde —o tal vez justo a tiempo—, florecer sigue siendo una posibilidad.

#VioletasRebeldes
Y otras especies.